Por un pacto de responsabilidad

El reencauzamiento de las instituciones argentinas tiene un final azaroso.

17 Mayo 2003
El proceso de normalización institucional ha tenido un final acorde con el trámite azaroso de la crisis, pues sus protagonistas fundamentales no han logrado -en la medida que tampoco se lo propusieron- un pacto de responsabilidad capaz de dar certeza a la recuperación de la República. El mensaje de los ganadores, como la certificación de su derrota por el perdedor, han preferido el rumbo de las descalificaciones, en lugar de alentar con fundamentos la esperanza con que la sociedad supo sortear las acechanzas más peligrosas de la crisis. Desde el contexto de esa realidad, el mundo nos observa perplejo en su incertidumbre sobre un país al que hace ya mucho alguien calificó por la abundancia de sus recursos como "el octavo día de la Creación".
En otros tiempos, el festejo popular alegraba estas jornadas con su bullicio, pero en esta ocasión la ciudadanía prefiere aguardar con atención el porvenir inmediato, precedido de incógnitas que las promesas rara vez alcanzan a satisfacer. Es muy densa y gravosa la agenda pendiente de problemas que el país deberá finalmente enfrentar sin poder eludirlos. Se confunden en ella en la mayoría de los casos lo necesario y lo urgente, hasta el punto, vaya como ejemplo, de que ya no será posible enfrentar el desempleo y la pobreza sin recursos genuinos, mediante trampas fiscales.
Esa incertidumbre internacional, agravada por el tortuoso proceso electoral y su desenlace, coincide con otro informe semestral del Institute Management Development, de Suiza, que coloca a la Argentina en el lugar 29 de una lista de 30 países, sobre competitividad, seguida de Venezuela. Brasil, México y Chile ocupan el orden de precedencia en América latina, a la vez que Colombia, castigada desde hace largos años por la guerrilla y el narcotráfico, mantiene una economía muy superior a la nuestra.
Ese informe destaca "la equilibrada política adoptada por el presidente Lula da Silva en Brasil que, a mitad de camino entre sus promesas electorales y la realidad económica de su país, ha devuelto la seguridad a los mercados internacionales".
De la Argentina y Venezuela, se afirma que han perdido atractivo para los inversores, después de haber jugado junto a Brasil un papel de motores económicos. En suma, un discurso poco escuchado entre nosotros para poder arrancar con hechos y que, es de esperar, por lo menos, que tenga también padrinos en nuestros deslumbrantes vecinos brasileño y chileno.
Otro informe testimonial sobre nuestra realidad es el del World Economic Forum, donde nuestro país ocupa el lugar 72, entre 75, en cuanto a la evasión impositiva, la competencia de los funcionarios públicos y la transparencia en los negocios. Quienes a la hora de justificar ese deterioro argumentan ligerezas como la globalización controlada por las grandes potencias, deberían explicar el hecho de que en los diez primeros lugares aparecen Finlandia, Canadá, Australia, Singapur, Taiwan, Noruega, Holanda, Suecia y Nueva Zelanda. Otro dato revelador es que en la escala consignada todos los incluidos practican economías de mercado, ya sean liberales o socialdemócratas.
El informe aclara, por lo demás, que exportar productos de bajo precio sostenidos con salarios de subsistencia no hace próspera a una nación. Pues la productividad descansa en una moneda sólida, la alta calidad de vida y la estabilidad política e institucional. Se trata de una síntesis de capitalismo moderno, que, en las sociedades más prósperas, se expresa con libertades públicas sin necesidad de poderíos militares o revoluciones conservadoras enclaustradas por las gerontocracias.
Si la verdad nos hará libres de nuestro cautiverio retórico, es urgente apelar a ella desprendiéndonos de los rencores que obnubilan la razón.

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