22 Mayo 2003 Seguir en 
De acuerdo con la información oficial, la epidemia de hepatitis se extendió a 60 escuelas y son 280 los alumnos afectados hasta ahora. Por día ingresan nuevos casos. Por otro lado, el brote ha venido a poner en descubierto enormes deterioros de la infraestructura. Un aspecto de la cuestión, como detalla nuestra crónica de ayer, es que las falencias de los edificios configuran un cuadro ideal para la propagación de la hepatitis. No puede pensarse otra cosa ante una realidad de pozos ciegos colmatados, de baños trancados y con sus sanitarios inservibles, de aguas contaminadas que corren por cañerías derruidas, etcétera.
Pero está la otra cuestión. Según lo que manifiesta Construcciones Escolares -organismo que actualmente se declara rebasado por los pedidos de auxilio- tenía planificados para la época de receso, es decir para enero y febrero pasados, trabajos de acondicionamiento que no pudo ejecutar porque no se le proveyeron ni el dinero ni los materiales en aquella oportunidad. El ítem presupuestario del arreglo de escuelas preveía un millón de pesos para tales tareas. De ese millón, a principios de marzo recibieron $ 10.000 y, a comienzos de esta semana, $ 20.000. Hay 50 aulas que se construyen por contratación privada, pero tales obras están detenidas por falta de pago.
No hace falta multiplicar los comentarios obvios que sugiere este cuadro. En primer lugar muestra que, si algo no se ha modificado en la realidad tucumana, es la reticencia para efectuar, antes de cada período lectivo y con epidemia o sin ella, las reparaciones correspondientes en los locales escolares. Porque no deja de resultar insólito que estemos en el mes de mayo y esos trabajos no se hayan podido todavía cumplimentar.
Todo ello indica, de parte de las autoridades -incluidos los delegados comunales-, una condenable indiferencia respecto de las necesidades que tiene la educación entre nosotros. Como lo decimos arriba, su desatención queda crudamente al descubierto con motivo de la epidemia de hepatitis que en este momento nos inquieta. El ciudadano común, el hombre de la calle, no puede menos que asombrarse cuando se le informa que, mientras no se aportan los fondos -o se los aporta a cuentagotas- para situaciones tan graves como las mentadas, en otros rubros se desarrolla una verdadera danza de dinero cuya procedencia no se conoce. Por ejemplo, cuando lee que un precandidato de la interna justicialista del domingo se prepara a movilizar una flota de 1.200 vehículos para que lleven y traigan a los votantes, además de tener 1.600 personas que trabajarán para él durante toda la jornada.
Hace muchos años, Sarmiento dejó claro que sólo habría ciudadanos cuando los gobiernos dieran a la educación la trascendencia que merece entre sus preocupaciones. Alarma advertir que, entre nosotros, se asiste a una franca situación de retroceso en este sentido, y en todos los niveles. Piénsese que en la UNT, las Facultades se han declarado en emergencia económica, ya que prácticamente carecen de fondos para su funcionamiento, situación que obviamente afecta la calidad académica. Su presupuesto está totalmente descalabrado por la devaluación. Eso, para no hablar del problema salarial del personal, que está en paro desde ayer.
Estas cuestiones tienen un carácter lo suficientemente premioso como para movilizar la más viva atención de las autoridades. Los establecimientos educativos deben tener las condiciones edilicias e higiénicas razonables para que en ellos se desarrolle la misión educativa, y no pueden retacearse los fondos destinados a tal propósito. Mientras no se lo entienda así, continuará instalado un gravísimo incumplimiento de los deberes que el Estado tiene respecto de sus habitantes, y proseguirá el desamparo de su niñez frente a las calamidades.
Pero está la otra cuestión. Según lo que manifiesta Construcciones Escolares -organismo que actualmente se declara rebasado por los pedidos de auxilio- tenía planificados para la época de receso, es decir para enero y febrero pasados, trabajos de acondicionamiento que no pudo ejecutar porque no se le proveyeron ni el dinero ni los materiales en aquella oportunidad. El ítem presupuestario del arreglo de escuelas preveía un millón de pesos para tales tareas. De ese millón, a principios de marzo recibieron $ 10.000 y, a comienzos de esta semana, $ 20.000. Hay 50 aulas que se construyen por contratación privada, pero tales obras están detenidas por falta de pago.
No hace falta multiplicar los comentarios obvios que sugiere este cuadro. En primer lugar muestra que, si algo no se ha modificado en la realidad tucumana, es la reticencia para efectuar, antes de cada período lectivo y con epidemia o sin ella, las reparaciones correspondientes en los locales escolares. Porque no deja de resultar insólito que estemos en el mes de mayo y esos trabajos no se hayan podido todavía cumplimentar.
Todo ello indica, de parte de las autoridades -incluidos los delegados comunales-, una condenable indiferencia respecto de las necesidades que tiene la educación entre nosotros. Como lo decimos arriba, su desatención queda crudamente al descubierto con motivo de la epidemia de hepatitis que en este momento nos inquieta. El ciudadano común, el hombre de la calle, no puede menos que asombrarse cuando se le informa que, mientras no se aportan los fondos -o se los aporta a cuentagotas- para situaciones tan graves como las mentadas, en otros rubros se desarrolla una verdadera danza de dinero cuya procedencia no se conoce. Por ejemplo, cuando lee que un precandidato de la interna justicialista del domingo se prepara a movilizar una flota de 1.200 vehículos para que lleven y traigan a los votantes, además de tener 1.600 personas que trabajarán para él durante toda la jornada.
Hace muchos años, Sarmiento dejó claro que sólo habría ciudadanos cuando los gobiernos dieran a la educación la trascendencia que merece entre sus preocupaciones. Alarma advertir que, entre nosotros, se asiste a una franca situación de retroceso en este sentido, y en todos los niveles. Piénsese que en la UNT, las Facultades se han declarado en emergencia económica, ya que prácticamente carecen de fondos para su funcionamiento, situación que obviamente afecta la calidad académica. Su presupuesto está totalmente descalabrado por la devaluación. Eso, para no hablar del problema salarial del personal, que está en paro desde ayer.
Estas cuestiones tienen un carácter lo suficientemente premioso como para movilizar la más viva atención de las autoridades. Los establecimientos educativos deben tener las condiciones edilicias e higiénicas razonables para que en ellos se desarrolle la misión educativa, y no pueden retacearse los fondos destinados a tal propósito. Mientras no se lo entienda así, continuará instalado un gravísimo incumplimiento de los deberes que el Estado tiene respecto de sus habitantes, y proseguirá el desamparo de su niñez frente a las calamidades.







