14 Marzo 2010 Seguir en 
Un intérprete de música clásica puede no ser como muchos se lo imaginan: serio, de gesto adusto y siempre formal. Es una persona con pasiones e ilusiones terrenales, como el fútbol, la familia o una mascota. Así es, al menos, Marcelo Macías, violinista de la Orquesta Sinfónica de la UNT.
LA GACETA compartió con él unas horas de su vida antes del concierto que ofreció el viernes. A las 20, cuando entró a su casa, "Beto", un Schnauzer gris, su "cuarto hijo", lo recibe con saltos y algunos ladridos.
"Estaba dando clases en el Conservatorio", explica Macías. "A la mañana ensayo con la Orquesta, almuerzo acá... En eso soy chapado a la antigua, me gusta estar en familia. Después duermo la siesta, algo que hoy se complicó porque se cortó la luz; después voy a dar clases y acá estoy", explica.
"Ya me bañé, ¿no? Lo hago antes de dar clases, porque sino me plancho", comenta entre risas, dejando en claro que no es de los que usa perfumes fuertes. Finalizado el relato de lo que ya pasó, Macías comienza con su clásico recorrido por la casa. "Lo primero que hago cuando llego es saludar a toda mi familia", explica mientras entra al cuarto de su madre, que después de darle un beso se apresura a recomendarle: "acordate de afinar el violín".
Después a Lucas, Anahí y Nachito, sus tres hijos. "A esta hora aprovecho para jugar un rato con ellos", dice mientras se sienta en la computadora con Lucas, de 12 años, que le muestra videos en YouTube. "El casi siempre me acompaña a los conciertos, ya se hizo amigo de toda la orquesta", comenta como padre orgulloso.
"Siempre me olvido de pedir que me preparen el traje. Pero por suerte Silvia (su esposa) se acuerda", dice con una nueva sonrisa, mientras va a buscar su traje. A los pocos minutos vuelve. "Lo que nunca sé donde está es el cinturón, no me lo guardan junto al traje", se queja, mientras Silvia se lo alcanza... como de costumbre. Ya vestido, sin moño y sin prenderse el último botón, se sienta a comer con la familia a las 20.35. Luego de una buena ración de sandwiches de queso y salame prueba el violín, le pasa resina a las cuerdas, lo guarda y se sube al auto. Aunque falte una hora para el concierto, él todavía tiene que hacer una parada más. "Ahora voy a ver el partido en un bar que está a media cuadra del teatro", explica el profesor, que hasta 10 minutos antes de subir al escenario se sienta con otros compañeros del grupo a mirar el partido que Atlético finalmente perdió con Godoy Cruz. El tocará tranquilo, creyendo que siguen 1 a 1, como cuando pagó el cortado y se fue a la sala. Con las ganas de ver un gol entra al teatro, saca el violín, le pide a una compañera que le ponga el moño y se pone a las órdenes del director.
LA GACETA compartió con él unas horas de su vida antes del concierto que ofreció el viernes. A las 20, cuando entró a su casa, "Beto", un Schnauzer gris, su "cuarto hijo", lo recibe con saltos y algunos ladridos.
"Estaba dando clases en el Conservatorio", explica Macías. "A la mañana ensayo con la Orquesta, almuerzo acá... En eso soy chapado a la antigua, me gusta estar en familia. Después duermo la siesta, algo que hoy se complicó porque se cortó la luz; después voy a dar clases y acá estoy", explica.
"Ya me bañé, ¿no? Lo hago antes de dar clases, porque sino me plancho", comenta entre risas, dejando en claro que no es de los que usa perfumes fuertes. Finalizado el relato de lo que ya pasó, Macías comienza con su clásico recorrido por la casa. "Lo primero que hago cuando llego es saludar a toda mi familia", explica mientras entra al cuarto de su madre, que después de darle un beso se apresura a recomendarle: "acordate de afinar el violín".
Después a Lucas, Anahí y Nachito, sus tres hijos. "A esta hora aprovecho para jugar un rato con ellos", dice mientras se sienta en la computadora con Lucas, de 12 años, que le muestra videos en YouTube. "El casi siempre me acompaña a los conciertos, ya se hizo amigo de toda la orquesta", comenta como padre orgulloso.
"Siempre me olvido de pedir que me preparen el traje. Pero por suerte Silvia (su esposa) se acuerda", dice con una nueva sonrisa, mientras va a buscar su traje. A los pocos minutos vuelve. "Lo que nunca sé donde está es el cinturón, no me lo guardan junto al traje", se queja, mientras Silvia se lo alcanza... como de costumbre. Ya vestido, sin moño y sin prenderse el último botón, se sienta a comer con la familia a las 20.35. Luego de una buena ración de sandwiches de queso y salame prueba el violín, le pasa resina a las cuerdas, lo guarda y se sube al auto. Aunque falte una hora para el concierto, él todavía tiene que hacer una parada más. "Ahora voy a ver el partido en un bar que está a media cuadra del teatro", explica el profesor, que hasta 10 minutos antes de subir al escenario se sienta con otros compañeros del grupo a mirar el partido que Atlético finalmente perdió con Godoy Cruz. El tocará tranquilo, creyendo que siguen 1 a 1, como cuando pagó el cortado y se fue a la sala. Con las ganas de ver un gol entra al teatro, saca el violín, le pide a una compañera que le ponga el moño y se pone a las órdenes del director.
NOTICIAS RELACIONADAS








