Entreverados por el espanto

Por Fernando Stanich 16 Julio 2011
Los nervios son evidentes y los lamentos, una constante. El oficialismo se entrampó sin que nadie lo empuje en un colador del que ya no tiene retorno, y cuyo mango está en manos del gobernador, José Alperovich. En los últimos meses, el siempre cohesionado alperovichismo se convirtió en una novela de traiciones, celos, envidias, temor e incertidumbre. Nadie, salvo el propio Alperovich, se siente cómodo con la campaña electoral. Y eso, para un espacio que ambiciona con extender su proyecto político más allá de las fronteras del 28 de agosto, no es un buen augurio.

Si alguien quiere sacar de quicio a un peronista, sólo tiene que moverlo apenas un poquito de las reglas a las que está acostumbrado. Alperovich lo hizo. La proliferación de acoples en la capital puso los pelos de punta a la aburguesada dirigencia territorial. Porque se invadieron límites, se violaron códigos escritos a sangre y el status quo se alteró. Y si para un justicialista la palabra contención figura en la biblia de su religión, está demás explicar el pánico que puede producirle la posibilidad de quedar afuera. Precisamente, esa alternativa es la que muchos alperovichistas comenzaron a avizorar como potable en este tramo de la campaña.

Pesadilla

No hay transeúnte del primer piso de la Casa de Gobierno que no rezongue. No hay queja que no haya llegado a oídos del gobernador. Tampoco hay quienes desafíen las reglas impuestas. Porque el peronismo es sustancialmente verticalista. Y porque el miedo a que el poder les sea esquivo es una pesadilla que los aterra.

En la capital, cualquier pronóstico puede fallar tanto como un informe meteorológico. Nadie en el oficialismo se atreve a hablar con optimismo del 28 de agosto respecto de su futuro. Porque todos están asustados. Y saben que la billetera, la logística y hasta el apoyo moral apuntan en otra dirección. Las palmadas en la espalda, eso sí, están de su lado. ¿Por qué tanto espanto? Sencillamente, porque muchos de los históricos dirigentes tomaron conciencia de que ya no figuran en los planes alperovichistas. Simplemente, porque -tarde- se dieron cuenta de que ya no son necesarios. Al menos, en esta nueva etapa.

Alperovich necesita votos; lo demás, es secundario. Los nombres de quienes blinden su próxima gestión, son un tema menor. Por eso levanta los hombros en un ademán por decir que él les da acoples a todos cuando se le pregunta por los roces dirigenciales, y que el resto ya no le compete. El objetivo es perforar la línea de los 500.000 sufragios. Y para eso, cuantos más votos lleven su rostro, mejor.

El problema es el después. Aunque el gobernador acceda a su tercer mandato con un techo altísimo de apoyo, aquellos candidatos que hayan logrado pasar por el infierno del colador que les impuso no tendrán el mismo ímpetu reformista.

El espanto comenzó a juntarlos desde antes de la elección. Germán Alfaro se alió con Eloy del Pino, con José Franco y con Alfredo Quinteros; Carolina Vargas Aignasse con Cristian Rodríguez, y el diputado Gerónimo Vargas Aignasse mastica bronca por el desplante para su reelección y traga saliva. Habrá que ver hasta cuándo aguanta. Algunos dicen que dependerá del resultado que obtenga el 28 de agosto.

Alperovich es consciente de que abrir el grifo del que vierten las colectoras puede acarrearle dolores de cabeza. Pero no le importa. Sólo aspira a que las tapas del lunes 29 de agosto den cuenta de que accedió a su tercer mandato con un porcentaje histórico de votos. El resto, se verá después. Forma parte del análisis de costos y beneficios que, como empresario, hace de un sistema de acoples, literalmente, prostituido.

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