15 Mayo 2003 Seguir en 
Finalmente, el ex presidente Carlos Menem decidió retirar su candidatura presidencial de la segunda vuelta electoral, asestándoles así un nuevo golpe a las instituciones de la democracia. Este acto irresponsable de romper las reglas de juego constitucionales, a las que se sometieron todos los candidatos que aspiraban a la Presidencia de la Nación, refleja la expresión de una dirigencia caduca que no se resigna a desaparecer y que sigue anteponiendo intereses personales y partidarios a los del país. En el artículo 155 del Código Nacional Electoral se establece que si los candidatos de una de las dos fórmulas renuncia, será proclamado automáticamente el binomio que quede y se suspende el ballottage. De manera que ante la renuncia de Menem, Néstor Kirchner se consagra presidente de los argentinos.
El nuevo mandatario, que asumirá el 25 de este mes, tendrá que superar inicialmente su debilidad institucional porque, al no realizarse la segunda vuelta electoral, llegará a la primera magistratura con apenas el 22% de los votos del electorado. Diferente hubiese sido si hubiera ganado el ballottage por un porcentaje incuestionable. Seguramente, para solucionar ese escollo, los primeros pasos deberán estar orientados a buscar y concretar el tan anhelado consenso político que la clase dirigente argentina no supo lograr ni siquiera en una mesa presidida por la Iglesia.
El gobierno de Kirchner tendrá, por cierto, un camino plagado de escombros. Deberá afrontar en forma inmediata la renegociación de la deuda externa, la recomposición de las relaciones internacionales, la resolución de los graves conflictos sociales y económicos, el alto índice de desocupación y de miseria -particularmente en el norte de país-, la crisis de miles de empresas.
Una tarea que tampoco debe postergarse en el campo de las prioridades debe ser la recomposición de la credibilidad en las instituciones -especialmente de la Justicia-, que fueron prácticamente destruidas a lo largo de las dos gestiones del ex presidente Menem. Es el único modo de que la ciudadanía vuelva a confiar en el sistema político y que los inversores encuentren seguridad jurídica y estabilidad social.
Tampoco será fácil la relación del nuevo mandatario con el Congreso de la Nación, especialmente con el Senado, que cuenta con una mayoría adicta al menemismo.
Justamente la Cámara Alta ha sido en varias ocasiones motivo de vergüenza nacional por hechos de corrupción, que finalmente se perdieron en los "agujeros negros" de la Justicia.
Pero fundamentalmente, Kirchner deberá poner su energía en generar trabajo y en abolir las nefastas prácticas asistencialistas, disfrazadas de planes sociales, que han contribuido a la pérdida de la dignidad y de la cultura del esfuerzo a millones de argentinos.
Sería un error considerar que este será un gobierno de transición porque, en ese caso, el país seguirá a la deriva en sus asuntos fundamentales; y el deterioro posiblemente sea no sólo mayor, sino más dramático.
Los dirigentes políticos, gremiales y empresariales tendrán nuevamente la oportunidad de mostrarle a su pueblo si son capaces o no de renunciamientos en pro del bienestar y del progreso de la Nación, hecho que hasta ahora no ha sucedido. La ciudadanía también tendrá un papel importante, el de sostener a este nuevo presidente de todos los argentinos y depositar no una confianza ciega, sino crítica, para no caer otra vez en un engaño histórico.
El país atraviesa desde hace tiempo por una frágil situación económica y social. Sólo si los argentinos logramos unirnos detrás de objetivos comunes, dejando de lado resentimientos, mezquindades y antinomias, la Nación podrá salir del pantano en que se halla.
El nuevo mandatario, que asumirá el 25 de este mes, tendrá que superar inicialmente su debilidad institucional porque, al no realizarse la segunda vuelta electoral, llegará a la primera magistratura con apenas el 22% de los votos del electorado. Diferente hubiese sido si hubiera ganado el ballottage por un porcentaje incuestionable. Seguramente, para solucionar ese escollo, los primeros pasos deberán estar orientados a buscar y concretar el tan anhelado consenso político que la clase dirigente argentina no supo lograr ni siquiera en una mesa presidida por la Iglesia.
El gobierno de Kirchner tendrá, por cierto, un camino plagado de escombros. Deberá afrontar en forma inmediata la renegociación de la deuda externa, la recomposición de las relaciones internacionales, la resolución de los graves conflictos sociales y económicos, el alto índice de desocupación y de miseria -particularmente en el norte de país-, la crisis de miles de empresas.
Una tarea que tampoco debe postergarse en el campo de las prioridades debe ser la recomposición de la credibilidad en las instituciones -especialmente de la Justicia-, que fueron prácticamente destruidas a lo largo de las dos gestiones del ex presidente Menem. Es el único modo de que la ciudadanía vuelva a confiar en el sistema político y que los inversores encuentren seguridad jurídica y estabilidad social.
Tampoco será fácil la relación del nuevo mandatario con el Congreso de la Nación, especialmente con el Senado, que cuenta con una mayoría adicta al menemismo.
Justamente la Cámara Alta ha sido en varias ocasiones motivo de vergüenza nacional por hechos de corrupción, que finalmente se perdieron en los "agujeros negros" de la Justicia.
Pero fundamentalmente, Kirchner deberá poner su energía en generar trabajo y en abolir las nefastas prácticas asistencialistas, disfrazadas de planes sociales, que han contribuido a la pérdida de la dignidad y de la cultura del esfuerzo a millones de argentinos.
Sería un error considerar que este será un gobierno de transición porque, en ese caso, el país seguirá a la deriva en sus asuntos fundamentales; y el deterioro posiblemente sea no sólo mayor, sino más dramático.
Los dirigentes políticos, gremiales y empresariales tendrán nuevamente la oportunidad de mostrarle a su pueblo si son capaces o no de renunciamientos en pro del bienestar y del progreso de la Nación, hecho que hasta ahora no ha sucedido. La ciudadanía también tendrá un papel importante, el de sostener a este nuevo presidente de todos los argentinos y depositar no una confianza ciega, sino crítica, para no caer otra vez en un engaño histórico.
El país atraviesa desde hace tiempo por una frágil situación económica y social. Sólo si los argentinos logramos unirnos detrás de objetivos comunes, dejando de lado resentimientos, mezquindades y antinomias, la Nación podrá salir del pantano en que se halla.







