El peronismo es la casita de los viejos

Hace 4 Hs

Por Juan Ángel Cabaleiro

Para LA GACETA - TUCUMÁN

Tengo amigos y conocidos, bastantes, gente más o menos de mi generación que atravesó el arco dramático de sus vidas con uno o más divorcios, hijos dispersos, recursos menguados, y que acabaron regresando, vencidos, a la casita de los viejos, al barrio que nos vio crecer. Es un fenómeno bastante común, tan depresivo y viejo como el tango de Cadícamo, y una sabia alegoría de la recurrente penuria nacional. Después del largo periplo de la vida joven, del empuje, las iniciativas y los sueños imparables, pero también de las modestas conquistas que en algún descuido nos arrebataron, muchos, habiendo jurado mil veces que no lo haríamos, volvimos al barrio.

Y ahora nos cruzamos por la calle, disimulados, perplejos ante rostros casi irreconocibles, con el inédito e irrevocable fracaso a cuestas y las ilusiones vencidas, y compartimos sin énfasis un somero repaso de la vida. Conversando en el café, con la factura impaga de la luz sobre la mesa, o en la esquina del barrio, que es y no es la misma de siempre, como tantas cosas que han cambiado. Pero la casa de los viejos sigue estando ahí, muy cerca, guardando la antigua piecita que ahora acumula entre trastos viejos la cama de soltero, como último refugio para que la vida no nos eche definitivamente a la cuneta.

Después de sumarse alegremente a la aventura libertaria que le faltó el respeto de tantas maneras al viejo Estado benefactor, muchos argentinos empiezan a recelar del engreimiento y miran de reojo al peronismo como una posible salida de emergencia. Tal vez la necesitan:  imaginan lo bien que les vendría un discreto plan platita, un subsidio excepcional, un perdón o refugio financiero de coyuntura, una mano consoladora y amiga que los asista por una última y definitiva vez. Solo para rearmarnos, para volver a tomar impulso y salir de nuevo al mundo real y cruel del mercado y pelearla con ánimos renovados, como emprendedores que somos o queremos ser.

Porque el peronismo es como la vieja: por más que la repudiemos en los tiempos de bonanza, nos tiene reservada la habitación de siempre y un plato de comida, y hasta nos tira unos pesos, por menguados que sean la jubilación y los ahorros.

Siempre hay un canuto reservado para el hijo pródigo: unos poquitos dólares, un anillo de oro guardado en un cajón... Cosas que aceptamos de buen grado haciendo un alto en el camino del héroe y con los ojos gachos, aleccionados, lamiéndonos alguna herida y sobrepuestos a la espuria y vergonzante condición de mantenidos.

¿Fracasó el modelo o fuimos nosotros?

Cuando nos enteramos de que el sector energético, con el gran éxito de Vaca Muerta que tanto nos refriegan por la cara, destruyó empleo el año pasado, y que sus principales insumos vienen directamente de China, más baratos, sin que el famoso derrame nos salpique una sola gota, y que hasta las oficinas y las casas de los obreros llegan en módulos allende los mares (y que no faltará mucho para que nos manden sus infatigables androides en sustitución de los gastados empleaduchos nacionales), nos preguntamos legítimamente por la naturaleza del éxito y del fracaso, si no estaremos festejando un triunfo ajeno, un éxito que atraviesa el cielo de la patria como una inalcanzable estrella fugaz. Y nos preguntamos si los frutos del Gobierno Más Exitoso de la Historia no serán solo estas realidades fantasmagóricas, y si no hay nada concreto y masticable que esperar en el futuro. Es la sospecha trágica que se instala en la gente con la que me cruzo en el barrio, más del 60% de la sociedad argentina que quiere un cambio y no se anima a decir cuál.

Porque el experimento libertario viene fracasando en cosas que son fundamentales para cualquier sociedad, aunque haya conseguido éxitos puntuales para deleite de economistas y streamers. Para el hombre de la calle la economía es un paciente muerto y enterrado, aunque “los datos” de los especialistas digan que goza de buena salud. Está frío y despide un extraño olor cadavérico, pero los monitores indican récords de salud y bienestar. Son las estadísticas que maneja el gobierno y su 5% de periodistas obsecuentes, mientras el Presidente ya no habla de terminar de cruzar el río, de tener paciencia… Ahora nos confirma de una vez y sin rodeos que el éxito era esto, que la vida era un río tormentoso y sin orillas, que qué nos habíamos pensado, manga de imbéciles, mandriles, ensobrados, etc.

Y reafirma con un obcecado fastidio su convicción de atarse al mástil, de no largar un peso, de no reactivar el consumo, ni sostener el empleo, ni aliviar la situación de nadie: es la moral como política de Estado. El éxito era esto, sí, y lo que queda es más de lo mismo. Y si no te gusta, volvete a la casita de tus viejos, fracasado, inútil, basura humana, etc.

© LA GACETA

Juan Ángel Cabaleiro - Escritor

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