Un capitán con pocas agallas

04 Junio 2010
Padezco una sensibilidad extrema a los ruidos intensos. Las explosiones de las bombas de estruendo son una verdadera tortura para mí, ya que jamás pude dominar el sobresalto que me producen; por eso, la pirotecnia en las fiestas de fin de año me sume en un malhumor que, generalmente, me acompaña hasta Reyes. Este problema me jugó más de una mala pasada mientras trabajaba en el informativo de Canal 10; cuando debía cubrir las manifestaciones callejeras, solía estar más atento a la explosión de las bombas que al desarrollo de las entrevistas.

La aversión por los ruidos intensos me llevó también a pasar un papelón como actor en 1972, cuando representábamos "La granada", de Rodolfo Walsh, en el Teatro Universitario. Yo interpretaba a un altivo capitán del Ejército, que acusa a un "colimba" de traición a la patria. Boyce Díaz Ulloque quería cerrar su puesta en escena con una formidable explosión; Alberto Lombana (a cargo de la escenografía y de la asistencia técnica) había ensayado con diferentes petardos, pero la magnitud del estallido no lo conformaba. Se decidió finalmente por un rompeportones de dimensiones considerables, que detonaba entre bambalinas dentro de un enorme tacho metálico colocado estratégicamente para proyectar el ruido sobre el escenario y la platea. El efecto conformó a todos, menos a mí; pero como ocurría durante un apagón de luces, decidí recurrir al sencillo expediente de taparme los oídos con los dedos.

Así transcurrieron sin novedad muchas funciones, hasta que ocurrió lo que no debió haber sucedido nunca. Llegó el momento, los asistentes encendieron la mecha del petardo y lo tiraron dentro del tacho. Pasaron un par de segundos, automáticamente me tapé los oídos (abandonando por completo la actitud aguerrida y altanera de mi personaje) y simultáneamente me percaté de que las luces de escena seguían encendidas. Dominado por la espantosa sensación de haber sido sorprendido en falta, retiré rápidamente los dedos de los oídos; entonces se escuchó la explosión, que me produjo un respingo inocultable. Finalmente (tarde, demasiado tarde) llegó la bendita oscuridad.

Como escaso y tardío consuelo, espero que los espectadores que vieron aquella función hayan pensado que yo estaba interpretando a uno de esos militares argentinos a los cuales Borges acusó de "jamás haber escuchado el silbido de una bala".

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