La primera vuelta electoral en Colombia ha dejado frente a frente para el balotaje, sólo las urnas mediante, la vieja política versus la nueva política. De un lado está el oficialista Juan Manuel Santos, quien fue ministro de Hacienda durante la presidencia de César gaviaría (Partido Liberal), ministro de Comercio de Exterior durante la gestión de Andrés Pastrana (Partido Conservador) y hasta hace poco ministro de Defensa del todavía mandatario Alvaro Uribe (Partido de la U).
Enfrente está Antenas Mockus, filósofo y matemático, ex rector de la Universidad Nacional y dos veces alcalde de Bogotá, con perfil de personaje. Dentro de la amurallada capital del departamento Bolívar, su base de operaciones es un reducido local comercial, donde este diario presenció el jueves el regateo de presupuestos para alquilar un auto para que las autoridades locales del Partido Verde recorrieran los centros de votación a modo de fiscales generales.
En los discursos se plantea un segundo escenario. Cara a cara, la segunda vuelta electoral va a enfrentar al populismo versus la institucionalizad. En el debate del 25 de mayo, Santos aseveró que gracias al actual Gobierno, en región serrana de La macanea, "dominada durante 40 años por los narcos", ahora le llegaban los créditos, la educación, la salud y los subsidios del Estado para los campesinos. Pidió el voto, entonces, para mantener la lucha contra la delincuencia y la asistencia a los desplazados de Colombia.
Cuando le llegó el turno, Mockus hizo una advertencia señera: aunque es más barato darle la batalla a las FARC con paramilitares, a esa batalla había que darla, por más cara que fuese, dentro de la Ley. Recordó que, unos pocos funcionarios y muchísimos hacendados alentaron y financiaron que grupos armados por fuera del Estado enfrentaran a las guerrillas. En cambio, y aunque eso no le gustara a muchos, él impulsaba el aumento de impuestos para que sea Colombia la que dé esa lucha.
Esas posturas distanciadas, esos discursos encontrados y esas desiguales estructuras desiguales se tradujeron en la cruda realidad. Colombia se acostó a dormir el sábado soñando con una hidalga bipolaridad y la tarde del domingo la espabiló con una baldazo de estadísticas.
Las encuestas, contundentes perdedoras de esta batalla, decían que Santos y Mockus terminarían estadísticamente empatados. A las 18.30 de Colombia, y escrutado el 99% de las mesas, se supo que el Gobierno obtuvo 6,7 millones de votos, contra los 3,1 millones de su principal crítico.
El 46% de los votos convierte a Santos en virtual ganador, pero la Constitución no da lugar a que no haya segunda vuelta y Mockus aseguró que no va defraudar al 22% que lo respaldó. "Logramos lo que hace unas semanas parecía imposible: pasamos a segunda vuelta porque la ola verde puede más que la corrupción y la violencia. No se vale todo. Sí se pudo", arengó a sus seguidores, que coreaban: "tu conciencia vale más que un traguito y un tamal".
Pero la encrucijada del pueblo colombiano es mucho más profunda que la pelea entre la vieja y la nueva política, entre el populismo y la institucionalidad. En Colombia, mano a mano, están midiéndose la seguridad versus la libertad.
"Hay que garantizar la continuidad del Plan de Seguridad Democrática", repite y repite Santos. Y cada vez que lo hace, parece abrir una ventana que tiene vista al sicariato y a los secuestros diarios y a las rutas tomadas por los retenes de las guerrillas. Santos se presenta como el garante de esa seguridad que comenzó a recuperarse durante el "uribato". Y el propio Uribe pidió que se elija bien a la "gallina" que debe incubar los "huevitos de la Seguridad Democrática", porque si se escoge la equivocada no van a dar "pollitos". Seguridad que no es poco, aunque el Gobierno acumule montañas de denuncias de corrupción y no respete las instituciones, lo que sí es mucho.
Mockus, enfrente, propone -en estos términos- una presidencia sometida a la Constitución, una Colombia que viva en la modernidad y la legalidad, un gobierno de ciudadanos, un país de habitantes libres. Y cada vez que lo hace, parece abrir una ventana que tiene vista al futuro.
