Un Estado ausente

Un clase dirigente que se muestra indiferente a los reclamos de la sociedad.

11 Mayo 2003
El viejo refrán "ojos que no ven corazón que no siente" refleja la conducta indiferente e insensible de la clase gobernante tucumana. Da la impresión de que nuestros dirigentes viven desde hace años en esa torre de cristal en que se ha convertido el poder, adonde no llega el reclamo de la ciudadanía. Ellos miran sin ver, lanzan promesas que pocas veces cumplen y se repliegan en un autismo -cada vez más peligroso- que les impide ver el caos en que se han convertido la ciudad y la provincia. Y como se sabe, "no hay peor sordo que el que no quiere oír ni ciego que el que no quiere ver".
Hace ya años, la plaza Independencia dejó de ser nuestro más distinguido paseo público para convertirse en la caja de resonancia de cualquier protesta. Durante casi dos meses hubo una gran cantidad de carpas -aún queda un remanente- y las manifestaciones son diarias y cada vez más virulentas.
Pero no sólo la plaza sino también el centro, y las rutas provinciales que están cortadas por piquetes. El viernes, un grupo de trabajadores municipales, descontentos porque no se les abona sus salarios, quemó cubiertas y destruyó la puerta del Concejo Deliberante. En el camino de la ira, destruyeron luego la sede de un local partidario y la quema de gomas se multiplicó en cada esquina de la plaza.Pocos días antes, una agente municipal decidió bloquear con su automóvil y con cadenas los accesos a la Municipalidad, en protesta porque le adeudan los haberes desde febrero pasado, situación en la que se hallan también cientos de empleados, que integran la categoría 20 y las subsiguientes.
Pero esta realidad deplorable donde cada uno hace lo que quiere sin importarle a quién afecta, va mucho más allá. Pese a los rimbombantes anuncios de las autoridades respecto de que se iba a combatir el caos, el transporte público ilegal sigue gozando de buena salud y los servicios municipales son casi inexistentes porque el personal está casi siempre de paro. Las calles y veredas se encuentran en un gran porcentaje deterioradas; las peatonales se destacan por su suciedad; el tránsito es anárquico; nadie controla ni la frecuencia horaria, ni la higiene ni el buen estado de los colectivos, y la basura está ganando una sórdida batalla. Desde hace más de un lustro que el predio de Los Vázquez está colmado y contamina las aguas del río Salí, pero sin embargo, no se ha podido dar una solución definitiva a este grave problema. La calle Maipú ha sido nuevamente invadida por los vendedores ambulantes y el ciudadano debe esquivar con frecuencia a los ciclistas en las dos cuadras peatonales de esa arteria. Los inspectores municipales y los policías miran, pero no ven.
El intendente reconoció hace unas semanas su incapacidad para controlar el transporte ilegal y propuso entonces liberar las licencias de taxis y remises, en lugar de renunciar. Pero esta inoperancia de la mayoría de nuestros dirigentes excede esta realidad por el hecho de que hay una ineptitud para aplicar la ley, tanto a nivel municipal como provincial. Porque mientras esta anarquía nos corroe, el Poder Ejecutivo mira hacia otro lado, como si nada tuviera que ver.Si los representantes de la comunidad no saben, no pueden o no quieren hacer respetar las normas ni las leyes que hacen a la convivencia ciudadana, deben dejar su lugar a quienes tengan una auténtica vocación de servicio.
El estado de desgobierno se profundiza vertiginosamente, sin que nada se haga para revertirlo. Mientras eso sucede, una buena parte de nuestros dirigentes está entretenida en el calendario electoral, y urde estrategias para seguir perpetuándose en los cargos públicos.
"Creo que con el tiempo mereceremos que no haya gobiernos", ironizó alguna vez Jorge Luis Borges. Parece que los tucumanos estamos ya gozando de ese beneficio.

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