CORDOBA (Por Federico Abel especial para LA GACETA).- La vida de Marcelo Brito parece atravesada por los contrastes. Cuando habla su tonada es indudablemente cordobesa, pero no lo es del todo: ciertas expresiones denotan sus inconfundibles -y visibles- orígenes norteños. Aunque hijo de una tucumana, él es salteño (de Orán), y cursó la primaria y el secundario en Jujuy.
Al mismo tiempo, pese al humilde hogar del que surgió (su papá era un mecánico tornero que trabaja en ingenios del NOA y su mamá hacía comida para vender, como empanadas, humitas, tamales y locro), desde muy joven, cuando empezó a estudiar derecho en la Universidad Nacional de Córdoba, se codeó con personalidades, como José Severo Caballero (ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación designado por Raúl Alfonsín). Tal vez eso explica por qué, sin salir del interior, sus servicios profesionales como penalista son o fueron requeridos por funcionarios, como el secretario de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime, o por ex jueces federales, como Federico Faggionato Márquez o Felipe Terán, que residen en la Capital Federal o en Tucumán, por ejemplo. La defensa de personajes polémicos o cuestionados parece ser su especialidad.
Brito tiene un estudio en un edificio ubicado estratégicamente frente al Palacio de Tribunales cordobés. Durante la entrevista con LA GACETA, Tucumán sobrevuela la charla: por las constantes alusiones a su madre; a la maestra Ernestina Estábile -siempre la menciona con cariño-, que en El Piquete (Jujuy) sugirió que al entonces alumno Brito lo inscribieran en un colegio religioso de la capital de esa provincia, y por el hecho de que, cuando terminó el secundario, no sabía si estudiar abogacía en Tucumán o en Córdoba, donde finalmente lo hizo. "En esto influyó mucho el hecho de que la camada de los compañeros de Jorge Cafrune, con quienes tocábamos juntos en los festivales folclóricos del colegio (jujeño) Del Salvador, que habían egresado dos años antes que yo, en 1958, vinieron a Córdoba y me alentaron a que lo hiciera. Aún recuerdo cuando el 27 de enero de 1960 llegué con una valija, en la que traía poca ropa pero muchos sueños. Mientras caminaba desde la vieja Terminal de Omnibus hacia la parada donde tomaría el colectivo que me llevaría a mi primera pensión, pasé por la casa de Trejo (como llaman en Córdoba a la sede del rectorado de la universidad nacional)", recuerda.
La vida profesional de Brito pudo haber estado marcada definitivamente por la carrera judicial porque en 1963, cuando a Caballero lo designaron vocal del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, llevó a quien había sido su alumno de Derecho Penal I y II a la secretaría (penal) de dicho cuerpo, donde Brito comenzó como escribiente ad honorem y ascendió hasta secretario relator. "El primero en materia penal", se jacta con orgullo, y agrega que también fue fiscal de Cámara en lo Criminal y estuvo a punto de ser camarista. Pero declinó en la convicción de que su apasionamiento -lo que se advierte cuando habla y enfatiza cada palabra y fecha, que rememora con minuciosidad- no reunía las características que, a su entender, debe lucir un magistrado. "Antes que el saber científico, el juez debe tener ciertas características de personalidad, entre ellas determinados valores, que van a marcar y a diferenciar al bueno del mal juez. No sólo la probidad, sino fundamentalmente aquello que hace a lo emocional, porque nunca puede ser un buen juez un hombre apasionado, temperamental. El debe ser el modelo de la prudencia, del equilibrio y de la mesura. En esto recuerdo al gran maestro del Derecho Penal, al pontífice, al italiano Francesco Carrara, que, cuando se discutía si el mejor sistema de enjuiciamiento era el que consagraba la oralidad o el que se basaba en la escritura, decía: ?dadme buenos jueces y yo os regalo la oralidad?", recita con tono grandilocuente.
