06 Mayo 2003 Seguir en 
Cuando se aprobó la Ley de Lemas, el peronismo, que veía que el bussismo le movía el piso, utilizó esa herramienta para tentar a distintos sectores de la sociedad a ser candidatos. De esa manera engrosaba su base de sustentación con votos genuinos, que terminaban robusteciendo desde abajo el lema.
Corría 1989 y la dirigencia política comenzaba a recibir los primeros golpes y a desnudar su desprestigio. La Ley de Lemas tuvo dos efectos inmediatos. Primero, que cualquier ciudadano se sintiera con autoridad para ser candidato. En segundo término, fue la ley que diagnosticó que los partidos políticos padecían una enfermedad terminal. Cada cuatro años la anécdota se repite: "voy a ser candidato a legislador (o a concejal) y formé un sublema", suele comentar cualquier ciudadano. Cuando se le pregunta en qué lema (o partido) está, responde: "ya veré, el que convenga más". Si los partidos políticos estaban derruidos, la Ley de Lemas fue la aplanadora que consolidó los escombros.
Ayer, sobre el cierre de la inscripción de sublemas la cola de interesados era tan larga como la que hacen los desocupados cuando aparece el ofrecimiento de un trabajo.
Como sacar la lotería
Los ciudadanos que no están atados a un gran aparato que reparte bolsones o que tiene mucha plata para invertir en la cruzada, se encuentran jugando en una lotería donde miles compran el billete, pero sólo uno tiene la suerte de salir beneficiado. En algún momento se pensó que este sistema de elección serviría para que la sociedad participe y para que pudieran llegar ciudadanos desde distintos sectores de la sociedad, como una bocanada de aire fresco al enrarecido aire legislativo. Por lo general, no sólo ocurrió lo inverso sino que incluso muchos de los elegidos terminaron traicionando al lema por el cual fueron elegidos.
Cuando ven que hay legisladores que con sólo 3.000 votos puede llegar, muchos quedan obnubilados. Pero no es más que una estrategia de la ilusión, porque para que ellos lleguen hubo cientos de otros candidatos que trabajaron y terminaron cediendo sus votos, porque la Ley de Lemas hace que los sufragios de los menos votados sirvan para aquellos que consiguieron más boletas. Por lo tanto, engruesan su caudal electoral.
De acuerdo a la cantidad de sublemas inscriptos para ocupar los 40 escaños legislativos y sólo contabilizamos a los primeros de cada lista, se puede inferir que sólo al 1,6% de los interesados tendrán un escaño.
La ilusión consiste en que las grandes estructuras prometen contener a cientos de candidatos, pero terminan llegando precisamente los que manejan esos grandes entramados de los partidos mayoritarios.
Otra falsa opción
¿Qué habría ocurrido si la lista sábana se hubiera mantenido? Tampoco se lo ve como una solución, a juzgar por el fuerte manejo que se hace en algunos partidos como el oficialismo. Cuando el manejo se asemeja al de un emperador la lista sábana también hubiera sido digitada desde la cúpula del poder y la sociedad hubiera tenido menos opciones que un ballottage. En ese caso la participación hubiera sido nula.
Por eso la Ley de Lemas es uno de los tantos temas que están pendientes de resolución en Tucumán. Ninguno de los candidatos que asoman hablan de modificarla o de que podría ser el principal tema a debatir cuando lleguen a ocupar sus bancas.
En la Cámara actual duermen varios proyectos de modificación de esta norma. Unos limitan la cantidad de sublemas y otros proponen eliminar directamente esta ley.
Hasta ahora sólo ha servido para ilusionar a unos, que no pueden llegar; para confundir a otros, que deben elegir, y para beneficiar a aquellos a los que solos no les alcanza. Demasiadas contradicciones para una sola norma.
Corría 1989 y la dirigencia política comenzaba a recibir los primeros golpes y a desnudar su desprestigio. La Ley de Lemas tuvo dos efectos inmediatos. Primero, que cualquier ciudadano se sintiera con autoridad para ser candidato. En segundo término, fue la ley que diagnosticó que los partidos políticos padecían una enfermedad terminal. Cada cuatro años la anécdota se repite: "voy a ser candidato a legislador (o a concejal) y formé un sublema", suele comentar cualquier ciudadano. Cuando se le pregunta en qué lema (o partido) está, responde: "ya veré, el que convenga más". Si los partidos políticos estaban derruidos, la Ley de Lemas fue la aplanadora que consolidó los escombros.
Ayer, sobre el cierre de la inscripción de sublemas la cola de interesados era tan larga como la que hacen los desocupados cuando aparece el ofrecimiento de un trabajo.
Como sacar la lotería
Los ciudadanos que no están atados a un gran aparato que reparte bolsones o que tiene mucha plata para invertir en la cruzada, se encuentran jugando en una lotería donde miles compran el billete, pero sólo uno tiene la suerte de salir beneficiado. En algún momento se pensó que este sistema de elección serviría para que la sociedad participe y para que pudieran llegar ciudadanos desde distintos sectores de la sociedad, como una bocanada de aire fresco al enrarecido aire legislativo. Por lo general, no sólo ocurrió lo inverso sino que incluso muchos de los elegidos terminaron traicionando al lema por el cual fueron elegidos.
Cuando ven que hay legisladores que con sólo 3.000 votos puede llegar, muchos quedan obnubilados. Pero no es más que una estrategia de la ilusión, porque para que ellos lleguen hubo cientos de otros candidatos que trabajaron y terminaron cediendo sus votos, porque la Ley de Lemas hace que los sufragios de los menos votados sirvan para aquellos que consiguieron más boletas. Por lo tanto, engruesan su caudal electoral.
De acuerdo a la cantidad de sublemas inscriptos para ocupar los 40 escaños legislativos y sólo contabilizamos a los primeros de cada lista, se puede inferir que sólo al 1,6% de los interesados tendrán un escaño.
La ilusión consiste en que las grandes estructuras prometen contener a cientos de candidatos, pero terminan llegando precisamente los que manejan esos grandes entramados de los partidos mayoritarios.
Otra falsa opción
¿Qué habría ocurrido si la lista sábana se hubiera mantenido? Tampoco se lo ve como una solución, a juzgar por el fuerte manejo que se hace en algunos partidos como el oficialismo. Cuando el manejo se asemeja al de un emperador la lista sábana también hubiera sido digitada desde la cúpula del poder y la sociedad hubiera tenido menos opciones que un ballottage. En ese caso la participación hubiera sido nula.
Por eso la Ley de Lemas es uno de los tantos temas que están pendientes de resolución en Tucumán. Ninguno de los candidatos que asoman hablan de modificarla o de que podría ser el principal tema a debatir cuando lleguen a ocupar sus bancas.
En la Cámara actual duermen varios proyectos de modificación de esta norma. Unos limitan la cantidad de sublemas y otros proponen eliminar directamente esta ley.
Hasta ahora sólo ha servido para ilusionar a unos, que no pueden llegar; para confundir a otros, que deben elegir, y para beneficiar a aquellos a los que solos no les alcanza. Demasiadas contradicciones para una sola norma.







