Para los que tienen vocación de poder, 2011 prácticamente ya fue. Para estos, 2015 tiene más valor en su agenda política. Son aquellos que se anticipan cuatro años a los hechos políticos e institucionales, los que ponen sus objetivos a largo plazo y obran milimétricamente en consecuencia. En este proceso, los comicios son una etapa -necesaria e inevitable- que les servirán para la otra estación. En política, la paciencia es una virtud y es más valiosa con un plan de acción y una recomendación: el que se desespera pierde. En ese marco, si se observa a los que pueden estar en la cima política en 2015, se entenderán algunos movimientos y se podrán anticipar y descifrar posibles jugadas.
Se descubrirá, por ejemplo, cuáles son las cuatro palabras que están asomando entre los que miran para dentro de 48 meses: gobernación, sucesión, reforma y reelección. ¿De quién?, o ¿de quiénes? En el oficialismo, por lo menos hoy, dos personas centran la atención: el gobernador, José Alperovich, y en el intendente, Domingo Amaya. Otros también hacen cálculos y planifican, pero a la sombra de ambos. Sin embargo, para todos, primeras y segundas líneas, el rasgo común de 2011 es que es un año de posicionamiento. La elección es un trampolín.
Analicemos: 1) una muy buena elección del titular del Ejecutivo (más de 500.000 votos) le abriría la puerta a otra reforma constitucional para imponer la reelección indefinida; 2) menos votos -o tal vez el cansancio del poder- lo obligaría a pensar definitivamente en la sucesión y en convertirse en el gran elector; y 3) el jefe municipal, aún con una cosecha de sufragios menor a la del mandatario, puede soñar con la gobernación. Esto último implicaría dos posibles efectos para Amaya: a) buscar convertirse en "el delfín" mostrándose como el más alperovichista (generalmente no lo hizo, y cuando le preguntaron si era kirchnerista o alperovichista contestó: "peronista"); b) enfrentar políticamente al gobernador, consolidar su propio espacio de poder y dar una pelea interna en el PJ.
Aquellos tres puntos principales exponen los intereses cruzados con vista a 2015 entre Alperovich y Amaya. Así, las posibilidades e intereses de continuidad de uno chocan contra las ambiciones de ascender del otro. Es razonable que no saquen a la luz sus objetivos aún, se necesitan; pero la pelea real sobrevendrá y se dará a partir de la cero hora del 29 de agosto, minutos después de concluida la elección provincial.
Allí se verá cómo han quedado distribuidas las fichas, o bien qué lugares han conseguido los soldados de cada bando. El temor mayor que deberá enfrentar Alperovich es que la guerra por la sucesión -incluso hasta una disputa por imponer la reforma- ensucie su gestión, justamente en el mandato en el que debería consolidarse para la historia. Ergo, deberá apelar a todo su poder de persuasión para que la transición sea tranquila, y entre sus propias filas. La oposición, seguramente hará lo propio para aprovechar el debilitamiento lógico de gobernante que está en su último mandato, producto de que todos están viendo y tratando de jugar con el que viene. ¿Todo esto está lejos? Lejos está para los ingenuos.
Entonces, si Alperovich gana y no va por la reelección, por las razones que sea, seguramente querrá imponer a su sucesor. Siempre es así, eso no cambia: Eduardo Duhalde con Kirchner, Kirchner con Cristina, Lula con Dilma, Julio Miranda con Alperovich. ¿Quién será el elegido? Los que quieren imponer al heredero lo hacen con el propósito de que le respondan, que gobiernen sin el poder real. Siempre es así, eso no cambia. El sueño de manejar el poder a control remoto, con "un monigote" que le responda sin chistar, es eterno. ¿A quién elegiría Alperovich? A Amaya, por lo visto es casi seguro que no. ¿A quién, entonces? El mandatario jugó mucho por Juan Manzur para volver a llevarlo como su compañero de fórmula, por lo que se puede entender que sea su sucesor. Sin embargo, algunas voces dicen que el ministro de Salud no garantiza votos, menos un triunfo. ¿Quién?, es la pregunta que se debe hacer el jefe de Estado, por más que todos los días diga que lo importante es trabajar y que eso es lo único que asegura apoyos. Nombres no le deben faltar, pero los dedos de la mano le sobran.
¿En quién confiar?, ¿quién le puede garantizar que no revolverá los papeles de su gestión? Lo seguro es que evitará por todos los medios que llegue alguien que no sea de su círculo íntimo. Amaya es el "adversario" interno a partir de los números que revelarían las encuestas que se manejan en Casa de Gobierno, favorables al jefe municipal. Además, si algo demuestra la historia argentina es que si no se elige a la esposa como sucesora, el "divorcio" con el "bendecido" es un hecho. Siempre es así: Duhalde-Kirchner, Miranda-Alperovich. Es más, el que alcanza el poder lo primero que intenta hacer es desembarazarse de sus antiguos jefes y marcar su propia cancha. Siempre es así, eso tampoco no cambia, especialmente cuando se trata de la primera magistratura. Hasta Dilma lo hizo, así que no hay que sorprenderse. ¿Lejos? Lejos sólo está el horizonte.
