"Hoy casi no hubo turistas, no vendí tanto. Creí que había un acto y que por eso estaban las vallas", masculla casi ofendida Sara Figueroa frente a la Casa Histórica. La empanadera de 80 años deleita desde hace años a los transeúntes -propios y ajenos de la ciudad- con sus creaciones de masa y recado. Escudriña en la memoria, pero no hay caso, no recuerda haber visto nunca tan temprano el cerco metálico alrededor del edificio (generalmente, se levanta durante el 8 de julio). Pide que la dejen trabajar. Tan simple como eso: que levanten las vallas para que más gente transite por allí y compre sus empanadas. Doña Sara, los turistas, los empleados del museo... los pacientes. Todos víctimas, en menor o mayor medida, de un conflicto salarial entre el Gobierno y los trabajadores de la salud que se extendió demasiado. Está trabado, intransigente. Más cerca de explotar que de llegar a resolverse. Cada movimiento, gesto o declaración se transforma en demostraciones de fuerza de uno u otro. Esta fue una semana de asambleas, repudios a candidaturas consideradas inconvenientes y renuncias. De críticas, advertencias gubernamentales y vallas. Mientras, en el medio, Doña Sara y una sociedad que está cansada y que clama por una solución.









