11 Septiembre 2010 Seguir en 
CATAMARCA. (De nuestra enviada especial, Irene Benito).-Un lapacho en su máximo esplendor viste de rosado la calle Junín al 100. A mitad de cuadra, en la planta alta de una casa de frente angosta -protegida por una tela metálica-, vive Guillermo Luque, coautor de la violación seguida de muerte de María Soledad Morales. En libertad condicional desde abril de este año, el hijo del influyente ex diputado nacional Angel Luque cultiva un perfil bajo que, sin embargo, no le impide salir a la calle como un catamarqueño más, según sus vecinos y allegados. La intensa exposición mediática del pasado ha quedado lejos: Luque no atiende a la prensa y no hace comentarios sobre los 14 años que pasó en prisión.
De Luis Tula se sabe mucho más. El otro condenado del caso María Soledad -como partícipe necesario del delito de violación- dejó la cárcel en 2003, sacó la matrícula de abogado y abrió un estudio jurídico en la transitada peatonal Rivadavia. Veinte años después de la muerte de la estudiante de 17 años, "Bulín", como le dicen, lleva una vida aparentemente normal: va y viene de Tribunales, e, incluso, viaja a menudo a Tucumán para presentar recursos en la Cámara Federal de Apelaciones. "Si cumpliste tu pena, ya pagaste", razona convencido el peluquero de Luque mientras controla la tintura a dos señoras que levantan la vista de sus respectivas revistas. El local está ubicado en la misma esquina de la vivienda del ex preso, muy cerca de la pintoresca plaza Virgen del Valle. Es una mañana tan deliciosa que da pena arruinarla con el recuerdo de lo que pasó el 10 de septiembre de 1990 entre las 9 y 9.30, cuando Juan Carlos Vergara y Domingo Genaro Pereyra, dos empleados de Vialidad, hallaron los restos de María Soledad entre las malezas de Tres Puentes, a cuatro kilómetros de la capital catamarqueña.
Hora de vivir y dejar vivir
El peluquero desliza la información entre dientes: quiere pero no puede hablar. Aún así se anima a compartir algunas reflexiones: "es hora de vivir y dejar vivir"; "en esta ciudad nadie señalará con el dedo al que estuvo en prisión"; "aquí ya se olvidó todo" y "Luque la pasó mal en la cárcel, no tuvo privilegios ni una cuna de oro como dijeron algunos". Un segundo antes de volver con las tijeras y los ruleros, añade que su cliente siempre se sintió un preso político, un chivo expiatorio de los altos y anchos intereses del caso.
Se ríe, bromea y pide disculpas a LA GACETA por no querer hablar sobre la marca que le dejó María Soledad. "¿Sabe qué pasa? Si me largo a opinar terminaré criticando a gobernantes y jueces, y no quiero herir ninguna susceptibilidad. Recuerde que vivo aquí y soy letrado", advierte Tula por teléfono. Y cuando se dispone a colgar, la conversación deriva en su experiencia profesional. El ex novio de la víctima (a la que conoció durante el verano de 1989) explica que lleva juicios civiles, penales y laborales, y que a menudo le toca litigar en la Justicia Federal con sede en Tucumán. "Casi siempre por asuntos vinculados con el narcotráfico", especifica, agrega un "adiós" y corta.
Los estupefacientes han sido, precisamente, un ingrediente decisivo del dantesco final de María Soledad. El fallo de la Cámara en lo Criminal que condenó a Luque y Tula a 21 y 9 años de prisión respectivamente menciona innumerables veces la incidencia de la cocaína en la muerte de la muchacha. Aquella histórica sentencia del 27 de febrero de 1998 afirma: "?la víctima fue accedida carnalmente por vía anal y vaginal con el concurso de dos o más personas y (?), para vencer su resistencia, usaron dosis elevadas de cocaína que introdujeron en contra de su voluntad por vía vaginal, anal y parenteral (?). Su fallecimiento sobrevino como consecuencia de una sobredosis".
La escabrosa descripción de las circunstancias del deceso de la estudiante, y las todavía peores operaciones de mutilación y desfiguración practicadas sobre su cuerpo nunca fueron admitidas por Luque y Tula, ni por ninguno de la treintena de sospechosos de haber prestado falso testimonio y de encubrir a los responsables del horror (todos los supuestos encubridores se libraron de la condena judicial).
