"El Lobo" dijo que no mató a la suegra y apuntó sus sospechas contra su cuñado
Mario Estequín está imputado de homicidio calificado por el asesinato y descuartizamiento de una mujer en enero de 2004. Durante la primera audiencia el hombre de 36 años respondió todo lo que le preguntaron, pero dejó grietas en su relato.
18 Agosto 2010 Seguir en 
Hace más de tres años que está en libertad, pero físicamente mantiene algo más que la memoria del encierro. Mario Raúl Estequín camina con las manos juntas hacia adelante. Meses de traslados con las esposas puestas le dejaron la sensación de frío en las muñecas. La imagen no es habitual. En general, el hombre que va a ser juzgado llega a la sala de debate custodiado por policías y con los grilletes colocados. Estequín subió las escaleras laterales del Palacio de Justicia y se encaminó hacia el banquillo de los acusados con la vista al frente. Lo flanqueaban su abogado, Mario Leiva Haro, y su padre Julio. "El Lobo", le dicen. Hoy tiene 36 años. Y de ser un oscuro ordenanza de la Facultad de Medicina de la UNT pasó a ser conocido como el descuartizador. A él le imputan haber asesinado a su suegra Margarita del Valle Pereyra, de 45 años, el 16 de enero de 2004 y de haber desmembrado el cuerpo de la víctima, que apareció por distintas zonas al este de la capital. Pasó poco más de dos años bajo el régimen de prisión preventiva, pero como el juicio se demoraba recuperó la libertad. Ayer, como siempre, Estequín juró que es inocente. Y dijo una máxima para que los jueces lo escucharan bien: "Yo a ?Marga? la quería como a mi madre".
Evidentemente su esposa Marisol Chávez le cree. No sólo sigue a su lado, sino que además tuvo otra hija con él. La tercera. Todos viven en una casita dentro del predio de la Quinta Agronómica, al 2000 de avenida Independencia. El mismo lugar donde según la instrucción que realizó la fiscala III de Instrucción Teresita Marnero fue asesinada y descuartizada Pereyra.
Zapatillas negras, jean celeste, camisa a cuadros del mismo tono y campera gamuzada. Estequín se sentó frente a los camaristas Ana Lía Castillo de Ayusa, María del Pilar Prieto y Horacio Villalba y escuchó sin inmutarse la imputación. Luego aceptó rápidamente tras un cruce de miradas con su defensor cuando le preguntaron si quería declarar. Y comenzó a desgranar con lujo de detalles día, hora y acciones de hechos ocurridos hace más de seis años. Y admitió que ese día Pereyra había estado en su casa.
El viaje
"Llegó como a las 11.30. Compró un vino y cocinó. Yo no tomé. Me dijo que tenía algunos problemas y que se iba a ir a Buenos Aires", explicó. En la capital estaban Marisol Chávez con sus entonces tres hijos (la mayor tiene otro padre). El no lo admitió, pero en la elevación a juicio se advierte que la joven lo había abandonado por los malos tratos y por la sospecha de que "El Lobo" mantenía una relación paralela con su madre, a la postre, la víctima. Incluso Marisol le había iniciado un juicio por la pensión alimentaria. "Fue porque como yo estaba preso ella no tenía nada. Aún hoy pago la pensión alimentaria, aunque vive conmigo", aclaró. Luego prosiguió con el relato de los sucesos que derivaron en su detención. "Se fue después de las 4 de la tarde. Me dijo ?mirámelo al Juan (el hijo de Pereyra)? y nunca más la vi. Y de la noche a la mañana me vienen a decir que yo era el asesino", afirmó sin dudar. "Yo tenía un excelente trato con mi suegra. Yo era más hijo para ella que sus verdaderos hijos, Juan y Gabriel", advirtió. Así, y con la ayuda de su abogado Leiva Haro, Estequín comenzó a tratar de desviar la atención hacia quién él piensa que fue el verdadero homicida: su cuñado Juan Chávez. "Ella tenía una muy mala relación con él. Juan se emborrachaba y se drogaba", dijo remarcando cada una de sus palabras. También dijo que su suegra tomaba siempre vino, pero no se animó a confirmar si la mujer se emborrachaba con frecuencia.