Los colombianos, y la humanidad en general, no pueden aspirar simultáneamente a la seguridad y a la libertad, salvo en el plano de las utopías. Aunque la Real Academia Española no los consigne como antónimos, la realidad los consagra antagonistas. Cuanto más seguridad, menos libertad; y la pérfida viceversa. Frente a esos dos paradigmas, sólo queda el ejercicio de la elección. Los colombianos empezaron ayer. Todavía les queda una vuelta más. (Especial para LA GACETA desde Cartagena de Indias)
Enfrente está Antenas Mockus, filósofo y matemático, ex rector de la Universidad Nacional y dos veces alcalde de Bogotá, con perfil de personaje. Dentro de la amurallada capital del departamento Bolívar, su base de operaciones es un reducido local comercial, donde este diario presenció el jueves el regateo de presupuestos para alquilar un auto para que las autoridades locales del Partido Verde recorrieran los centros de votación a modo de fiscales generales.
En los discursos se plantea un segundo escenario. Cara a cara, la segunda vuelta electoral va a enfrentar al populismo versus la institucionalizad. En el debate del 25 de mayo, Santos aseveró que gracias al actual Gobierno, en región serrana de La macanea, "dominada durante 40 años por los narcos", ahora le llegaban los créditos, la educación, la salud y los subsidios del Estado para los campesinos. Pidió el voto, entonces, para mantener la lucha contra la delincuencia y la asistencia a los desplazados de Colombia.
Cuando le llegó el turno, Mockus hizo una advertencia señera: aunque es más barato darle la batalla a las FARC con paramilitares, a esa batalla había que darla, por más cara que fuese, dentro de la Ley. Recordó que, unos pocos funcionarios y muchísimos hacendados alentaron y financiaron que grupos armados por fuera del Estado enfrentaran a las guerrillas. En cambio, y aunque eso no le gustara a muchos, él impulsaba el aumento de impuestos para que sea Colombia la que dé esa lucha.
Esas posturas distanciadas, esos discursos encontrados y esas desiguales estructuras desiguales se tradujeron en la cruda realidad. Colombia se acostó a dormir el sábado soñando con una hidalga bipolaridad y la tarde del domingo la espabiló con una baldazo de estadísticas.
Las encuestas, contundentes perdedoras de esta batalla, decían que Santos y Mockus terminarían estadísticamente empatados. A las 18.30 de Colombia, y escrutado el 99% de las mesas, se supo que el Gobierno obtuvo 6,7 millones de votos, contra los 3,1 millones de su principal crítico.
El 46% de los votos convierte a Santos en virtual ganador, pero la Constitución no da lugar a que no haya segunda vuelta y Mockus aseguró que no va defraudar al 22% que lo respaldó. "Logramos lo que hace unas semanas parecía imposible: pasamos a segunda vuelta porque la ola verde puede más que la corrupción y la violencia. No se vale todo. Sí se pudo", arengó a sus seguidores, que coreaban: "tu conciencia vale más que un traguito y un tamal".
Pero la encrucijada del pueblo colombiano es mucho más profunda que la pelea entre la vieja y la nueva política, entre el populismo y la institucionalidad. En Colombia, mano a mano, están midiéndose la seguridad versus la libertad.
"Hay que garantizar la continuidad del Plan de Seguridad Democrática", repite y repite Santos. Y cada vez que lo hace, parece abrir una ventana que tiene vista al sicariato y a los secuestros diarios y a las rutas tomadas por los retenes de las guerrillas. Santos se presenta como el garante de esa seguridad que comenzó a recuperarse durante el "uribato". Y el propio Uribe pidió que se elija bien a la "gallina" que debe incubar los "huevitos de la Seguridad Democrática", porque si se escoge la equivocada no van a dar "pollitos". Seguridad que no es poco, aunque el Gobierno acumule montañas de denuncias de corrupción y no respete las instituciones, lo que sí es mucho.
Mockus, enfrente, propone -en estos términos- una presidencia sometida a la Constitución, una Colombia que viva en la modernidad y la legalidad, un gobierno de ciudadanos, un país de habitantes libres. Y cada vez que lo hace, parece abrir una ventana que tiene vista al futuro.
Los colombianos, y la humanidad en general, no pueden aspirar simultáneamente a la seguridad y a la libertad, salvo en el plano de las utopías. Aunque la Real Academia Española no los consigne como antónimos, la realidad los consagra antagonistas. Cuanto más seguridad, menos libertad; y la pérfida viceversa. Frente a esos dos paradigmas, sólo queda el ejercicio de la elección. Los colombianos empezaron ayer. Todavía les queda una vuelta más. (Especial para LA GACETA desde Cartagena de Indias)







