Dicen que escribir cura el espíritu. Sin embargo, un gran número de poetas murieron antes de cumplir medio siglo de vida. Aunque al lector le parezca absurdo, una investigación realizada por el médico de la Universidad de California, James Kaufman, demostró que los poetas mueren antes que los novelistas, los dramaturgos y los escritores de ensayos. Sólo basta mencionar el caso de John Keats, fallecido a los 26 años, Lord Byron a los 36 o Arthur Rimbaud a los 37. Esta precocidad de vida, según el experto, tiene una razón: junto a la intensa emoción de su palabra, algunos poetas hacen de su existencia una metáfora fugaz. Después quedan la obra y el mito. Hay casos muy conocidos que hielan la sangre, como el de Virginia Woolf que, con sus bolsillos cargados de piedras, se arrojó al río Ouse cuando aún no había cumplido los 50. O el de Ernest Hemingway (del que se recuerdan hoy 112 años de su nacimiento), que se suicidó tras cumplir 62. "Si uno rumia mucho, es más probable que se deprima. Y los poetas se la pasan rumiando", señaló Kaufman. Algunos poetas argentinos tampoco escaparon de esta suerte de maldición. Ese es el caso de, por ejemplo, Alfonsina Storni, Alejandra Pizarnik o Leopoldo Lugones. Aunque pocas historias son tan terribles como la del célebre Horacio Quiroga: su padre se mató accidentalmente, él mismo asesinó sin querer a un amigo en su adolescencia, sus dos hermanos murieron prematuramente y su esposa se mató tras ocho años de casados, un recurso que luego elegirían sus dos hijos -Eglé y Darío-. Agobiado, el escritor tomó veneno, a los 59. Claro que ninguna regla es general. Hay poetas que consiguieron vencer este paradigma y llegaron a la vejez sin tantos espectros. Jorge Luis Borges es uno de ellos. Y también Marguerite Yourcenar, quien a los 85 años escribió: "los poetas solamente se deshacen, pero no mueren".







