Habían dejado en claro que las cosas no podían seguir así. Sentían que les habían faltado el respeto y querían una rectificación pública, además de una promesa de nunca más. Habían quedado en una posición peligrosa. Pero ayer los fiscales salieron de la reunión con un nudo en la garganta: les ordenaron que no abrieran la boca. Creyeron que iban a tener el apoyo de su jefe, el ministro fiscal Luis De Mitri y del presidente de la Corte, Antonio Estofán. Pero se encontraron con un férreo NO. En el cónclave que mantuvieron De Mitri y Estofán se acordó bajar los decibeles de la polémica. Se los había pedido un amigo. Alperovich está molesto con Sánchez, a quien desautorizó públicamente, pero entregar la cabeza del jefe de Policía en bandeja a los fiscales no se hubiera correspondido con su estilo de defender a los funcionarios. Si le pedía la renuncia, se habría visto en el brete de tener que elegir un reemplazante. En el discurso oficial, que bajó Estofán para apagar el incendio, quedó en claro que lo mejor era trabajar juntos y no seguir abriendo heridas. Los fiscales se sintieron traicionados pero, institucionalmente, no les quedó otra que cumplir la orden. La bomba no estalló. Pero la mecha sigue encendida.







