El mensaje que el país demanda

El FMI sigue mostrando que comente errores en sus apreciaciones, que pueden causar muchos inconvenientes a los países emergentes.

16 Mayo 2003
Las máximas autoridades del Fondo Monetario manifestaron recientemente que fueron erróneas las previsiones de la institución internacional formuladas durante el pasado año, sobre la evolución de la economía argentina, mostrándose, inclusive, sorprendidas por algunos datos concluyentes de recuperación. No es la primera vez que el organismo se equivoca en sus apreciaciones de futuro sobre nuestro país, si bien no lo reconoció como ahora. En la segunda mitad de la última década cometió el error de renovar sus créditos contingentes, aparentemente sin advertir que el gasto fiscal deficitario se mantenía, hasta llegar a una situación crítica.
Sin embargo, y por más que el FMI no haya sido el celoso guardián de la salud presupuestaria comprometida por quienes le solicitaban créditos, no es razonable que cargue con las culpas de los gruesos errores políticos que han colocado a la República en la región oscura donde se encuentra; tan oscura que puede celebrarse, como está ocurriendo, el equilibrio de las cuentas públicas por el hecho de no cumplirse con las obligaciones de la deuda.
Es cierto, y así se lo ha reconocido, que el país está saliendo de esa irresoluta sumatoria de duelos y quebrantos, pero todavía queda mucho por hacer, es decir, lo imprescindible para que sea con seguridad perdurable. Los deberes pendientes conciernen fundamentalmente a la infraestructura económica y financiera, y no son caprichosas exigencias de los organismos multilaterales, sino deudas del país consigo mismo y que no pueden dejar de reconocerse, salvo una resistencia retórica donde subyace la incapacidad o la demagogia.
Otras cuestiones son los matices o el gradualismo que esas reformas pendientes deben atender por necesidades políticas y que demandan acuerdos, sin que por ello hayan de frustrarse sus fines. Durante las reuniones que acaban de finalizar en Buenos Aires con la delegación del FMI, quedó claro que la agenda de la gestión a encarar con el nuevo gobierno incluye los siguientes temas de esa naturaleza: reforma impositiva, nueva ley de coparticipación federal, reforma del sistema financiero, aumento en tarifas de servicios públicos, reestructuración de la deuda y reforma de la banca pública.
Ninguna de esas cuestiones es consecuencia de la crisis y la depresión, sino que, en muy buena proporción, la dura coyuntura histórica que soporta el país tiene origen en ellas. A poco que se analice cada una de esas demandas se advertirá que ningún candidato dejó de incluirlas -a veces fantasiosa o demagógicamente- en sus postulaciones, si bien llegado el momento de ejecutarlas se las fue abandonando. La baja calidad de las relaciones interpartidarias para elaborar políticas de Estado, unas veces, y la incapacidad para administrar con visión de largo plazo, otras, frustraron la eficiencia del sector público hasta alcanzar la del privado.
La ingenua excusa de acusar a los organismos internacionales por los propios deberes incumplidos ha servido por un tiempo para ocupar en los discursos el espacio correspondiente a la realidad, hasta el punto que esas demandas no han figurado en la agenda pública de ningún candidato presidencial para el ballottage. Es más, se ha anunciado oficialmente que las conclusiones de las reuniones con la misión del FMI en los recientes días, no se difundirán sino después de la proclamación del nuevo presidente.
De una u otra forma, lo esencial es que el futuro jefe del Estado le hable al país con la verdad, es decir, reconociendo que las mayores responsabilidades por la crisis y sus consecuencias son propias y no importadas, y que asumirlo así no implica necesariamente renunciar a la dignidad nacional, sino partir honestamente de la realidad.

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