Escrito con sangre
A lo largo de una hora y cuarto tuvo respuesta para todo. Dentro de la casa se encontró, arriba de una pileta, una leyenda que decía "Mary te amo mucho". Estaba escrita son sangre. "Yo llegué una tarde y me había lastimado la rodilla con la bicicleta. Vi que había roto un espejo y le escribí esto con mi sangre, pero fue mucho antes de que desapareciera mi suegra", relató. También aseguró que uno de sus hijos perdía sangre por la nariz cada vez que se golpeaba, para justificar las manchas que se encontraron en la vivienda. Como la que había arriba de la cama, sobre una pared.
"El Lobo" se cuidó en todo momento de decir que Pereyra había sido asesinada. "Desaparecida", repitió a lo largo de la tarde. En su vivienda los policías habían secuestrado además un pantalón que tenía muchas manchas de sangre. Y también tuvo una explicación para eso. "El 25 de diciembre yo salí de la casa de un tío de mi señora y me iba a otra casa, Me agarró un tipo, le dicen el ?Boliviano Melgar? y me asaltó. Hizo un tiro y me rozó la frente. Esa sangre me manchó el pantalón. Me sacó $ 110. Todavía me acuerdo", explicó. Pero cuando el juez Villalba le hizo saber que nada de eso estaba en el expediente, él admitió que no había hecho la denuncia. "Se me curó a las pocas horas", respondió. "Fui a la comisaría, pero al final me fui y no dije nada", agregó. Con ironía, la jueza Prieto le preguntó cómo no había lavado el pantalón en todo ese tiempo. "No había quien lavara", se limitó a contestar.
A la fiscala de Cámara Marta Jerez de Rivadeneira le respondió que la relación con su esposa era normal. Y negó con énfasis que alguna vez la hubiera amenazado. A Villalba le dijo que él jamás había estado con contacto con cadáveres, por más que trabajara en la cátedra de Medicina Forense. "Yo limpiaba el piso", aseguró. Hoy todavía hace el mismo trabajo.
Cuando nadie más quiso interrogarlo, dudó antes de levantarse de la silla. "Soy inocente -dijo- Todavía no sé que hago aquí sentado". Después se ubicó junto a su abogado y escuchó aburrido los dichos de tres testigos. Parecía haber olvidado la recomendación de la presidenta del Tribunal, Castillo de Ayusa, cuando le advirtió que estaba imputado de homicidio calificado, y que podía llegar a ser condenado a prisión perpetua. Ya había dicho todo lo que tenía para decir.
Evidentemente su esposa Marisol Chávez le cree. No sólo sigue a su lado, sino que además tuvo otra hija con él. La tercera. Todos viven en una casita dentro del predio de la Quinta Agronómica, al 2000 de avenida Independencia. El mismo lugar donde según la instrucción que realizó la fiscala III de Instrucción Teresita Marnero fue asesinada y descuartizada Pereyra.
Zapatillas negras, jean celeste, camisa a cuadros del mismo tono y campera gamuzada. Estequín se sentó frente a los camaristas Ana Lía Castillo de Ayusa, María del Pilar Prieto y Horacio Villalba y escuchó sin inmutarse la imputación. Luego aceptó rápidamente tras un cruce de miradas con su defensor cuando le preguntaron si quería declarar. Y comenzó a desgranar con lujo de detalles día, hora y acciones de hechos ocurridos hace más de seis años. Y admitió que ese día Pereyra había estado en su casa.
