"A diario estamos consumiendo fantasías"
El experto señala que la actual sociedad capitalista se nutre de una "economía del deseo" que se caracteriza por la insatisfacción permanente . El especialista uruguayo observa que la cultura y la economía son las que inspiran nuestro modo de vivir. Hedonismo y utopías.
Cuando explica la raíz de su nombre, Abril Trigo ya está metido en lo suyo, la teoría de la cultura: el experto en Economía y cultura cuenta que en Uruguay hay una larga tradición de "nombres raros", en parte por la tradición anarquista; y que muchos nombres, por esa tradición, no pertenecen al santoral. "Pero mi nombre lo heredé del de mi papá; él nació un 19 de abril; y estaba muy enfermo, creían que se iba a morir. Y el 19 de abril es el día del natalicio de Artigas. Entonces, unos decían: pongámosele de nombre "natalicio de Artigas". Y finalmente fueron magnánimos y le pusieron "Abril"", memora este uruguayo que ha hecho su carrera profesional primero en España y después en los Estados Unidos. De paso por Tucumán, donde dictó un seminario organizado por el Instituto Interdisciplinario de Estudios Latinoamericanos (Iiela) de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNT, Trigo alertó sobre los riesgos de un presente totalmente tomado por el consumo y por la cultura del "sálvese quien pueda".
- Hasta hace un tiempo no se tenía conciencia de que la cultura mueve dinero, no se hablaba de "consumos culturales"...
- El imaginario, que no es algo abstracto, sino algo que se materializa en el cuerpo, desde que nos levantamos y nos lavamos los dientes, hoy circula fundamentalmente alrededor del consumo. Indudablemente, estamos viviendo profundas transformaciones de culturas, construcción de culturas y aniquilación de culturas.
- Pero antes se tenía la sensación de que no había aniquilación, sino que las culturas evolucionaban hacia otra cosa...
- Pero siempre ha habido aniquilación de culturas, producto de confrontaciones étnicas, o políticas. Por ejemplo, el colonialismo involucra la destrucción de culturas a mansalva. Es cierto que hoy todo es más fluido, más difícil de aprehender. Y es más difícil aprehender la relación entre cultura y economía, por ejemplo. O dónde termina una y empieza la otra. Y eso hace más interesante la tarea del crítico cultural, y lo vuelve más políticamente necesario, en la medida en que se produce ese oscurecimiento, esa disolución de la frontera entre cultura y economía.
- ¿Cuál es la función del crítico cultural?
- En eso, soy absolutamente moderno. Para mí, sigue siendo analizar las distintas dimensiones de la realidad social; y exponerlo hasta que duela, rascar hasta el hueso. Siguiendo la tradición sartreana, no creo que el crítico tenga que ser guía de nadie, pero sí que tenga independencia y valentía intelectual como para hablar de ciertas cosas que la gente no quiere escuchar: por ejemplo, no es popular decirle a la gente, con este vértigo, usted se está jodiendo la vida.
- Hace unos años hubiera sido impensable imaginarla a Beatriz Sarlo debatiendo con el panel del programa oficialista de 6 7 8, por Canal 7...
- Así es, ella ha ocupado un lugar mediático muy claro y tiene una enorme conciencia de ello. Sin embargo, hace unos 20 años ella criticó que el debate intelectual estaba pasando de la academia a los medios.
- ¿Cómo analiza usted este desplazamiento de los intelectuales, esta militancia mediática?
- Sarlo se ha construido a su vez como una celebridad. Sin embargo, si hablamos del rol militante de los intelectuales, no es algo nuevo: lo que pasa es que esos debates se daban antes en los periódicos y ahora se han trasladado también al espacio audiovisual. Obviamente, los formatos de los medios y la presentación de la imagen obligan a cambios en los discursos.
- Ya desde una perspectiva global, ¿qué es lo que más le llama la atención de las nuevas manifestaciones culturales?
- La cultura llega a través de los medios y del consumo. Hoy, la información y la formación cultural pasa por lo mediático. La programación del cable, en un 90%, es la misma aquí o en los Estados Unidos: son los mismos canales, las mismas noticias "versionadas". Hoy, la cultura pasa por ahí, y los bienes culturales y simbólicos, los modelos (modelos de cuerpo, modelos de comportamiento) se construyen alrededor de esos espacios. Pero también hay, por otra parte, producción local.
