El retarto de Dorian Gray

22 Enero 2011
Oliver Parker aborda por tercera vez en su carrera un texto original de Oscar Wilde, y concreta una versión libre del conocido relato del joven Gray, que nunca envejece porque ha hecho un pacto con el Diablo y oculta en el altillo de su mansión un retrato que muestra su paulatina degradación moral y física. Aderezada con permanentes muestras del ingenio de Wilde para elaborar réplicas ácidas, la trama avanza sin mayores inconvenientes hacia el desenlace. El director se apoya en dos puntales más que sólidos en su filme: una fotografía excelente y una ambientación con detalles exquisitos de escenografía y vestuario.

Por desgracia, las interpretaciones no están a la altura de estos rubros; el protagonista, Ben Barnes, jamás alcanza la intensidad que requiere su personaje y está lejos de transmitir con convicción la mutación que experimenta ese joven que deja rápidamente atrás la candidez y la bonhomía para dar rienda suelta a una crueldad y un cinismo de proporciones monstruosas. Colin Firth, si bien confirma sus excelentes dotes actorales, está lejos de sus mejores interpretaciones, y los trabajos de Ben Chaplin y de Rebecca Hall apenas lucen correctos.

Pero es la dirección de Parker la que más flaquea a la hora de trasladar al lenguaje cinematográfico el texto de Wilde. Si bien no pueden indicarse errores groseros (y sí, en cambio, pueden apuntarse aciertos aislados), la película no atrapa al espectador y las casi dos horas de duración del metraje comienzan a pesar sobre la platea. No hay sorpresas en el desarrollo dramático y las escenas transcurren casi rutinariamente hacia un desenlace bastante previsible. El cuidado por los aspectos formales no alcanza para conmover al espectador y se hacen evidentes algunas inconsistencias de la trama.

Esta nueva versión del tradicional relato es, en síntesis, un filme correcto y formalmente muy logrado, pero carece de las virtudes necesarias como para no ser rápidamente olvidado.

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