La resistencia en un vagón

El escritor se hizo famoso en los 70 gracias a "Preso común" y "Visita, francesa y completo". Pero luego quedó olvidado en una plazoleta de calle Bernabé Aráoz primera cuadra. Allí lo encontró la muerte hace casi dos años. Su literatura, creada desde la marginalidad, aún tiene vigencia.

EN EL EX FERROCARRIL BELGRANO. Donde hoy funciona el Complejo Avellaneda, Perrone pidió el vagón que lo cobijó hasta el día de su muerte. LA GACETA / ARCHIVO  - HECTOR PERALTA
EN EL EX FERROCARRIL BELGRANO. Donde hoy funciona el Complejo Avellaneda, Perrone pidió el vagón que lo cobijó hasta el día de su muerte. LA GACETA / ARCHIVO - HECTOR PERALTA
Luis María Ruiz
Por Luis María Ruiz 26 Mayo 2011
Eduardo Perrone ya hablaba bajito y pausado. Tenía los ojos achinados, unos pocos cabellos blancos y a veces se le enredaban las historias. No era culpa de los años; había vivido a su modo, nada más.

Era junio de 2007. Hacía mucho frío esa tarde, así que pidió que la charla siguiera dentro de su famosa casa-vagón. "Antes, aquí vivía un tipo que estiró la pata por una cirrosis galopante. Pero como no les tengo miedo a los espíritus, yo me quedo igual", contó sonriendo. Faltaban dos años para que él muriera, tirado en el césped, a un par de metros de ahí.

Señaló unos ladrillos apilados y se sentó en un banco similar. Estaba más helado adentro que afuera. Había un brasero apagado, y al lado un gato tirado sobre unos trapos viejos. Más allá, en el otro cuarto, estaba la cama de Perrone. No era muy distinta a la de su mascota.

En el piso había varios papeles arrugados. Eran sus manuscritos. Dijo que colaboraba para alguna que otra revista, y que a veces hasta le pagaban. De todos modos, era evidente que no lo hacía por dinero.

- Don Eduardo, ¿por qué vive en un vagón?

- Me lo dieron hace como 10 años. Yo nací el 12 de abril de 1940. Y estoy aquí gracias a mi abuelo, Antonio, que se vino de Italia. A él lo trajeron los ingleses junto con los ferrocarriles, porque mi abuelo sabía mucho de eso. Lo pusieron de jefe en la estación de Villa Muñecas. Ahí, una vez, una tía mía iba chivateando entre los trenes y uno le cortó la pierna. Después se hizo famosa en Buenos Aires por la peluquería que tenía. Atendía a Isabel Sarli y tenía muchos clientes. Después le hicieron una prótesis en Estados Unidos que era perfecta. Ella era hermana de mi mamá, que también se crió en la estación. Así que yo por eso nazco ahí, en Villa Muñecas. Y toda mi familia fue de ferroviarios. Así que una vez fui al ferrocarril Belgrano y les dije: "yo soy fulano de tal; mi abuelo ha sido tal cosa, mis tíos tal otra". Y me dieron este vagón y lo hicieron pintar.

Dos chicas de blue jeans
Perrone iba armando el relato de a poquito. A veces parecía que se le perdía el hilo del tema. Sin embargo, lograba que todas las ideas encajaran maravillosamente. Era su forma de narrar.

Cada tanto metía la mano en el bolsillo de la campera, sacaba un cigarrillo y una caja de fósforos. El humo se perdía por los barrotes del vagón. Hablar le daba ganas de fumar. Y viceversa.

Aseguró que si esa noche lluviosa de marzo del 69 no se hubiera quedado con sus amigos en un café de 25 de Mayo al 100, jamás habría escrito "Preso común". Él y los muchachos llevaron a dos chicas de blue jeans ajustados al cerro. Perrone afirmó que eran prostitutas, y que a uno de sus amigos se le olvidó pagar después de la fiesta. Las mujeres no dijeron lo mismo: denunciaron a tres, incluido a Perrone, por abuso sexual. Los detuvieron a los pocos días.

