Demora que daña a la democracia

Los candidatos deben deponer sus mezquinos intereses y salvaguardar el sistema institucional.

14 Mayo 2003
La instalación definitiva de la democracia, como doctrina política y sistema de gobierno, nos ha costado a los argentinos, sangre, dolor, muertes, desencuentros.
Afortunadamente y tras históricas rupturas constitucionales, a causa de los golpes militares, que siempre se apoyaron en un sector de la ciudadanía, la sociedad maduró y desde hace dos décadas, con todas las imperfecciones y contradicciones a cuestas, la democracia se ha mantenido. La Argentina atraviesa actualmente por una profunda crisis económica y social, y su futuro es incierto y dependerá del esfuerzo de quienes asuman la conducción de la nación, y de los mismos argentinos.
El 27 de abril pasado, la sociedad se volcó masivamente a las urnas para elegir presidente y vice. Antes de las elecciones, las denuncias de un supuesto fraude recalentaron el ambiente. Sin embargo, el acto comicial fue ejemplar. La diferencia de votos entre las dos primeras fórmulas fue muy escasa: 24,4% para Carlos Menem y 22,34% para Néstor Kirchner. Por no alcanzar el porcentaje requerido por la Constitución Nacional para consagrarse en la primera ronda, los binomios más votados pasaron a una segunda instancia, denominada ballottage. Esta segunda vuelta debe realizarse el domingo.
En la Carta Magna y en el Código Electoral Nacional se establecen las modalidades que deberán respetar los participantes en un sistema electoral a dos vueltas. Se supone que todos quedan sometidos a esas disposiciones. En el artículo 155 del Código Nacional Electoral se establece que si los candidatos de una de las dos fórmulas renuncia, será proclamado automáticamente el binomio que quede y se suspende el ballottage. Lo grave de esta instancia es que el segundo -Kirchner- se consagraría presidente de los argentinos con el 22,34% de los votos, es decir que su gobierno carecerá de legitimidad y, por lo tanto, está condenado a la debilidad institucional, en la medida que los argentinos lo permitamos.
En los últimos días, habían arreciado los rumores de que el ex presidente Menem renunciaría a participar en el ballottage porque todas las encuestas indicaban que iba a sufrir una derrota histórica. Kirchner, su opositor, de acuerdo con los sondeos, podía obtener la adhesión de un 70 o un 75% del electorado. La interna peronista se había instalado en la escena nacional.
Durante toda la jornada de ayer se anunció como inminente la decisión de Carlos Menem de declinar su participación en el ballottage para no sufrir posiblemente una humillación histórica. Este hecho implicaría que el ex presidente antepondría mezquinos intereses personales y sectoriales a los de la Nación.
Es probable también que se haya tratado de una estrategia electoral del ex presidente para medir el impacto que provocaría su retiro del ballottage en la sociedad. Pero si fuese así, el costo, por cierto, sería muy elevado. Porque mantener en vilo a un país cuando están en juego las instituciones de la democracia y el destino del país, que se halla en una frágil situación, debido al endeudamiento externo y a los constantes conflictos sociales, habla de una irresponsabilidad total. Implica jugar con las expectativas, con las ilusiones de los argentinos, que están hartos de una clase dirigente que ha brindado ya sobradas muestras de su ausencia de vocación de servicio, y quiere un país diferente, que genere esperanzas y trabajo. Aspiran a recuperar la dignidad perdida y que los niños y los jóvenes tengan la posibilidad de un futuro, que actualmente no tienen en esta bendita tierra.
Más allá de si Menem concreta o no su abandono del acto comicial del domingo, queda claro que en su tal vez último y desesperado acto de megalomanía, el ex presidente está lejos de sentir el clamor de una sociedad que ya no quiere ser engañada.

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