Se descubrirá, por ejemplo, cuáles son las cuatro palabras que están asomando entre los que miran para dentro de 48 meses: gobernación, sucesión, reforma y reelección. ¿De quién?, o ¿de quiénes? En el oficialismo, por lo menos hoy, dos personas centran la atención: el gobernador, José Alperovich, y en el intendente, Domingo Amaya. Otros también hacen cálculos y planifican, pero a la sombra de ambos. Sin embargo, para todos, primeras y segundas líneas, el rasgo común de 2011 es que es un año de posicionamiento. La elección es un trampolín.
Analicemos: 1) una muy buena elección del titular del Ejecutivo (más de 500.000 votos) le abriría la puerta a otra reforma constitucional para imponer la reelección indefinida; 2) menos votos -o tal vez el cansancio del poder- lo obligaría a pensar definitivamente en la sucesión y en convertirse en el gran elector; y 3) el jefe municipal, aún con una cosecha de sufragios menor a la del mandatario, puede soñar con la gobernación. Esto último implicaría dos posibles efectos para Amaya: a) buscar convertirse en "el delfín" mostrándose como el más alperovichista (generalmente no lo hizo, y cuando le preguntaron si era kirchnerista o alperovichista contestó: "peronista"); b) enfrentar políticamente al gobernador, consolidar su propio espacio de poder y dar una pelea interna en el PJ.
Aquellos tres puntos principales exponen los intereses cruzados con vista a 2015 entre Alperovich y Amaya. Así, las posibilidades e intereses de continuidad de uno chocan contra las ambiciones de ascender del otro. Es razonable que no saquen a la luz sus objetivos aún, se necesitan; pero la pelea real sobrevendrá y se dará a partir de la cero hora del 29 de agosto, minutos después de concluida la elección provincial.
Allí se verá cómo han quedado distribuidas las fichas, o bien qué lugares han conseguido los soldados de cada bando. El temor mayor que deberá enfrentar Alperovich es que la guerra por la sucesión -incluso hasta una disputa por imponer la reforma- ensucie su gestión, justamente en el mandato en el que debería consolidarse para la historia. Ergo, deberá apelar a todo su poder de persuasión para que la transición sea tranquila, y entre sus propias filas. La oposición, seguramente hará lo propio para aprovechar el debilitamiento lógico de gobernante que está en su último mandato, producto de que todos están viendo y tratando de jugar con el que viene. ¿Todo esto está lejos? Lejos está para los ingenuos.
Entonces, si Alperovich gana y no va por la reelección, por las razones que sea, seguramente querrá imponer a su sucesor. Siempre es así, eso no cambia: Eduardo Duhalde con Kirchner, Kirchner con Cristina, Lula con Dilma, Julio Miranda con Alperovich. ¿Quién será el elegido? Los que quieren imponer al heredero lo hacen con el propósito de que le respondan, que gobiernen sin el poder real. Siempre es así, eso no cambia. El sueño de manejar el poder a control remoto, con "un monigote" que le responda sin chistar, es eterno. ¿A quién elegiría Alperovich? A Amaya, por lo visto es casi seguro que no. ¿A quién, entonces? El mandatario jugó mucho por Juan Manzur para volver a llevarlo como su compañero de fórmula, por lo que se puede entender que sea su sucesor. Sin embargo, algunas voces dicen que el ministro de Salud no garantiza votos, menos un triunfo. ¿Quién?, es la pregunta que se debe hacer el jefe de Estado, por más que todos los días diga que lo importante es trabajar y que eso es lo único que asegura apoyos. Nombres no le deben faltar, pero los dedos de la mano le sobran.
¿En quién confiar?, ¿quién le puede garantizar que no revolverá los papeles de su gestión? Lo seguro es que evitará por todos los medios que llegue alguien que no sea de su círculo íntimo. Amaya es el "adversario" interno a partir de los números que revelarían las encuestas que se manejan en Casa de Gobierno, favorables al jefe municipal. Además, si algo demuestra la historia argentina es que si no se elige a la esposa como sucesora, el "divorcio" con el "bendecido" es un hecho. Siempre es así: Duhalde-Kirchner, Miranda-Alperovich. Es más, el que alcanza el poder lo primero que intenta hacer es desembarazarse de sus antiguos jefes y marcar su propia cancha. Siempre es así, eso tampoco no cambia, especialmente cuando se trata de la primera magistratura. Hasta Dilma lo hizo, así que no hay que sorprenderse. ¿Lejos? Lejos sólo está el horizonte.







