Váyase a Catamarca y no vuelva...

Analisis. Osvaldo Nieva - Periodista, cubrioo para LA GACETA lo que pasó en Catamarca luego de la muerte de María Soledad.

11 Septiembre 2010
Lo primero que hice al llegar fue sentarme por un rato largo en un umbral de la calle Esquiú: al frente estaba el boliche con el nombre pedante de "Le feu rouge", donde se vio por última vez a una nena de 16 años.
Se llamaba María Soledad Morales, me dijo Enrique R. García Hamilton, Harry, el director de LA GACETA. Apareció muerta en un descampado. Váyase a Catamarca y no vuelva hasta que esto se esclarezca.
Pero director -quise protestar- ¿ahora vamos a seguir policiales de otras provincias?
El gordo Harry, que ya era periodista cuando yo entraba a preescolar, me taladró con su mirada azul: esto no es un caso policial. Es mucho más grave, va a traer cola...

"La chica ésa"
Llegué el 14 de setiembre, creo. Aún no había desembarcado el batallón de movileros que clausuró las siestas interminables de San Fernando del Valle, para solaz de hoteleros, dueños de fondines y periodistas locales que oficiaban de guías en los safaris de la porteñada. Y para alegría oculta -me olvidaba- de una oposición macilenta bajo la cesárea autoridad del gobernador Saadi. Que además era presidenciable.
Ramoncito me recibió en su despacho. Abúlico, casi despreocupado por "la chica ésa", a medida que hablaba -sin mirarme a los ojos- me convencía de que Harry estaba acertado. Ya sabía sobre la fiesta criminal en lo del opulento Guillermo Luque, el noviecito entregador Luis Tula, el encubrimiento del jefe de policía Miguel Ferreyra y la complicidad de la clínica Pasteur, donde María Soledad fue llevada en agonía, mutilada y violada: era evidente que Saadi conocía todo, pero no lo percibía como una crisis. A lo sumo como un chaparrón primaveral, de esos que se evaporan velozmente.
Pero no se evaporaron las marchas del silencio (para alguien con el oído adiestrado en gritos, consignas y cánticos, escuchar el silencio de miles de personas es desconcertante). Tampoco la monja Martha Pelloni, la madre Ada, el padre Elías, quienes combinaban con exactitud la mansedumbre y la firmeza. Los varones de Catamarca aferraban a los hijos con manos inmensas; las madres no perdían de vista a las niñas. Sin haber qué escuchar, sólo me quedaba registrar con la mirada cada gesto, cada abrazo...
Como un niño envejecido
Al final de cada tarde tomaba mi café con Elías Morales. Lo hacíamos callados, yo completando mis apuntes, consultándole algún detalle de cuando en cuando; él bebía su vaso de leche como un niño que envejeció brutalmente. En una mesa alejada aguardaba mi otro contertulio: Arnoldo Castillo, viejo radical que había sido interventor de la dictadura. Con su olfato entrenado, me contaba de entuertos e internas, pues veía llegar la oportunidad de su vida. Y así fue. Luego de muchos jueces que poco hicieron, y de una intervención federal, le tocó el turno de gobernar con el voto del pueblo.
El día que Carlos Menem intervino Catamarca, harto de la mochila de plomo de Ramoncito, llegué a la desolada casa de gobierno con un fotógrafo inolvidable: Antonio Font, el Negro. No había custodia en la entrada. Los colegas esperaban en el aeropuerto la conferencia de prensa del aterrizado interventor Luis Prol.
El Negro empujó la puerta del palacio, que ni llave tenía. Recorrimos las salas vacías, las escaleras coloniales que llevan al primer piso: nadie. Una vez en la oficina del gobernador, descubrimos que una horda se había llevado hasta el último expediente, y destruido la central telefónica. A falta de mejor plan resolvimos esperar, turnándonos en la poltrona de la dinastía.
En esa placidez estábamos cuando irrumpió Prol con su séquito. Asombrado por hallarnos allí, nos estrechó las manos y preguntó si éramos los encargados de entregarle el gobierno. No, somos periodistas de LA GACETA de Tucumán, le respondí. Y queremos una nota exclusiva. ¿Por qué no se sienta? Le quitaremos sólo unos minutos. El Negro ya estaba gatillando su Nikon.

Pesadillas
María Soledad, esa niña a quien poco mencioné en estas líneas, me persiguió muchos meses en mis pesadillas. Me oprimía la culpa de no haberla salvado, de no estar esa noche en la calle Esquiú para acompañarla a su casa humilde de Valle Viejo, y que mañana fuera otro día...
Luego, porfiado como soy, me hice amigo. Cada vez que vuelvo a Catamarca, me detengo un rato en el memorial de los Tres Puentes. Para decirle algunas cosas, nomás.

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