El viaje
"Llegó como a las 11.30. Compró un vino y cocinó. Yo no tomé. Me dijo que tenía algunos problemas y que se iba a ir a Buenos Aires", explicó. En la capital estaban Marisol Chávez con sus entonces tres hijos (la mayor tiene otro padre). El no lo admitió, pero en la elevación a juicio se advierte que la joven lo había abandonado por los malos tratos y por la sospecha de que "El Lobo" mantenía una relación paralela con su madre, a la postre, la víctima. Incluso Marisol le había iniciado un juicio por la pensión alimentaria. "Fue porque como yo estaba preso ella no tenía nada. Aún hoy pago la pensión alimentaria, aunque vive conmigo", aclaró. Luego prosiguió con el relato de los sucesos que derivaron en su detención. "Se fue después de las 4 de la tarde. Me dijo ?mirámelo al Juan (el hijo de Pereyra)? y nunca más la vi. Y de la noche a la mañana me vienen a decir que yo era el asesino", afirmó sin dudar. "Yo tenía un excelente trato con mi suegra. Yo era más hijo para ella que sus verdaderos hijos, Juan y Gabriel", advirtió. Así, y con la ayuda de su abogado Leiva Haro, Estequín comenzó a tratar de desviar la atención hacia quién él piensa que fue el verdadero homicida: su cuñado Juan Chávez. "Ella tenía una muy mala relación con él. Juan se emborrachaba y se drogaba", dijo remarcando cada una de sus palabras. También dijo que su suegra tomaba siempre vino, pero no se animó a confirmar si la mujer se emborrachaba con frecuencia.
Escrito con sangre
A lo largo de una hora y cuarto tuvo respuesta para todo. Dentro de la casa se encontró, arriba de una pileta, una leyenda que decía "Mary te amo mucho". Estaba escrita son sangre. "Yo llegué una tarde y me había lastimado la rodilla con la bicicleta. Vi que había roto un espejo y le escribí esto con mi sangre, pero fue mucho antes de que desapareciera mi suegra", relató. También aseguró que uno de sus hijos perdía sangre por la nariz cada vez que se golpeaba, para justificar las manchas que se encontraron en la vivienda. Como la que había arriba de la cama, sobre una pared.
"El Lobo" se cuidó en todo momento de decir que Pereyra había sido asesinada. "Desaparecida", repitió a lo largo de la tarde. En su vivienda los policías habían secuestrado además un pantalón que tenía muchas manchas de sangre. Y también tuvo una explicación para eso. "El 25 de diciembre yo salí de la casa de un tío de mi señora y me iba a otra casa, Me agarró un tipo, le dicen el ?Boliviano Melgar? y me asaltó. Hizo un tiro y me rozó la frente. Esa sangre me manchó el pantalón. Me sacó $ 110. Todavía me acuerdo", explicó. Pero cuando el juez Villalba le hizo saber que nada de eso estaba en el expediente, él admitió que no había hecho la denuncia. "Se me curó a las pocas horas", respondió. "Fui a la comisaría, pero al final me fui y no dije nada", agregó. Con ironía, la jueza Prieto le preguntó cómo no había lavado el pantalón en todo ese tiempo. "No había quien lavara", se limitó a contestar.
A la fiscala de Cámara Marta Jerez de Rivadeneira le respondió que la relación con su esposa era normal. Y negó con énfasis que alguna vez la hubiera amenazado. A Villalba le dijo que él jamás había estado con contacto con cadáveres, por más que trabajara en la cátedra de Medicina Forense. "Yo limpiaba el piso", aseguró. Hoy todavía hace el mismo trabajo.
Cuando nadie más quiso interrogarlo, dudó antes de levantarse de la silla. "Soy inocente -dijo- Todavía no sé que hago aquí sentado". Después se ubicó junto a su abogado y escuchó aburrido los dichos de tres testigos. Parecía haber olvidado la recomendación de la presidenta del Tribunal, Castillo de Ayusa, cuando le advirtió que estaba imputado de homicidio calificado, y que podía llegar a ser condenado a prisión perpetua. Ya había dicho todo lo que tenía para decir.










