Qué emocionante es, a veces, volver la mirada hacia aquellos grandes hombres que dejaron una profunda huella en nuestra querida Tucumán. Hombres que fueron médicos con mayúscula, pero que, por sobre todas las cosas, fueron grandes seres humanos. Jesús María Amenábar fue uno de ellos. Falleció el 12 de septiembre de 2020, durante aquellos meses difíciles de la pandemia, cuando todavía no había llegado la vacunación masiva. Su partida dejó un vacío enorme entre quienes tuvimos la fortuna de conocerlo. En mi caso, además, se fue un amigo entrañable, de esos que acompañan una parte de la vida y que, aun después de partir, siguen estando presentes. Conocí de cerca a Jesús, a su familia, sus principios y, sobre todo, su bondad. Era solidario por naturaleza. Siempre estaba dispuesto a dar una mano a quien la necesitara, tanto en lo laboral como en lo médico. No hacía de la solidaridad una virtud para exhibir: simplemente la ejercía. Nuestra historia comenzó casi al mismo tiempo. De adolescentes, los dos concurrimos a la Escuela de Música de la Universidad. Él estudiaba piano; yo, guitarra. Después, como si la vida hubiera decidido unir nuestros caminos, fuimos compañeros en la Facultad de Medicina. Éramos de la misma camada y nos recibimos a comienzos de la década de 1980. Por entonces, Tucumán todavía no ofrecía las posibilidades de formación de posgrado que hoy conocemos. Como tantos médicos de aquella generación, tuvimos que viajar a Buenos Aires para hacer nuestras residencias. Jesús eligió la cirugía general y luego la cirugía oncológica. Se formó en el Hospital Ramos Mejía y en el Instituto Roffo. Yo elegí cardiología y realicé mi residencia en el Instituto de Cardiología del Hospital Pombo de la Academia Nacional de Medicina. La distancia, sin embargo, nunca consiguió alejarnos demasiado. En Buenos Aires siempre encontrábamos tiempo para vernos, comer juntos, conversar, recordar Tucumán y abrevar en nuestras raíces. Eran encuentros sencillos, pero profundamente valiosos. Y estaban sus cumpleaños. Cada 22 de agosto, Jesús abría las puertas de su departamento de Bartolomé Mitre 4483, en pleno corazón de Buenos Aires. El departamento era pequeño, pero eso nunca fue un impedimento. Invitaba a todo el mundo. Amigos, conocidos, compañeros: siempre había un lugar para uno más, incluso abarcando el palier del edificio, al lado del ascensor. Y allí aparecía otra de las facetas de Jesús: la música. Sentado frente al piano, interpretaba aquellas melodías que tanto quería. No faltaba La Pomeña, que le gustaba especialmente. Mientras él tocaba, alrededor se reunían los amigos, las conversaciones y esa pequeña patria tucumana que cada uno llevaba consigo. Jesús era así: siempre dispuesto a recibir y siempre dispuesto a dar. Es posible que la distancia y los años idealicen a los amigos. Tal vez uno recuerde con especial cariño a quienes compartieron una etapa irrepetible de la vida. Pero también es cierto que hay personas cuya dimensión humana no necesita de ninguna idealización. Jesús María Amenábar fue un médico extraordinario, un cirujano respetado y, fundamentalmente, un hombre bueno. De esos que entienden que ejercer la medicina no consiste solamente en curar enfermedades, sino también en acompañar, escuchar y tender una mano cuando alguien la necesita. Tengo su portarretrato en mi consultorio. Está allí, silencioso, acompañándome mientras ejerzo todos los días. Quizás esa sea la mejor manera de recordar a un amigo: no solamente por lo que hizo, sino por lo que dejó en quienes tuvimos la fortuna de compartir su camino. Jesús dejó mucho. Y sigue estando. Este 12 de septiembre, recordemos al gran médico con mayúscula que fue Jesús María Amenábar.
Juan L. Marcotullio







