Y sí, siempre molestan. Enfadan a los dueños del orden. De la verdad. A los poderosos. A los intolerantes. Son como un aguijón en la conciencia. Porque hablan de la desnudez de la vida. Del amor sin etiquetas ni mercaderes. De la paz que amanece en la sonrisa de los pájaros. Claro, mortifican porque ponen la palabra en la llaga. En el miedo a expresar lo que sentimos. A ser lo que verdaderamente somos. Con virtudes y torceduras. A animarse a romper con los mandatos. A apostar a la libertad para derrotar la rutina. La frustración. Porque invitan a sacarse las máscaras de la hipocresía. De la mentira. La careta del haz lo que yo digo, no lo que hago. La de los que hablan de distribuir la riqueza ajena, no la propia. Incordian porque atacan la injusticia. La estupidez. El conformismo. Lo superficial. Joroban porque son gruñones. Contestatarios. Provocadores. Pero no se amedrentan con los detractores. Con guitarra, milonga y palabras caminan el mundo diciéndonos cosas que todos tenemos adentro y no nos animamos a ver o a escuchar por temor a ser más humanos. Aunque hayan asesinado ayer a Facundo Cabral, seguirá vivo porque los juglares están hechos de eternidad.








