15 Abril 2011 Seguir en 
Si una persona naciera por generación espontánea y viviese permanentemente en el presente, carecería de familia y, en consecuencia, no tendría historia. Las sociedades culturalmente desarrolladas comprendieron hace siglos la importancia de conservar las expresiones de su pasado porque están íntimamente relacionadas con su identidad. Tomaron conciencia además de la posibilidad de explotarlas turísticamente y de generar dividendos. En mucho casos, el turismo se convirtió en uno de los motores de la economía, como sucede en Francia.
La algarabía se posó en los corazones de los vecinos de la Villa de Medinas, departamento Chicligasta, cuando el 23 de diciembre de 1999, a través de la ley 25.513 promulgada por el Poder Ejecutivo Nacional, la localidad fue declarada Pueblo Histórico Nacional. Ubicada a 83 kilómetros de San Miguel de Tucumán y con acceso por la ruta provincial 329, toda esa zona, cuyo primitivo nombre era Acapianta, figura en las crónicas locales desde tiempos de la conquista, cuando era encomienda del capitán Gaspar de Medina. Su apellido terminaría bautizando aquellas tierras. Algunos documentos señalan que su fundación ocurrió en 1643.
Ya tenía capilla al promediar el siglo XVIII, y una centuria después era una población importante, en su condición de posta del camino de Córdoba a Tucumán por La Travesía, y del que iba a Catamarca por la Cuesta del Totoral. Además, constituía un significativo centro acopiador de arroz y de tabaco, y contaba con grandes quintas y plantaciones de caña. El valor de estas últimas se acentuó al fundarse los ingenios La Trinidad y San Felipe de Los Vega en sus proximidades. Pero en los años finales del siglo XIX Medinas empezó a decaer, al ser marginada del trazado del ferrocarril provincial. La absorción de sus roles y funciones urbanas por el ingenio La Trinidad y la desaparición de la actividad arrocera fueron otros factores que se conjugaron para su declinación.
En la actualidad, por falta de mantenimiento y de restauración, los antiguos edificios se están viniendo abajo paulatinamente, como ocurre con la valiosa iglesia de Nuestra Señora de la Merced (comenzó a construirse en 1868 y se concluyó en 1894), el hospital, el juzgado de paz, la escuela y la plaza, que también son parte del patrimonio histórico provincial. El ex mercado, que comenzó también a desmoronarse, podría ser salvado si se concretara un proyecto comunal que apunta a convertirlo en un paseo para artesanos locales.
Desde 1988, existe un proyecto de rehabilitación integral de la villa. Según publicamos en nuestra edición del 5 de abril, los especialistas desarrollaron la teoría de que las rehabilitaciones del patrimonio debían ser integrales; es decir, no sólo de los elementos físicos (arquitectura y urbanismo), sino también de la sociedad: por medio de mejoras en la calidad de vida de los vecinos puede garantizarse la conservación de las obras. Se planificaron microproyectos de desarrollo económico-social y urbano-arquitectónicos. Sin embargo, el proyecto nunca se concretó. El encargado provincial de la Dirección Nacional de Arquitectura dijo que por ley, la Nación debería atender estas propuestas. "Pero eso no quita que los fondos puedan ponerlos una fundación privada o una persona determinada", dijo.
Esta indiferencia por nuestro patrimonio pareciera estar en los genes tucumanos. Si la Nación no cumple con su deber, el gobierno provincial debería, por lo menos, protestar y presionar para la Villa de Medinas recibiera el trato que se merece y que está contemplado en la Ley Nº 25.513. No se entiende que tan valiosa villa se convierta en ruinas. Es como permitir que a los abuelos de una familia se los empuje a la muerte lenta sin recibir de afecto, así como atención médica y económica.
La algarabía se posó en los corazones de los vecinos de la Villa de Medinas, departamento Chicligasta, cuando el 23 de diciembre de 1999, a través de la ley 25.513 promulgada por el Poder Ejecutivo Nacional, la localidad fue declarada Pueblo Histórico Nacional. Ubicada a 83 kilómetros de San Miguel de Tucumán y con acceso por la ruta provincial 329, toda esa zona, cuyo primitivo nombre era Acapianta, figura en las crónicas locales desde tiempos de la conquista, cuando era encomienda del capitán Gaspar de Medina. Su apellido terminaría bautizando aquellas tierras. Algunos documentos señalan que su fundación ocurrió en 1643.
Ya tenía capilla al promediar el siglo XVIII, y una centuria después era una población importante, en su condición de posta del camino de Córdoba a Tucumán por La Travesía, y del que iba a Catamarca por la Cuesta del Totoral. Además, constituía un significativo centro acopiador de arroz y de tabaco, y contaba con grandes quintas y plantaciones de caña. El valor de estas últimas se acentuó al fundarse los ingenios La Trinidad y San Felipe de Los Vega en sus proximidades. Pero en los años finales del siglo XIX Medinas empezó a decaer, al ser marginada del trazado del ferrocarril provincial. La absorción de sus roles y funciones urbanas por el ingenio La Trinidad y la desaparición de la actividad arrocera fueron otros factores que se conjugaron para su declinación.
En la actualidad, por falta de mantenimiento y de restauración, los antiguos edificios se están viniendo abajo paulatinamente, como ocurre con la valiosa iglesia de Nuestra Señora de la Merced (comenzó a construirse en 1868 y se concluyó en 1894), el hospital, el juzgado de paz, la escuela y la plaza, que también son parte del patrimonio histórico provincial. El ex mercado, que comenzó también a desmoronarse, podría ser salvado si se concretara un proyecto comunal que apunta a convertirlo en un paseo para artesanos locales.
Desde 1988, existe un proyecto de rehabilitación integral de la villa. Según publicamos en nuestra edición del 5 de abril, los especialistas desarrollaron la teoría de que las rehabilitaciones del patrimonio debían ser integrales; es decir, no sólo de los elementos físicos (arquitectura y urbanismo), sino también de la sociedad: por medio de mejoras en la calidad de vida de los vecinos puede garantizarse la conservación de las obras. Se planificaron microproyectos de desarrollo económico-social y urbano-arquitectónicos. Sin embargo, el proyecto nunca se concretó. El encargado provincial de la Dirección Nacional de Arquitectura dijo que por ley, la Nación debería atender estas propuestas. "Pero eso no quita que los fondos puedan ponerlos una fundación privada o una persona determinada", dijo.
Esta indiferencia por nuestro patrimonio pareciera estar en los genes tucumanos. Si la Nación no cumple con su deber, el gobierno provincial debería, por lo menos, protestar y presionar para la Villa de Medinas recibiera el trato que se merece y que está contemplado en la Ley Nº 25.513. No se entiende que tan valiosa villa se convierta en ruinas. Es como permitir que a los abuelos de una familia se los empuje a la muerte lenta sin recibir de afecto, así como atención médica y económica.







