Antes que nada, señor/a lector/a, advierta que todo lo que aquí se vuelca guarda relación con las instituciones. Por ende, con el protocolo que (debería) respetar cualquier decisión que involucre a la vida pública de los representantes del pueblo. Pero no. No todo lo que debiera ser, es. Al menos en este país. Al menos en esta provincia.
Si le hablan de una visita presidencial, usted se imaginará funcionarios desempolvando un viejo libro que incluya reglas, requisitos, exigencias y costumbres por respetar. Bueno, sáquese esa idea de la cabeza. Porque hasta el mejor manual pierde frente a la improvisación, el sectarismo, el egocentrismo y la falta de respeto. Ayer, el kirchnerismo y el alperovichismo escribieron una comedia de desencuentros que, en realidad, nada debiera tener de humorístico. Pero que lo tiene. Porque aquí, todo parece sacado de una novela de ficción. Y si no, preste atención a la crónica de la jornada.
Apenas comenzó el día empezaron las versiones. Que las cenizas, que el acto en Ezeiza que debe presidir por la tarde, que no quiere arriesgarse a enfrentar incidentes con los autoconvocados de la salud. Desde las nueve de la mañana hasta las 21.30, nadie (pero nadie) del Gobierno local pudo dar una versión más o menos seria del 9 de Julio que les tocaría vivir a los tucumanos este 2011. ¡Ni uno!
La llamada
Pero a esa hora, a las 21.30, sonó el teléfono rojo del Gobierno. Celular en la oreja, Alperovich saludó:
- Hola Oscar, cómo estás.
- Hola José, sí vamos mañana.
- Listo, Ok, muchas gracias.
A su alrededor, la tensión se evaporó en un instante. "Viene la Presi", trasladó ante sus ansiosos espectadores. El llamado del secretario presidencial, Oscar Parrilli, llevó calma a un alperovichismo que se comió las uñas durante todo el día. Y que trabaja desde hace dos semanas para que la Presidenta se vaya de esta provincia convencida de que el 23 de octubre será reelecta. Hacia eso apunta el discurso que dará el gobernador. Ese es el objetivo de la apabullante movilización que desbordará el hipódromo.
Apenas colgó, los teléfonos de todos los colaboradores que ocupaban sillones y sillas en el living de su vivienda se activaron. Los ministros Jaldo, Gassenbauer y López Herrera, el senador Mansilla y algunos legisladores empenzaron a llamar. A esa hora, ya a las 22, todo volvió a cobrar vida. Y al alperovichismo le volvió el color, después de un día a pura palidez. Explotó la red social Twitter, ensordecieron los teléfonos de la Redacción. Todos se fueron de la casa del gobernador. Y Alperovich pudo cerrar, por fin, el largo día.
Esfuerzo y lágrimas
Sí señor/a lector/a. La crónica de desencuentros, tensiones y expectativas del oficialismo local es una metáfora tan justa como irrisoria sobre cómo se rigen las relaciones de poder en este país. Por teléfono. Por trascendidos. Por versiones. A la hora que dé la gana. De la forma que se ocurra en el momento.
Si el alperovichismo tuvo un trabajo de parto que demandó horas y horas de sudor, imagínese cuánto debería durar la felicidad para que justifique tamaño esfuerzo. El oficialismo tucumano confía en que cuatro años más. El problema es que en la vida, y más aún en política, la felicidad es un estado de ánimo. Tan efímera como esquiva. No sólo basta con alcanzarla, sino también con luchar para conservarla.
Si le hablan de una visita presidencial, usted se imaginará funcionarios desempolvando un viejo libro que incluya reglas, requisitos, exigencias y costumbres por respetar. Bueno, sáquese esa idea de la cabeza. Porque hasta el mejor manual pierde frente a la improvisación, el sectarismo, el egocentrismo y la falta de respeto. Ayer, el kirchnerismo y el alperovichismo escribieron una comedia de desencuentros que, en realidad, nada debiera tener de humorístico. Pero que lo tiene. Porque aquí, todo parece sacado de una novela de ficción. Y si no, preste atención a la crónica de la jornada.
Apenas comenzó el día empezaron las versiones. Que las cenizas, que el acto en Ezeiza que debe presidir por la tarde, que no quiere arriesgarse a enfrentar incidentes con los autoconvocados de la salud. Desde las nueve de la mañana hasta las 21.30, nadie (pero nadie) del Gobierno local pudo dar una versión más o menos seria del 9 de Julio que les tocaría vivir a los tucumanos este 2011. ¡Ni uno!
La llamada
Pero a esa hora, a las 21.30, sonó el teléfono rojo del Gobierno. Celular en la oreja, Alperovich saludó:
- Hola Oscar, cómo estás.
- Hola José, sí vamos mañana.
- Listo, Ok, muchas gracias.
A su alrededor, la tensión se evaporó en un instante. "Viene la Presi", trasladó ante sus ansiosos espectadores. El llamado del secretario presidencial, Oscar Parrilli, llevó calma a un alperovichismo que se comió las uñas durante todo el día. Y que trabaja desde hace dos semanas para que la Presidenta se vaya de esta provincia convencida de que el 23 de octubre será reelecta. Hacia eso apunta el discurso que dará el gobernador. Ese es el objetivo de la apabullante movilización que desbordará el hipódromo.
Apenas colgó, los teléfonos de todos los colaboradores que ocupaban sillones y sillas en el living de su vivienda se activaron. Los ministros Jaldo, Gassenbauer y López Herrera, el senador Mansilla y algunos legisladores empenzaron a llamar. A esa hora, ya a las 22, todo volvió a cobrar vida. Y al alperovichismo le volvió el color, después de un día a pura palidez. Explotó la red social Twitter, ensordecieron los teléfonos de la Redacción. Todos se fueron de la casa del gobernador. Y Alperovich pudo cerrar, por fin, el largo día.
Esfuerzo y lágrimas
Sí señor/a lector/a. La crónica de desencuentros, tensiones y expectativas del oficialismo local es una metáfora tan justa como irrisoria sobre cómo se rigen las relaciones de poder en este país. Por teléfono. Por trascendidos. Por versiones. A la hora que dé la gana. De la forma que se ocurra en el momento.
Si el alperovichismo tuvo un trabajo de parto que demandó horas y horas de sudor, imagínese cuánto debería durar la felicidad para que justifique tamaño esfuerzo. El oficialismo tucumano confía en que cuatro años más. El problema es que en la vida, y más aún en política, la felicidad es un estado de ánimo. Tan efímera como esquiva. No sólo basta con alcanzarla, sino también con luchar para conservarla.