Al principio, Eduardo -que por entonces era vendedor de puerta en puerta- pasó por calabozos de diferentes comisarías. Después recaló en Villa Urquiza. Ahí, en una celda, se hizo escritor. Su primer libro no es sólo un compendio de anécdotas carcelarias. La crítica al sistema penal, que lo tuvo encerrado casi tres años sin juicio, tiene tanta vigencia como la que hizo Kafka en "El Proceso". La diferencia está en que Perrone la vivió. "En prisión uno ve el inodoro humano. Conoce bichos muy raros; se sale muy cambiado", apuntó.

En el 72 lo sobreseyeron por falta de pruebas (era la palabra de ellos contra la de ellas). Así que salió de Villa Urquiza con 33 años y su libro bajo el brazo. Tomó el primer colectivo rumbo a Buenos Aires. Había que probar suerte. "Tocaba la puerta de las editoriales, pero no me daban bolilla. Allá las cosas son así. Vas y creés que te van a estar esperando con los brazos abiertos, pero después te terminás muriendo de hambre en una plaza", definió.

Vendió gorros y banderitas afuera de los estadios de fútbol hasta que un editor recibió "Preso común" y decidió imprimirlo. Y comenzaron los mejores años en la vida de Perrone.

- Me fueron a hacer una nota para el diario "La Opinión", que era de Jacobo Timerman. Salió un domingo, con un título enorme que decía: "Un preso común a la espera de un juicio". Y tenía una foto gigante de la carota mía, ja.

- Se hizo famoso...

- Bueno, la gente se guiaba mucho de lo que se decía en ese diario, y el libro empezó a venderse mucho. Y después de "La Opinión" me fueron a ver de otros diarios y revistas. En Buenos Aires hacen todo por el boca en boca. Hasta en los quioscos de revistas vendían el libro. Es que "Preso común" era justamente para la gente común: para el que trabaja, para el estudiante. No era un libro de elite para poner en avenida Alvear o para los que leen el diario fumando pipa en un café. Ojo, a esa gente también le terminó interesando.

Cuesta abajo...
En el 74, Perrone escribió "Visita, francesa y completo". "También se vendió, porque contaba cómo era el negocio de la Policía con la prostitución y las drogas", indicó. Después hizo otra novela, "Día de reír y día de llorar". "No tuvo pena ni gloria. La efervescencia revolucionaria ya había pasado. Estábamos en el 76, y los milicos decían que yo era subversivo. Para ellos, si uno se tiraba un pedo en la cancha de Atlético ya era subversivo", señaló con resignación.

Regresó a Tucumán con sus libros proscritos y sin trabajo. Recaló en su casa materna y siguió escribiendo (nunca dejó de hacerlo). A mediados de los 80, otra vez en democracia, llegaron "Los pájaros van a morir a Buenos Aires" y "La Jauría". Pero el éxito de "Preso común" ya había quedado atrás. No volvieron a editarse sus novelas.

Después de la muerte de su madre, Perrone abandonó la casa. "No pude seguir viviendo allí", dijo. Los ojos se le pusieron más vidriosos. Recordó las noches durmiendo de prestado en hoteles ruinosos o cobijado por algún conocido. Así anduvo hasta que consiguió el vagón.

La Parca pasó a buscarlo por la plazoleta de calle Bernabé Aráoz primera cuadra el 18 de julio de 2009.

Hacía décadas que sus textos no estaban en las librerías más famosas. Él no guardaba ni un ejemplar de sus novelas. ¿Para qué? A Perrone lo entretenían más sus nuevos manuscritos arrugados. Esa fue su manera de resistir, de seguir con su literatura. "Hoy faltan muchas cosas. Lo único que sobran son las promesas", decía.

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