La poca vergüenza

Es necesario recobrar el valor de la palabra empeñada.

18 Mayo 2003
Por Roberto Espinosa

La turbación del ánimo -que suele encender el color del rostro-, ocasionada por alguna falta cometida o por alguna acción deshonrosa y humillante, propia o ajena, define a la vergüenza. La palabra payaso, en tanto, también se aplica a la persona de poca seriedad, propensa a hacer reír con sus dichos o hechos. Mientras que la expresión "caer en ridículo" significa estar expuesto a la burla o al menosprecio de las gentes, sea o no con razón justificada. En la Edad Media, la vergüenza pública era una pena muy frecuente que consistía en exponer a una persona al oprobio en una plaza. Hasta hace algunas décadas existía en nuestra sociedad el honor, es decir la cualidad moral que nos lleva al cumplimiento de nuestros deberes respecto del prójimo y de nosotros mismos. Un banquero o el propietario de una compañía de seguros que quebraba y, en consecuencia, defraudaba a sus clientes, por no soportar la vergüenza social caía en el extremo de suicidarse. No se toleraba tal vez el bochorno de continuar los días tras las rejas.
Pero las épocas han cambiado y los valores también. La palabra de honor fue reemplazada hace ya tiempo por el descaro, el engaño, la picardía, el fraude, la corrupción, la desfachatez, la poca vergüenza, expresiones y conductas que son tan viejas como el hombre y la injusticia, pero que lamentablemente ahora se han convertido en Bocade corriente. Y así como se habla de cuasimonedas, estamos viviendo en la sociedad del cuasi, y se sabe que cuando se es cuasi nunca se llega al todo. La tan mentada cultura light nos ha invadido. Ahora ya no se trata de esforzarse para ser mejor, de comprometerse con un ideal o una causa noble, sino de divertirse, de pasarla bien... El sentido de vivir la vida con profundidad se ha trastocado por lo superfluo, por lo inconsistente, por lo meramente pasatista que no nos obliga a pensar, sino a poner la mente en blanco para poder disfrutar.
En el gran teatro tucumano asistimos, por ejemplo, a las riñas de algunos legisladores que, a causa de sus dotes payasescas, podrían desempeñarse como teloneros de Piñón Fijo, corriendo el riesgo de eclipsar al clown de "La Docta". Hay algunos ediles que en sesiones del Concejo deslizan chanzas humorísticas sobre los discapacitados sin medir el riesgo de herir a un sector de la comunidad sensibilizado. Un intendente desnuda diariamente su inoperancia para gobernar una ciudad que ha profundizado su anarquía durante su gestión. No obstante, eso parece no importar; ni se le cruza por la cabeza renunciar, sino que quiere ser legislador. Hay ex ministros que aspiran ser gobernadores; un ex gobernador jubilado se candidatea a intendente; funcionarios y legisladores devaluados ante la opinión pública se desviven por ser intendentes o concejales... o lo que sea. Hasta futbolistas se han inscripto en los sublemas. Con la ley de Lemas hay cuasi 60.000 candidatos a distintos cargos electivos en la provincia. Todos quieren ser dueños de la pelota; o directores técnicos, quizás, porque la ubre sigue dando leche. Tal vez habría que tomarles un examen de antecedentes y oposición para evaluar si están realmente capacitados para servir a la sociedad con honradez, capacidad y vocación de servicio. La falta de ejemplos cunde. No llega al poder, por lo general, el más capaz, el más preparado, sino el que mayor cintura política tiene. Pocas veces va preso alguien encumbrado en el poder que haya metido "la mano en la lata".
Lo preocupante es que la sociedad no reacciona; deja hacer, deja pasar, mira sin ver (o no quiere ver), se queja, critica, pero no participa y, por lo tanto, no se compromete. La educación es cada vez peor; el sistema de salud sigue haciendo agua por todas partes; la miseria es apabullante. Sin embargo, permitimos que haya más de 2.000 sublemas.
Es necesario recobrar el valor de la palabra empeñada, la dignidad y la vergüenza. "El honor se pierde una sola vez, nunca más se recupera. Todo se puede perder: el dinero, la ropa, el trabajo, el oficio; pero no hay que perder el orgullo de vivir libre con honor", decía don Atahualpa Yupanqui.

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