Contra los inquisidores
La prueba de su apasionamiento es cuánto lo irritan movimientos como el que encabezó Juan Carlos Blumberg, años atrás, para lograr el endurecimiento legislativo de ciertas penas. "Cuando se introducen parches en el sistema, se crean verdaderos jeroglíficos jurídicos, que no sirven para nada. El ejemplo acabado es que nadie me ha demostrado que, a partir de la reforma penal, con la sanción de penas que se elevan por encima de los 25 años (de cárcel), se haya logrado disminuir la delincuencia", esgrime.
Brito está convencido de que "la mano dura" sólo termina estigmatizando a ciertas clases sociales, dado que "los más necesitados son los que, en su inmensa mayoría, ingresan al sistema penal, mientras que los delitos de cuello blanco, los hechos de corrupción, representan un porcentaje minúsculo". Por eso vuelve a recordar de memoria a Carrara, de quien siempre toma prestado una cita. "La insensata idea de que el derecho punitivo debe extirpar los delitos de la tierra conduce a la iniquidad, a la idolatría del terror, y al pueblo, a la fe en el verdugo", repite.
Por eso, el abogado de 67 años insiste en que los planes de contención social, en especial destinados a niños y jóvenes, deben basarse en la educación. "Yo nací en un lugar inmensamente pobre. Los primeros años de mi vida, durante buena parte del día, andaba, como decíamos en el norte, ?pata-pila? (sic). Para mí era un privilegio ponerme durante la tarde un par de alpargatas, ya que las zapatillas Pampero estaban reservadas sólo para los cumpleaños. Yo conocía esa fantasía de ser delincuente o ser policía. El hecho de haberme instruido en un colegio con una orientación religiosa es obvio que internalizó (sic) en mí determinados valores, que rigen la conducta de las personas en el terreno social. Pero, durante mis años como abogado penalista, no conocí a ninguna persona que, reprimida por el sistema o sometida a él, me manifestara: ?antes de realizar el acto ilícito, me detuve a pensar cuál era la sanción prevista por el código?. Descreo de que la solución a los problemas de la vida en sociedad pasen por el Código Penal. A esto sólo lo buscan los estados totalitarios o los legisladores que, con sus reacciones espasmódicas, únicamente quieren quedar bien con un determinado sector social", remata.
Al mismo tiempo, pese al humilde hogar del que surgió (su papá era un mecánico tornero que trabaja en ingenios del NOA y su mamá hacía comida para vender, como empanadas, humitas, tamales y locro), desde muy joven, cuando empezó a estudiar derecho en la Universidad Nacional de Córdoba, se codeó con personalidades, como José Severo Caballero (ministro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación designado por Raúl Alfonsín). Tal vez eso explica por qué, sin salir del interior, sus servicios profesionales como penalista son o fueron requeridos por funcionarios, como el secretario de Transporte de la Nación, Ricardo Jaime, o por ex jueces federales, como Federico Faggionato Márquez o Felipe Terán, que residen en la Capital Federal o en Tucumán, por ejemplo. La defensa de personajes polémicos o cuestionados parece ser su especialidad.
Brito tiene un estudio en un edificio ubicado estratégicamente frente al Palacio de Tribunales cordobés. Durante la entrevista con LA GACETA, Tucumán sobrevuela la charla: por las constantes alusiones a su madre; a la maestra Ernestina Estábile -siempre la menciona con cariño-, que en El Piquete (Jujuy) sugirió que al entonces alumno Brito lo inscribieran en un colegio religioso de la capital de esa provincia, y por el hecho de que, cuando terminó el secundario, no sabía si estudiar abogacía en Tucumán o en Córdoba, donde finalmente lo hizo. "En esto influyó mucho el hecho de que la camada de los compañeros de Jorge Cafrune, con quienes tocábamos juntos en los festivales folclóricos del colegio (jujeño) Del Salvador, que habían egresado dos años antes que yo, en 1958, vinieron a Córdoba y me alentaron a que lo hiciera. Aún recuerdo cuando el 27 de enero de 1960 llegué con una valija, en la que traía poca ropa pero muchos sueños. Mientras caminaba desde la vieja Terminal de Omnibus hacia la parada donde tomaría el colectivo que me llevaría a mi primera pensión, pasé por la casa de Trejo (como llaman en Córdoba a la sede del rectorado de la universidad nacional)", recuerda.