El empecinamiento en la inocencia suscita todavía múltiples elucubraciones en la sociedad catamarqueña, aunque estas jornadas de vigésimo aniversario del célebre caso hayan transcurrido en un clima de recogimiento. Ayer, el monolito que señala el sitio donde yació el cadáver de la víctima estaba tan solo y polvoriento como de costumbre. El significativo mojón convive con pastos secos, escombros, residuos y chañares. Los años no traen ninguna libertad condicional para los paisajes trágicos.
De Luis Tula se sabe mucho más. El otro condenado del caso María Soledad -como partícipe necesario del delito de violación- dejó la cárcel en 2003, sacó la matrícula de abogado y abrió un estudio jurídico en la transitada peatonal Rivadavia. Veinte años después de la muerte de la estudiante de 17 años, "Bulín", como le dicen, lleva una vida aparentemente normal: va y viene de Tribunales, e, incluso, viaja a menudo a Tucumán para presentar recursos en la Cámara Federal de Apelaciones. "Si cumpliste tu pena, ya pagaste", razona convencido el peluquero de Luque mientras controla la tintura a dos señoras que levantan la vista de sus respectivas revistas. El local está ubicado en la misma esquina de la vivienda del ex preso, muy cerca de la pintoresca plaza Virgen del Valle. Es una mañana tan deliciosa que da pena arruinarla con el recuerdo de lo que pasó el 10 de septiembre de 1990 entre las 9 y 9.30, cuando Juan Carlos Vergara y Domingo Genaro Pereyra, dos empleados de Vialidad, hallaron los restos de María Soledad entre las malezas de Tres Puentes, a cuatro kilómetros de la capital catamarqueña.
Hora de vivir y dejar vivir
El peluquero desliza la información entre dientes: quiere pero no puede hablar. Aún así se anima a compartir algunas reflexiones: "es hora de vivir y dejar vivir"; "en esta ciudad nadie señalará con el dedo al que estuvo en prisión"; "aquí ya se olvidó todo" y "Luque la pasó mal en la cárcel, no tuvo privilegios ni una cuna de oro como dijeron algunos". Un segundo antes de volver con las tijeras y los ruleros, añade que su cliente siempre se sintió un preso político, un chivo expiatorio de los altos y anchos intereses del caso.
Se ríe, bromea y pide disculpas a LA GACETA por no querer hablar sobre la marca que le dejó María Soledad. "¿Sabe qué pasa? Si me largo a opinar terminaré criticando a gobernantes y jueces, y no quiero herir ninguna susceptibilidad. Recuerde que vivo aquí y soy letrado", advierte Tula por teléfono. Y cuando se dispone a colgar, la conversación deriva en su experiencia profesional. El ex novio de la víctima (a la que conoció durante el verano de 1989) explica que lleva juicios civiles, penales y laborales, y que a menudo le toca litigar en la Justicia Federal con sede en Tucumán. "Casi siempre por asuntos vinculados con el narcotráfico", especifica, agrega un "adiós" y corta.
Los estupefacientes han sido, precisamente, un ingrediente decisivo del dantesco final de María Soledad. El fallo de la Cámara en lo Criminal que condenó a Luque y Tula a 21 y 9 años de prisión respectivamente menciona innumerables veces la incidencia de la cocaína en la muerte de la muchacha. Aquella histórica sentencia del 27 de febrero de 1998 afirma: "?la víctima fue accedida carnalmente por vía anal y vaginal con el concurso de dos o más personas y (?), para vencer su resistencia, usaron dosis elevadas de cocaína que introdujeron en contra de su voluntad por vía vaginal, anal y parenteral (?). Su fallecimiento sobrevino como consecuencia de una sobredosis".
La escabrosa descripción de las circunstancias del deceso de la estudiante, y las todavía peores operaciones de mutilación y desfiguración practicadas sobre su cuerpo nunca fueron admitidas por Luque y Tula, ni por ninguno de la treintena de sospechosos de haber prestado falso testimonio y de encubrir a los responsables del horror (todos los supuestos encubridores se libraron de la condena judicial).
El empecinamiento en la inocencia suscita todavía múltiples elucubraciones en la sociedad catamarqueña, aunque estas jornadas de vigésimo aniversario del célebre caso hayan transcurrido en un clima de recogimiento. Ayer, el monolito que señala el sitio donde yació el cadáver de la víctima estaba tan solo y polvoriento como de costumbre. El significativo mojón convive con pastos secos, escombros, residuos y chañares. Los años no traen ninguna libertad condicional para los paisajes trágicos.
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