Asegura el filósofo Fernando Savater que cada persona tiene su ideal de momento perfecto. Ese breve lapso en el que uno se imagina haciendo algo que realmente le gusta. No sólo una actividad gloriosa o benéfica para la sociedad, sino un pasatiempo verdaderamente íntimo y satisfactorio. Para muchas personas, ese momento ideal radica en sentarse en una plaza a disfrutar del sosiego mientras se lee, por ejemplo, a Julio Cortázar o a Jorge Luis Borges. O mientras se saborea un rico café a esa hora sin sombra que es el mediodía.
Pero los espacios verdes que dan paz y oxígeno a la ciudad no siempre cobijan con entusiasmo a la gente. Muchas veces se convierten en lugares hostiles, que provocan más rechazo que placer. Un ejemplo concreto es la plaza Independencia. El tradicional paseo siempre fue -y sigue siendo- el lugar elegido para todo tipo de mitines políticos y piquetes gremiales. Tal vez sea su karma, porque a lo largo de la historia tucumana, la plaza Independencia fue escenario de revueltas, fiestas, conquistas y frustraciones sociales. Pero desde hace un tiempo también se ha convertido en una suerte de mercado improvisado. Cajones con mercaderías, puestos de CD y DVD truchos, mesitas con ropa de la más variada y hasta carritos de sándwiches y papas fritas conviven con el bullicio de los estudiantes secundarios que también suelen apropiarse de la plaza a la salida de clases. Esta suerte de caos multisectorial, lejos de mejorar, crece al mismo ritmo que las manchas de aceite en la vereda y el humo de la fritura en el aire. Lo que sí escasea es el verde: apenas unas manchas de césped y una que otra flor de estación adornan el paseo más famoso de la ciudad. Claro que esta situación no es propia sólo de San Miguel de Tucumán. La mayoría de las grandes ciudades argentinas padecen la depredación de sus plazas y espacios verdes. Por eso, la inauguración de la nueva plaza Urquiza realizada ayer marca un punto de inflexión que puede revertir esta tendencia. Sobre todo porque en San Miguel de Tucumán hay muchos espacios que siguen marginados. El más evidente es el parque 9 de Julio, donde el abandono adquiere ribetes incomprensibles. En el sector del Rosedal, por ejemplo, es frecuente ver desde botellas de gaseosas y cervezas hasta preservativos y pañales sucios desparramados en el césped. Y, cuando los rosales florecen, son depredados de inmediato por inescrupulosos avivados que cortan las flores para venderlas en el semáforo de la esquina. En tanto, el Palacio de los Deportes sigue tan abandonado como cuando Julio Bocca pidió años atrás que las autoridades "se pongan las pilas" para rescatar del olvido al estadio.
Otro tanto sucede con la plaza San Martín. Días atrás se arreglaron las hermosas fuentes de agua que se habían inaugurado el 17 de agosto del año pasado y que habían dejado de funcionar un par de meses después. También se cortó el césped. Sin embargo, en esa plaza es común ver a personas sin techo durmiendo en improvisados colchones en el sector de los mástiles, como si la plaza fuera un inmenso dormitorio a cielo abierto.
Todo esto demuestra que el problema es complejo. Por un lado hay un trabajo incompleto del Estado. Pero la gente tampoco colabora para mantener la limpieza. La remodelación de la plaza Urquiza es un avance importante. Pero también sería bueno que este esfuerzo se desparrame y abarque también a otros sectores. Aunque sea con cuidados básicos. La designación de placeros en forma permanente o el aprovechamiento de la fuerza laboral de aquellos a quienes el Estado subsidia a través de los numerosos planes sociales podrían ser algunas alternativas. No es tan difícil. A menos que no exista la voluntad de hacerlo.
Pero los espacios verdes que dan paz y oxígeno a la ciudad no siempre cobijan con entusiasmo a la gente. Muchas veces se convierten en lugares hostiles, que provocan más rechazo que placer. Un ejemplo concreto es la plaza Independencia. El tradicional paseo siempre fue -y sigue siendo- el lugar elegido para todo tipo de mitines políticos y piquetes gremiales. Tal vez sea su karma, porque a lo largo de la historia tucumana, la plaza Independencia fue escenario de revueltas, fiestas, conquistas y frustraciones sociales. Pero desde hace un tiempo también se ha convertido en una suerte de mercado improvisado. Cajones con mercaderías, puestos de CD y DVD truchos, mesitas con ropa de la más variada y hasta carritos de sándwiches y papas fritas conviven con el bullicio de los estudiantes secundarios que también suelen apropiarse de la plaza a la salida de clases. Esta suerte de caos multisectorial, lejos de mejorar, crece al mismo ritmo que las manchas de aceite en la vereda y el humo de la fritura en el aire. Lo que sí escasea es el verde: apenas unas manchas de césped y una que otra flor de estación adornan el paseo más famoso de la ciudad. Claro que esta situación no es propia sólo de San Miguel de Tucumán. La mayoría de las grandes ciudades argentinas padecen la depredación de sus plazas y espacios verdes. Por eso, la inauguración de la nueva plaza Urquiza realizada ayer marca un punto de inflexión que puede revertir esta tendencia. Sobre todo porque en San Miguel de Tucumán hay muchos espacios que siguen marginados. El más evidente es el parque 9 de Julio, donde el abandono adquiere ribetes incomprensibles. En el sector del Rosedal, por ejemplo, es frecuente ver desde botellas de gaseosas y cervezas hasta preservativos y pañales sucios desparramados en el césped. Y, cuando los rosales florecen, son depredados de inmediato por inescrupulosos avivados que cortan las flores para venderlas en el semáforo de la esquina. En tanto, el Palacio de los Deportes sigue tan abandonado como cuando Julio Bocca pidió años atrás que las autoridades "se pongan las pilas" para rescatar del olvido al estadio.
Otro tanto sucede con la plaza San Martín. Días atrás se arreglaron las hermosas fuentes de agua que se habían inaugurado el 17 de agosto del año pasado y que habían dejado de funcionar un par de meses después. También se cortó el césped. Sin embargo, en esa plaza es común ver a personas sin techo durmiendo en improvisados colchones en el sector de los mástiles, como si la plaza fuera un inmenso dormitorio a cielo abierto.
Todo esto demuestra que el problema es complejo. Por un lado hay un trabajo incompleto del Estado. Pero la gente tampoco colabora para mantener la limpieza. La remodelación de la plaza Urquiza es un avance importante. Pero también sería bueno que este esfuerzo se desparrame y abarque también a otros sectores. Aunque sea con cuidados básicos. La designación de placeros en forma permanente o el aprovechamiento de la fuerza laboral de aquellos a quienes el Estado subsidia a través de los numerosos planes sociales podrían ser algunas alternativas. No es tan difícil. A menos que no exista la voluntad de hacerlo.







