"Que tiempos estos en los que los locos guían a los ciegos"

Con una puesta impactante y sólidas actuaciones se estrenó la obra de Shakespeare

JUNTO AL ANDAMIO. El rey Lear conversa con su hija menor, a la que terminará desheredando, ante la atenta y maligna mirada de la hija mayor.
JUNTO AL ANDAMIO. El rey Lear conversa con su hija menor, a la que terminará desheredando, ante la atenta y maligna mirada de la hija mayor.
Por Jorge Figueroa 01 Agosto 2011
Cuando se afirma que "El rey Lear" es como un inventario de las conductas, comportamientos y pasiones humanas no se está exagerando: la deslealtad y la traición, la envidia y la hipocresía, la ingratitud familiar, el amor filial, la mentira y el perdón; la explotación social, la ambición y el poder; la cordura y la locura, y la vida y la muerte, salpican el texto en cada una de sus páginas. Pero también las reflexiones, aquellas frases que perduran en nuestra memoria y funcionan como una archiescritura.

Si un ser extraterrestre quisiera saber algún día cómo fueron y son los seres humanos, con entregarle el libro de Shakespeare quizá sea suficiente. Está allí nuestro ADN; el retrato de la condición humana. La puesta que estrenó el Teatro Estable en la sala Caviglia interviene precisamente sobre esta idea: porque al plantearla en un tiempo indeterminado (¿el futuro? ¿el pasado?) indica que todo eso que se cuenta puede o pudo suceder en cualquier época.

Desde el comienzo de la obra el espacio escénico le informa al espectador que la acción transcurre en un andamio, y ¿qué es un andamio sino un signo de construcción? En él y en las escalas instaladas a ambos costados (la ambientación escénica), el rey Lear y sus vasallos, el bufón y sus amigos, sus hijas y sus yernos, disputan una larga batalla, que se inicia cuando el rey deshereda a su hija menor, justo a la que más quiere. Mientras las acciones se suceden en el fondo del escenario los percusionistas servidores (músicos actores) tocan ritmos que no sólo generan un paisaje sonoro, sino que ayudan a sostener el ritmo propio de la puesta. Una puesta impactante del director Rafael Nofal.

Pero las obras de Shakespeare son obras de texto por excelencia, como se ha dicho, que demandan, por tanto, un teatro de actores. En la hora y 35 minutos que duró la función del sábado, Jorge García, que interpreta a Lear, pasa de la seguridad a la flaqueza, de la risa al llanto, de poderoso a menesteroso, del razonamiento a la locura, de la vida a la muerte. Y esos estados van paulatinamente insinuándose primero, para plantearse con crudeza en un desvarío total, y terminar en la penúltima escena de la obra en una imagen que, desde la butaca, parecía inspirarse en "La Piedad", de Miguel Ángel. Todo ello se puede apreciar en el cuerpo del actor y en su vestuario.

Sólidas y destacadas son también las interpretaciones de Nelson González y Noé Andrade, de un Gloster que ha sufrido como el rey y queda ciego, y de la cruel hija Gonerilda, respectivamente. Gloster es, precisamente, quien pronuncia la frase "qué tiempos estos en los que los locos guían a los ciegos". Pero no son los únicos: Pablo Delgado, Héctor Marcaida y Marcos Acevedo, entre otros, también sobresalen en sus roles.

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