La vida profesional de Brito pudo haber estado marcada definitivamente por la carrera judicial porque en 1963, cuando a Caballero lo designaron vocal del Tribunal Superior de Justicia de Córdoba, llevó a quien había sido su alumno de Derecho Penal I y II a la secretaría (penal) de dicho cuerpo, donde Brito comenzó como escribiente ad honorem y ascendió hasta secretario relator. "El primero en materia penal", se jacta con orgullo, y agrega que también fue fiscal de Cámara en lo Criminal y estuvo a punto de ser camarista. Pero declinó en la convicción de que su apasionamiento -lo que se advierte cuando habla y enfatiza cada palabra y fecha, que rememora con minuciosidad- no reunía las características que, a su entender, debe lucir un magistrado. "Antes que el saber científico, el juez debe tener ciertas características de personalidad, entre ellas determinados valores, que van a marcar y a diferenciar al bueno del mal juez. No sólo la probidad, sino fundamentalmente aquello que hace a lo emocional, porque nunca puede ser un buen juez un hombre apasionado, temperamental. El debe ser el modelo de la prudencia, del equilibrio y de la mesura. En esto recuerdo al gran maestro del Derecho Penal, al pontífice, al italiano Francesco Carrara, que, cuando se discutía si el mejor sistema de enjuiciamiento era el que consagraba la oralidad o el que se basaba en la escritura, decía: ?dadme buenos jueces y yo os regalo la oralidad?", recita con tono grandilocuente.
Contra los inquisidores
La prueba de su apasionamiento es cuánto lo irritan movimientos como el que encabezó Juan Carlos Blumberg, años atrás, para lograr el endurecimiento legislativo de ciertas penas. "Cuando se introducen parches en el sistema, se crean verdaderos jeroglíficos jurídicos, que no sirven para nada. El ejemplo acabado es que nadie me ha demostrado que, a partir de la reforma penal, con la sanción de penas que se elevan por encima de los 25 años (de cárcel), se haya logrado disminuir la delincuencia", esgrime.
Brito está convencido de que "la mano dura" sólo termina estigmatizando a ciertas clases sociales, dado que "los más necesitados son los que, en su inmensa mayoría, ingresan al sistema penal, mientras que los delitos de cuello blanco, los hechos de corrupción, representan un porcentaje minúsculo". Por eso vuelve a recordar de memoria a Carrara, de quien siempre toma prestado una cita. "La insensata idea de que el derecho punitivo debe extirpar los delitos de la tierra conduce a la iniquidad, a la idolatría del terror, y al pueblo, a la fe en el verdugo", repite.
Por eso, el abogado de 67 años insiste en que los planes de contención social, en especial destinados a niños y jóvenes, deben basarse en la educación. "Yo nací en un lugar inmensamente pobre. Los primeros años de mi vida, durante buena parte del día, andaba, como decíamos en el norte, ?pata-pila? (sic). Para mí era un privilegio ponerme durante la tarde un par de alpargatas, ya que las zapatillas Pampero estaban reservadas sólo para los cumpleaños. Yo conocía esa fantasía de ser delincuente o ser policía. El hecho de haberme instruido en un colegio con una orientación religiosa es obvio que internalizó (sic) en mí determinados valores, que rigen la conducta de las personas en el terreno social. Pero, durante mis años como abogado penalista, no conocí a ninguna persona que, reprimida por el sistema o sometida a él, me manifestara: ?antes de realizar el acto ilícito, me detuve a pensar cuál era la sanción prevista por el código?. Descreo de que la solución a los problemas de la vida en sociedad pasen por el Código Penal. A esto sólo lo buscan los estados totalitarios o los legisladores que, con sus reacciones espasmódicas, únicamente quieren quedar bien con un determinado sector social", remata.
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