Los brasileños no logran digerir que la protección arancelaria al azúcar en la Argentina ahora sea por ley, y que las disposiciones de esa norma sólo puedan ser removidas por otra decisión del Parlamento nacional. Es duro para ellos entender que se terminó un trabajo de años que venían sosteniendo para tratar de encontrar un funcionario del Ejecutivo argentino que sea "permeable" a lo que en Brasil llaman "los intereses del Mercosur" por sobre las realidades locales.
Vale decir que desde 1992 a la fecha, ni Menem-Cavallo, ni De la Rúa, ni el propio Duhalde se atrevieron a dejar librado a su suerte al sector azucarero nacional. En todos esos años la actividad estuvo protegida por aranceles, establecidos por decretos y resoluciones, que encarecían el producto extranjero, aunque este fuera subsidiado. Pero los brasileños nunca dejaron de intentar que los sectores de ese país y de la Argentina se integraran en el marco del Mercosur. Casi como una cuestión cíclica, cada cierto tiempo los insistentes vecinos volvían sobre la carga para tratar de que caigan los aranceles, siempre sin éxito.
Ahora se ven obligados a cambiar la estrategia. Ya no se trata de mandar al "eterno" y muy influyente José Botafogo Gonçalves, embajador de Brasil en el Mercosur, para que utilice sus artes diplomáticas en pos de voltear los decretos argentinos que favorecían al azúcar. En esta etapa, aún de desconcierto por una ley que realmente no estaba en sus previsiones, los brasileños sólo formulan expresiones histéricas y amenazas poco convincentes en repudio a la norma argentina. En las últimas semanas, desde Brasil se ocuparon de informar, en ya demasiadas oportunidades, que el Congreso de ese país estudia un par de proyectos de ley tendientes, uno, a gravar el ingreso de productos argentinos que contengan azúcar, y el otro, a bajar los aranceles al trigo extra Mercosur, con lo cual quitarían competitividad al grano argentino. Especialistas consultados por quien esto escribe consideraron difícil que prosperen estas alternativas, que directamente despedazarían lo poco que queda del bloque.
En Brasil no hay un discurso unívoco en torno del azúcar argentino. En general prima la idea de que no es posible que el productor de caña de azúcar más grande del mundo no pueda fagocitarse a un insecto que le molesta directamente en la oreja. Pero también están los que ven más allá, y buscan integrar a Brasil con los bloques comerciales del Primer Mundo. Se trata de los que denuncian ante la OMC que la Unión Europea subsidia su producción de azúcar, y buscan en esa cruzada apoyos de otros países productores, y quieren sumar a la Argentina. Para ellos, que nuestro país les refriegue en la cara un impedimento legal al ingreso de su azúcar es un mazazo en la nuca.
Más allá de las buenas y de las malas intenciones que demuestre, como país de orígenes imperiales Brasil en verdad quiere quedarse con el mercado azucarero de la Argentina. Cree que es posible tirar de un plumazo cientos de años de una industria madre que sostiene la economía de toda una región -el NOA- para introducir todo un cambio cultural en la matriz energética de un país como la Argentina, donde cada vez más se afianza el uso de gas natural comprimido como combustible, sólo para que ellos puedan darse el gusto de transformarnos en productores-consumidores de etanol para las naftas.
Hay algo que los brasileños deben tener en claro: aun cuando logren aplicar sanciones durísimas contra los productos exportables argentinos, será muy difícil que el Congreso quite la protección al azúcar. Los aranceles llegaron para quedarse, y los vecinos deberán, algún día, frenar sus impulsos expansionistas azucareros, al menos por estas tierras.
13 Abril 2003 Seguir en 
Por Fernando García Soto







