Malvinas: ocho miradas sobre un asunto inconcluso

Dos militares que se enfrentaron en la batalla más cruenta de la guerra, un analista político, un escritor, una especialista en relaciones internacionales, un historiador, un periodista que estuvo en las islas y uno de los primeros argentinos en desembarcar reflexionan sobre el conflicto armado de 1982, la reciente crisis diplomática entre Inglaterra y la Argentina, los errores estratégicos, las heridas, la memoria, el olvido y las dificultades para procesar una cuestión que sigue abierta.

CRESTA DEL TELEGRAFO. A cuatro kilómetros de Puerto Argentino, el cañón 0024, de 105 mm., fabricado en 1968, todavía sigue de pie, como esperando a alguien. CRESTA DEL TELEGRAFO. A cuatro kilómetros de Puerto Argentino, el cañón 0024, de 105 mm., fabricado en 1968, todavía sigue de pie, como esperando a alguien.
28 Marzo 2010
En torno de las islas

Por James Neilson
Para LA GACETA - Pinamar

A diferencia de los nacionalistas europeos que suelen privilegiar las diferencias lingüísticas auténticas y las -a menudo hipotéticas- diferencias raciales entre los distintos países, sus epígonos sudamericanos están obsesionados con el ideal de la integridad territorial. No les importa tanto el valor económico de las tierras disputadas cuanto lo que simbolizan, razón por la que la Argentina y Chile casi fueron a la guerra por algunos islotes inhabitables del canal del Beagle. El que los problemas de sus países respectivos nunca tuvieran nada que ver con la escasez de espacio vital o de recursos naturales les parece un detalle que sería indigno mencionar.
Aunque las Malvinas sí poseen cierto valor económico y, es de suponer, "estratégico", la voluntad de la mayoría de los argentinos de apoderarse de ellas tiene muy poco que ver con intereses materiales. Caso contrario, les sería claramente mejor llegar a un acuerdo mutuamente provechoso con el Reino Unido para explotar el petróleo -si es que lo encuentran las empresas que están buscándolo- de lo que sería continuar agitando el tema. Pero sucede que desde el punto de vista de quienes sueñan con ver la bandera argentina flameando sobre las islas, una solución de tal tipo equivaldría a una derrota y por lo tanto sería peor que el statu quo. Lo que quieren es triunfar sobre los británicos: lo último que les interesa es la posibilidad de un empate decoroso.
Los nacionalistas no se cansan de recordarnos que detrás del conflicto hay siglos de hostilidad entre el mundo hispánico y el anglosajón, entre los beneficiados por el Tratado de Tordesillas y los excluidos por la voluntad pontificia del reparto del hemisferio occidental e incluso, por parte de los más eruditos, entre los herederos de Roma y los bárbaros germánicos del Norte. También puede detectarse el deseo, compartido por otros en América latina, de figurar como víctimas del imperialismo, lo que es bastante raro ya que de no haber sido por el imperialismo no existirían ni la Argentina ni las demás repúblicas de la región. Se trata de una especie de rebelión psicológica contra el hecho de que, mal que les pese, quienes dominan buena parte de América latina sean los descendientes de colonos blancos.
Con cierta frecuencia, al gobierno de turno se le ocurre que ha llegado la hora para poner en marcha una nueva ofensiva diplomática. Es lo que acaba de hacer el de la presidenta Cristina Kirchner so pretexto de que los británicos se han propuesto explotar el petróleo que según algunos yace en las profundidades del mar que rodea el archipiélago, aunque, como muchos han señalado, en vista de la implosión del kirchnerismo la maniobra sabe a oportunismo.
Los resultados de esta, la enésima embestida, han sido ambiguos. Por un lado, el país recibió el apoyo de otros mandatarios latinoamericanos y antillanos, lo que sin duda es muy grato.
Por el otro, los británicos reaccionaron hablando de una reanudación de la guerra de 1982, algo que, por fortuna, es muy poco probable porque desde entonces la Argentina se ha desarmado. Otra consecuencia negativa para quienes preferirían ver el fin del conflicto fue que alarmó a los isleños. Si bien la "política de seducción" emprendida por el presidente Carlos Menem y el canciller Guido di Tella ha merecido el ridículo de casi todos, fue tal vez la única que, andando el tiempo, podría resolver el diferendo de forma no traumática.
Cuando es cuestión de territorio, los británicos son pragmáticos. No están dispuestos a defender con uñas y dientes todo centímetro cuadrado de sus posesiones. Se han acostumbrado a abandonarlas. En el Reino Unido, hay muchos conservadores y socialistas que aceptarían un arreglo negociado que garantizara los derechos de los isleños, pero su tesis no podrá imponerse mientras la Argentina les parezca un país nada confiable gobernado por personajes agresivos y corruptos. Es una cosa un arreglo entre amigos, otra muy distinta uno entre enemigos jurados.
Un motivo de la tenacidad británica cuando es cuestión de las islas es el desprecio indisimulado por los isleños, los "kelpers", de las elites políticas, y en menor medida culturales y económicas, todas de mentalidad urbana y proclives a desdeñar a quienes viven en el campo, de la Argentina, la que no obstante sus dimensiones insólitas es uno de los países más urbanizados del planeta. Aunque los ancestros de una proporción muy significante de los isleños llegaron a las Malvinas bien antes de que se afincaron en la Argentina aquellos de Néstor Kirchner, los Menem y muchos otros prohombres nacionales, demasiados los tratan como si fueran meros turistas, "okupas" que deberían ser desalojados cuanto antes.
Fuera de América latina, la postura argentina es vista con cierta incredulidad, ya que en Europa, Asia y, sobre todo, África, se entiende que cualquier intento de restaurar las fronteras de dos siglos atrás provocaría el caos. Por lo demás, los no europeos saben muy bien que sus nacionalistas militantes podrían esgrimir los mismos argumentos que se emplean aquí contra la presencia de los isleños en Malvinas para denunciar la posesión argentina, chilena, peruana, ecuatoriana, colombiana, venezolana y brasileña de lugares reclamados por los "pueblos originarios".  En efecto, de concretarse la tan añorada "descolonización" de las Malvinas, los activistas indígenas se sentirían tentados a redoblar sus esfuerzos por conseguir resultados similares, en base a principios idénticos, en territorios que fueron robados de sus ancestros por intrusos que no manifestaron respeto alguno por los derechos que suelen reivindicar líderes latinoamericanos cuando peroran ante asambleas internacionales.
© LA GACETA

James Neilson - Periodista y analista
político. Columnista de la revista
"Noticias", ex director del diario
"The Buenos Aires Herald".

 

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