La sombra de los violentos acuartelamientos de Mario "Malevo" Ferreyra no se proyecta en las manifestaciones de efectivos policiales de las últimas horas. No hay ahora comisarios mediáticos identificados con la mano dura y los años de plomo sino, sobre todo, agentes rasos, unos cuantos suboficiales y apenas un puñado de oficiales de bajo rango. Los pocos comisarios presentes están ya retirados, sin mando efectivo.
Los últimos levantamientos importantes de la fuerza datan de mediados de la década del 90 (el más reciente fue en 2006, al inicio de la gestión de José Alperovich, pero menor). En aquel momento, la mayoría de quienes hoy protagonizan la protesta salarial y laboral eran preadolescentes. Crecieron y se formaron bajo una escuela muy distinta a la de entonces y muchos llegaron al cargo más como salida laboral que como declamada vocación de servicio.
Ahora manifiestan en la calle, lugar público y espacio social, y no mediante los acuartelamientos en dependencias cerradas por naturaleza. Ya no hay una exhibición obscena de armas de fuego (cortas o largas) ni de granadas, ni un discurso corporativo; por el contrario, todos hablan de la cotidianidad más pedestre: lo que ganan no les alcanza para vivir. Carecen de vocero con sombrero de ala ancha, y se reivindican orgullosamente como autoconvocados, palabra que genera escalofríos en el Gobierno.
La situación deja en evidencia numerosos escenarios: el quiebre entre la "tropa" policial y las jefaturas, sean inmediatas (comisarios directos, de orden diaria) o lejanas (cúpula de la fuerza); la dificultad de encontrar interlocutores para destrabar la crisis por la horizontalidad de la protesta; el creciente malestar como consecuencia del impacto inflacionario en el bolsillo; y las denuncias contra los altos mandos, hechas en privado y sin pruebas de valor judicial.
Los últimos levantamientos importantes de la fuerza datan de mediados de la década del 90 (el más reciente fue en 2006, al inicio de la gestión de José Alperovich, pero menor). En aquel momento, la mayoría de quienes hoy protagonizan la protesta salarial y laboral eran preadolescentes. Crecieron y se formaron bajo una escuela muy distinta a la de entonces y muchos llegaron al cargo más como salida laboral que como declamada vocación de servicio.
Ahora manifiestan en la calle, lugar público y espacio social, y no mediante los acuartelamientos en dependencias cerradas por naturaleza. Ya no hay una exhibición obscena de armas de fuego (cortas o largas) ni de granadas, ni un discurso corporativo; por el contrario, todos hablan de la cotidianidad más pedestre: lo que ganan no les alcanza para vivir. Carecen de vocero con sombrero de ala ancha, y se reivindican orgullosamente como autoconvocados, palabra que genera escalofríos en el Gobierno.
La situación deja en evidencia numerosos escenarios: el quiebre entre la "tropa" policial y las jefaturas, sean inmediatas (comisarios directos, de orden diaria) o lejanas (cúpula de la fuerza); la dificultad de encontrar interlocutores para destrabar la crisis por la horizontalidad de la protesta; el creciente malestar como consecuencia del impacto inflacionario en el bolsillo; y las denuncias contra los altos mandos, hechas en privado y sin pruebas de valor judicial.
Los últimos levantamientos importantes de la fuerza datan de mediados de la década del 90 (el más reciente fue en 2006, al inicio de la gestión de José Alperovich, pero menor). En aquel momento, la mayoría de quienes hoy protagonizan la protesta salarial y laboral eran preadolescentes. Crecieron y se formaron bajo una escuela muy distinta a la de entonces y muchos llegaron al cargo más como salida laboral que como declamada vocación de servicio.
Ahora manifiestan en la calle, lugar público y espacio social, y no mediante los acuartelamientos en dependencias cerradas por naturaleza. Ya no hay una exhibición obscena de armas de fuego (cortas o largas) ni de granadas, ni un discurso corporativo; por el contrario, todos hablan de la cotidianidad más pedestre: lo que ganan no les alcanza para vivir. Carecen de vocero con sombrero de ala ancha, y se reivindican orgullosamente como autoconvocados, palabra que genera escalofríos en el Gobierno.
La situación deja en evidencia numerosos escenarios: el quiebre entre la "tropa" policial y las jefaturas, sean inmediatas (comisarios directos, de orden diaria) o lejanas (cúpula de la fuerza); la dificultad de encontrar interlocutores para destrabar la crisis por la horizontalidad de la protesta; el creciente malestar como consecuencia del impacto inflacionario en el bolsillo; y las denuncias contra los altos mandos, hechas en privado y sin pruebas de valor judicial.
Los últimos levantamientos importantes de la fuerza datan de mediados de la década del 90 (el más reciente fue en 2006, al inicio de la gestión de José Alperovich, pero menor). En aquel momento, la mayoría de quienes hoy protagonizan la protesta salarial y laboral eran preadolescentes. Crecieron y se formaron bajo una escuela muy distinta a la de entonces y muchos llegaron al cargo más como salida laboral que como declamada vocación de servicio.
Ahora manifiestan en la calle, lugar público y espacio social, y no mediante los acuartelamientos en dependencias cerradas por naturaleza. Ya no hay una exhibición obscena de armas de fuego (cortas o largas) ni de granadas, ni un discurso corporativo; por el contrario, todos hablan de la cotidianidad más pedestre: lo que ganan no les alcanza para vivir. Carecen de vocero con sombrero de ala ancha, y se reivindican orgullosamente como autoconvocados, palabra que genera escalofríos en el Gobierno.
La situación deja en evidencia numerosos escenarios: el quiebre entre la "tropa" policial y las jefaturas, sean inmediatas (comisarios directos, de orden diaria) o lejanas (cúpula de la fuerza); la dificultad de encontrar interlocutores para destrabar la crisis por la horizontalidad de la protesta; el creciente malestar como consecuencia del impacto inflacionario en el bolsillo; y las denuncias contra los altos mandos, hechas en privado y sin pruebas de valor judicial.









