El sector bancario debe ser reestructurado con urgencia

La política económica debería apuntar a destrabar un proceso que favorezca la inversión. (Por Eduardo Robinson, economista - experto en finanzas).

25 Mayo 2003
La transición se acaba y surgen nuevas expectativas en el contexto económico, social y político. Si bien no hay cambios de nombres en la conducción económica y los síntomas de recuperación empiezan a acentuarse, sobre todo en los sectores beneficiados con el tipo de cambio alto, persisten aún debilidades y cuestiones relevantes pendientes que continúan configurando una situación de incertidumbre, acerca de cómo se enfrentarán los problemas que habían sido postergados.
Se sabe que los principales desafíos que debe afrontar la nueva administración pasan por disminuir la tasa de desempleo; mantener la inflación bajo control; reforma y austeridad fiscal; nuevo acuerdo con el FMI; reestructuración del sistema bancario, con reconocimiento por compensaciones pendientes (pérdidas por amparos y diferencia entre el ajuste por CER y CVS); reestructuración de la deuda externa y reajuste tarifario.
Como se ve la lista de pendientes es extensa y muy delicada, pues el desenvolvimiento de la economía en el corto y mediano plazo dependerá de cómo y a qué ritmo se vaya solucionando este conjunto de temas.
Lógicamente aún no hay definiciones claras acerca de cómo se avanzará en estos aspectos cruciales, lo que sí puede decirse es que la complejidad de la situación no admite avanzar con un esquema de soluciones parciales. De lo contrario hay muy baja probabilidad de crear las condiciones necesarias para promover la inversión, imprescindible para el crecimiento.
Por lo tanto, el diseño de política económica debería apuntar a destrabar un proceso que favorezca la inversión, porque dada la severidad y las características de la última crisis que implicó el quiebre de la estructura contractual, es muy difícil que la economía argentina se convierta en receptora de inversión extranjera productiva.
De ahí que el esfuerzo deba centrarse en movilizar recursos productivos del país. Sin embargo, la principal dificultad para ello radica en la debilidad del mercado financiero interno en el cual no están desarrollados canales adecuados de financiamiento y de ahorro que faciliten la inversión de largo plazo impulsora del crecimiento. A esto se agrega que la falta de crédito y la caída de las ventas hacen que las empresas afronten una crítica situación de desfinanciamiento, y que además estén consumiendo el propio capital.
Miles de compañías tienen que resolver la reestructuración de sus deudas, y requieren saber, entre otros temas, qué sucederá con el volumen de ventas en el mercado interno, para luego plantear la posibilidad de tener acceso al crédito. Asimismo, sino hay una mejora significativa del nivel de actividad económica, el Estado no podrá alcanzar niveles de superávit fiscal que le permitan una renegociación exitosa de la deuda.
Sin saneamiento del sistema bancario tendiente a mejorar el proceso de intermediación, será muy difícil para los bancos generar niveles de rentabilidad atractivos para incentivar a los accionistas a recapitalizar las entidades. Esto trae consecuencias de fragilidad financiera que perjudican el desarrollo del crédito. Los bancos, al no cumplir su función de intermediarios, por la total contracción crediticia, se ven restringidos a enfocar sus negocios a servicios financieros, lo que debilita aún más las posibilidades de recapitalización de las entidades e influye negativamente para dinamizar el crédito.

No hay indicios valederos
Habrá que esperar las medidas de política económica que vayan adoptándose en las próximas semanas para lograr inversiones genuinas y bajar en forma genuina el índice de desempleo, pero hasta el momento no hay ningún indicio valedero para suponer que habrá una recuperación rápida del mercado financiero. Esto constituye un obstáculo importante para viabilizar el ahorro y la inversión.

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