- Usted suele hablar de una economía del deseo ¿En qué consiste?
- Básicamente, podemos decir que hoy vivimos una nueva etapa del capitalismo; ya no solamente producimos cuando estamos trabajando, sino que también estamos produciendo económicamente cuando consumimos. Hay una fuerza del deseo que nos lleva a querer escribir un libro, o irnos de viaje a la montaña; y esa fuerza del deseo es capturada a través del consumo.
- Es como que la vida sólo se realiza a través del consumo...
- Absolutamente, nos están ofreciendo fantasías permanentemente. A diario estamos consumiendo fantasías; y entramos en una dinámica de querer realizarlas permanentemente; pero cuando ya tengo la camisa nueva, el autito nuevo, la casita nueva, ya no me satisface, y quiero más. Entonces necesitamos volver a desear algo. Casi nadie compra hoy un par de zapatos porque necesite un par de zapatos. Por el consumo nos estamos construyendo una identidad. Esa dimensión simbólica es hoy la que está construyéndonos y es la que está moviendo la economía.
- Es una paradoja, porque ahora ese "deseo" llega cada vez más por internet, como intangible: bajamos música, bajamos novelas...
- Todo lo que tiene que ver con la cultura virtual es campo orégano, porque ahí hay un horizonte abierto. Algunos críticos señalan que hoy importa menos el régimen de propiedad de los objetos que el acceso a los bienes. Importa mucho menos el celular que tengas que todas las aplicaciones que tenga ese celular; si hoy te compras una televisión y la pantalla no es tridimensional, ya no vas a poder ver esta película en 3D. Es una dinámica brutal.
-¿Cómo avizora el futuro?
- No lo sé, para pensar en una revolución tendríamos que pensar necesariamente en una revolución cultural; y tenemos que cambiar la cabeza de arriba abajo, las maneras de sentir, más que las formas de pensar: tendríamos que recrearnos como civilización. El capitalismo se recrea permanentemente, tiene una enorme capacidad de destrucción para recrearse a sí mismo. Todas las revoluciones han fracasado porque no han hecho una revolución cultural. La única revolución exitosa fue la Revolución Francesa; y lo fue porque hizo una revolución cultural. Lo que pasa es que una de las cosas malas que ha traído la posmodernidad es que devaluó la posibilidad de comprender las cosas en su totalidad, y de elaborar estrategias complejas para mejorar las cosas. Hoy tenemos un mundo totalmente desarticulado, en el que cada individuo se dedica al hedonismo del instante. Es como que al realizarse la utopía hoy, se acaba la utopía. Y ya no hay posibilidad de mañana.
- Hasta hace un tiempo no se tenía conciencia de que la cultura mueve dinero, no se hablaba de "consumos culturales"...
- El imaginario, que no es algo abstracto, sino algo que se materializa en el cuerpo, desde que nos levantamos y nos lavamos los dientes, hoy circula fundamentalmente alrededor del consumo. Indudablemente, estamos viviendo profundas transformaciones de culturas, construcción de culturas y aniquilación de culturas.
- Pero antes se tenía la sensación de que no había aniquilación, sino que las culturas evolucionaban hacia otra cosa...
- Pero siempre ha habido aniquilación de culturas, producto de confrontaciones étnicas, o políticas. Por ejemplo, el colonialismo involucra la destrucción de culturas a mansalva. Es cierto que hoy todo es más fluido, más difícil de aprehender. Y es más difícil aprehender la relación entre cultura y economía, por ejemplo. O dónde termina una y empieza la otra. Y eso hace más interesante la tarea del crítico cultural, y lo vuelve más políticamente necesario, en la medida en que se produce ese oscurecimiento, esa disolución de la frontera entre cultura y economía.
- ¿Cuál es la función del crítico cultural?
- En eso, soy absolutamente moderno. Para mí, sigue siendo analizar las distintas dimensiones de la realidad social; y exponerlo hasta que duela, rascar hasta el hueso. Siguiendo la tradición sartreana, no creo que el crítico tenga que ser guía de nadie, pero sí que tenga independencia y valentía intelectual como para hablar de ciertas cosas que la gente no quiere escuchar: por ejemplo, no es popular decirle a la gente, con este vértigo, usted se está jodiendo la vida.
