Tantos silencios pueden entrar en seis cuerdas... Las piezas iniciales de Cole Porter, Jerome Kern y Harold Arlen (Over the Rainbow) dibujan un soliloquio hermético, anticipando que lo que vendrá no será nada convencional. Cuando la espiga dorada con rostro somnoliento abraza la eléctrica tipo "caño recortado" (no tiene el clavijero tradicional), comienzan a deslizarse pensamientos musicales.
Da la impresión de que el guitarrista está rastreando en el encordado las pulsaciones de su corazón para luego compartirlas. No hay prisa ni demasiado ritmo. La lluviosa noche del viernes se va templando en la sala del Museo de la Universidad Nacional de Tucumán con los arrullos del estadounidense que sueña en Oregon.
La sonrisa habita su palidez y extrema delgadez cuando anuncia cada tema. Se entrevera en un abrazo con el tucumano Julio González Goytía (guitarra eléctrica), el jujeño Emilio Pasquini (contrabajo eléctrónico) y Germán Siman (batería) y desembarcan en la bossa Inutil Paissagem, de Antonio Carlos Jobim. El sonido aterciopelado de la guitarra "trunca" se impregna de aromas cariocas, mientras el contrabajo desnuda una improvisación. United, de Wayne Shorter, sorprende al tucumano en un imaginativo solo para dar lugar a una charla entre guitarra solista y batería. Tras una pieza de Billy Strayhorn, en la que el cálido sonido del estadounidense se hermana con el solo tucumano, los graves jujeños y las escobillas cordobesas, llega Brigas nunca mais, de Jobim, donde la ágil digitación arropa con caricias un alma brasileña. Todos se lucen.
Nardis, un clásico de Miles Davis, se menea en las cuatro cuerdas del contrabajo y en la batería que encara un tempo rápido aguardando el punteo de la guitarra.
A esa altura, el crédito de Oregon ya ha dado muestras suficientes de por qué es considerado un destacado músico del jazz. Con Caminhos Cruzados, de Jobim, y un intrincado Recife, el cuarteto llega a buen puerto al final.
John Stowell está contento. El público también. Manhâ de Carnaval, de Luis Bonfa, logra que la poesía salpique gentilmente la sensibilidad de los oyentes de la mano de un guitarrista que entrega su arte con talento y sin estridencias.
Da la impresión de que el guitarrista está rastreando en el encordado las pulsaciones de su corazón para luego compartirlas. No hay prisa ni demasiado ritmo. La lluviosa noche del viernes se va templando en la sala del Museo de la Universidad Nacional de Tucumán con los arrullos del estadounidense que sueña en Oregon.
La sonrisa habita su palidez y extrema delgadez cuando anuncia cada tema. Se entrevera en un abrazo con el tucumano Julio González Goytía (guitarra eléctrica), el jujeño Emilio Pasquini (contrabajo eléctrónico) y Germán Siman (batería) y desembarcan en la bossa Inutil Paissagem, de Antonio Carlos Jobim. El sonido aterciopelado de la guitarra "trunca" se impregna de aromas cariocas, mientras el contrabajo desnuda una improvisación. United, de Wayne Shorter, sorprende al tucumano en un imaginativo solo para dar lugar a una charla entre guitarra solista y batería. Tras una pieza de Billy Strayhorn, en la que el cálido sonido del estadounidense se hermana con el solo tucumano, los graves jujeños y las escobillas cordobesas, llega Brigas nunca mais, de Jobim, donde la ágil digitación arropa con caricias un alma brasileña. Todos se lucen.
Nardis, un clásico de Miles Davis, se menea en las cuatro cuerdas del contrabajo y en la batería que encara un tempo rápido aguardando el punteo de la guitarra.
A esa altura, el crédito de Oregon ya ha dado muestras suficientes de por qué es considerado un destacado músico del jazz. Con Caminhos Cruzados, de Jobim, y un intrincado Recife, el cuarteto llega a buen puerto al final.
John Stowell está contento. El público también. Manhâ de Carnaval, de Luis Bonfa, logra que la poesía salpique gentilmente la sensibilidad de los oyentes de la mano de un guitarrista que entrega su arte con talento y sin estridencias.









