Invierno es temporada de circos en Tucumán. Las funciones se repiten y familias enteras hacen cola para obtener una buena ubicación. En las peatonales, promotoras reparten panfletos y entradas con descuentos. En la época de mayor frío, la provincia se sume en el mundo que imponen esas coloridas carpas abarrotadas. Pero este receso invernal, además, ofrece a los tucumanos otro particular espectáculo. Ya no tan infantil, aunque inexorablemente recreativo.
El show de los acoples presenta tantos artistas de reparto que no caben en una carpa. Son poco más de 300 animadores que trabajan, en sus propios sketchs, desde que los presentadores los mandaron al escenario de arena. Se levantó el telón y José Alperovich y José Cano gritaron un fuerte "señoras y señores..., !bienvenidooosos aaaal circooooooo!". La multitud, sentada, aplaudió a rabiar el inicio de la exhibición.
Las funciones se repiten a diario, fuera de las carpas y dentro de ellas. Como en un buen circo, la ingeniería electoral de Tucumán es una mezcla de ilusiones, surrealidades y alguno que otro acto de magia. Sólo así se explica que el alperovichismo que reivindica la política nacional de derechos humanos cobije en las más confortables casas rodantes a viejos actores del bussismo: Javier Morof y Miguel Brito participan de los principales actos de la obra oficialista, en desmedro de artistas con más linaje circense que ellos. O que el radicalismo presente acoples que van desde la centro izquierda -y que repudiaron el sistema durante la convención constituyente- hasta conservadores y liberales de derecha con peronistas disidentes. O que los partidos locales hayan tenido que justificar hace más de un mes -el 19 de junio- que hicieron internas para definir candidatos o bien que acordaron listas únicas. Entonces, ¿por qué hasta anoche a las 19.45 -minutos antes de que venza el plazo para presentar postulantes- aún había partidos que discutían nombres y subían y bajaban otros? O algo no funciona, o hay una posta innecesaria en el cronograma, porque es evidente que algunos no la respetaron.
Claro, es probable que todo forme parte del número que ofrece el circo electoral de invierno.
Haciendo malabares
Esta semana, la Corte Suprema de Justicia bajó de la tribuna para tener un rol protagónico en la función de invierno. Sin rodeos y con la dosis de sorpresa que caracteriza a todo buen espectáculo, hizo unos cuantos malabares y sentenció que el show debía continuar. Alperovich, los cientos de artistas que lo rodean y otro puñado que actúa en el radicalismo salieron formalmente a escena con la certeza de que serán los únicos tucumanos que podrán mantenerse en los mismos cargos durante 12 años consecutivos.
Los circos son exagerados e imponen prácticas poco frecuentes, mezclan colores extravagantes y presentan a personajes extraños y marginados de otros ambientes. En el circo los artistas nacen, aprenden y ensayan. Hasta se enamoran y forman nuevas familias. Parte del encanto que supone su presencia en un lugar es la intriga que genera a la ciudadanía saber cómo es la vida allí dentro. Desconocer qué hay detrás de las luces de colores y de los trajes de lentejuelas. Ignorar lo que pasa detrás de las funciones diarias, con los artistas sin maquillaje, sin zapatos graciosos ni ropa deslumbrante. Lo llamativo es que en la política tucumana pasa lo mismo: como en una función, nadie parece tener los pies sobre la tierra.
Señoras y señores, como cantaban Gaby, Fofó y Miliki, pasen a ver el circo. Pero no se apuren, porque la audiencia es tan alta que la carpa difícilmente se levante después del 28 de agosto. Aunque pase el invierno.
El show de los acoples presenta tantos artistas de reparto que no caben en una carpa. Son poco más de 300 animadores que trabajan, en sus propios sketchs, desde que los presentadores los mandaron al escenario de arena. Se levantó el telón y José Alperovich y José Cano gritaron un fuerte "señoras y señores..., !bienvenidooosos aaaal circooooooo!". La multitud, sentada, aplaudió a rabiar el inicio de la exhibición.
Las funciones se repiten a diario, fuera de las carpas y dentro de ellas. Como en un buen circo, la ingeniería electoral de Tucumán es una mezcla de ilusiones, surrealidades y alguno que otro acto de magia. Sólo así se explica que el alperovichismo que reivindica la política nacional de derechos humanos cobije en las más confortables casas rodantes a viejos actores del bussismo: Javier Morof y Miguel Brito participan de los principales actos de la obra oficialista, en desmedro de artistas con más linaje circense que ellos. O que el radicalismo presente acoples que van desde la centro izquierda -y que repudiaron el sistema durante la convención constituyente- hasta conservadores y liberales de derecha con peronistas disidentes. O que los partidos locales hayan tenido que justificar hace más de un mes -el 19 de junio- que hicieron internas para definir candidatos o bien que acordaron listas únicas. Entonces, ¿por qué hasta anoche a las 19.45 -minutos antes de que venza el plazo para presentar postulantes- aún había partidos que discutían nombres y subían y bajaban otros? O algo no funciona, o hay una posta innecesaria en el cronograma, porque es evidente que algunos no la respetaron.
Claro, es probable que todo forme parte del número que ofrece el circo electoral de invierno.
Haciendo malabares
Esta semana, la Corte Suprema de Justicia bajó de la tribuna para tener un rol protagónico en la función de invierno. Sin rodeos y con la dosis de sorpresa que caracteriza a todo buen espectáculo, hizo unos cuantos malabares y sentenció que el show debía continuar. Alperovich, los cientos de artistas que lo rodean y otro puñado que actúa en el radicalismo salieron formalmente a escena con la certeza de que serán los únicos tucumanos que podrán mantenerse en los mismos cargos durante 12 años consecutivos.
Los circos son exagerados e imponen prácticas poco frecuentes, mezclan colores extravagantes y presentan a personajes extraños y marginados de otros ambientes. En el circo los artistas nacen, aprenden y ensayan. Hasta se enamoran y forman nuevas familias. Parte del encanto que supone su presencia en un lugar es la intriga que genera a la ciudadanía saber cómo es la vida allí dentro. Desconocer qué hay detrás de las luces de colores y de los trajes de lentejuelas. Ignorar lo que pasa detrás de las funciones diarias, con los artistas sin maquillaje, sin zapatos graciosos ni ropa deslumbrante. Lo llamativo es que en la política tucumana pasa lo mismo: como en una función, nadie parece tener los pies sobre la tierra.
Señoras y señores, como cantaban Gaby, Fofó y Miliki, pasen a ver el circo. Pero no se apuren, porque la audiencia es tan alta que la carpa difícilmente se levante después del 28 de agosto. Aunque pase el invierno.