- Hace unos años hubiera sido impensable imaginarla a Beatriz Sarlo debatiendo con el panel del programa oficialista de 6 7 8, por Canal 7...
- Así es, ella ha ocupado un lugar mediático muy claro y tiene una enorme conciencia de ello. Sin embargo, hace unos 20 años ella criticó que el debate intelectual estaba pasando de la academia a los medios.
- ¿Cómo analiza usted este desplazamiento de los intelectuales, esta militancia mediática?
- Sarlo se ha construido a su vez como una celebridad. Sin embargo, si hablamos del rol militante de los intelectuales, no es algo nuevo: lo que pasa es que esos debates se daban antes en los periódicos y ahora se han trasladado también al espacio audiovisual. Obviamente, los formatos de los medios y la presentación de la imagen obligan a cambios en los discursos.
- Ya desde una perspectiva global, ¿qué es lo que más le llama la atención de las nuevas manifestaciones culturales?
- La cultura llega a través de los medios y del consumo. Hoy, la información y la formación cultural pasa por lo mediático. La programación del cable, en un 90%, es la misma aquí o en los Estados Unidos: son los mismos canales, las mismas noticias "versionadas". Hoy, la cultura pasa por ahí, y los bienes culturales y simbólicos, los modelos (modelos de cuerpo, modelos de comportamiento) se construyen alrededor de esos espacios. Pero también hay, por otra parte, producción local.
- Usted suele hablar de una economía del deseo ¿En qué consiste?
- Básicamente, podemos decir que hoy vivimos una nueva etapa del capitalismo; ya no solamente producimos cuando estamos trabajando, sino que también estamos produciendo económicamente cuando consumimos. Hay una fuerza del deseo que nos lleva a querer escribir un libro, o irnos de viaje a la montaña; y esa fuerza del deseo es capturada a través del consumo.
- Es como que la vida sólo se realiza a través del consumo...
- Absolutamente, nos están ofreciendo fantasías permanentemente. A diario estamos consumiendo fantasías; y entramos en una dinámica de querer realizarlas permanentemente; pero cuando ya tengo la camisa nueva, el autito nuevo, la casita nueva, ya no me satisface, y quiero más. Entonces necesitamos volver a desear algo. Casi nadie compra hoy un par de zapatos porque necesite un par de zapatos. Por el consumo nos estamos construyendo una identidad. Esa dimensión simbólica es hoy la que está construyéndonos y es la que está moviendo la economía.
- Es una paradoja, porque ahora ese "deseo" llega cada vez más por internet, como intangible: bajamos música, bajamos novelas...
- Todo lo que tiene que ver con la cultura virtual es campo orégano, porque ahí hay un horizonte abierto. Algunos críticos señalan que hoy importa menos el régimen de propiedad de los objetos que el acceso a los bienes. Importa mucho menos el celular que tengas que todas las aplicaciones que tenga ese celular; si hoy te compras una televisión y la pantalla no es tridimensional, ya no vas a poder ver esta película en 3D. Es una dinámica brutal.
-¿Cómo avizora el futuro?
- No lo sé, para pensar en una revolución tendríamos que pensar necesariamente en una revolución cultural; y tenemos que cambiar la cabeza de arriba abajo, las maneras de sentir, más que las formas de pensar: tendríamos que recrearnos como civilización. El capitalismo se recrea permanentemente, tiene una enorme capacidad de destrucción para recrearse a sí mismo. Todas las revoluciones han fracasado porque no han hecho una revolución cultural. La única revolución exitosa fue la Revolución Francesa; y lo fue porque hizo una revolución cultural. Lo que pasa es que una de las cosas malas que ha traído la posmodernidad es que devaluó la posibilidad de comprender las cosas en su totalidad, y de elaborar estrategias complejas para mejorar las cosas. Hoy tenemos un mundo totalmente desarticulado, en el que cada individuo se dedica al hedonismo del instante. Es como que al realizarse la utopía hoy, se acaba la utopía. Y ya no hay posibilidad de mañana.







