Moderación y sensatez

La actitud de los ahorristas atrapados en el corralón es una muestra de madurez.

11 Abril 2003
La moderación que los ahorristas atrapados en el corralón han comenzado a demostrar ante la liberación de sus depósitos bloqueados en los bancos es una referencia cabal del espíritu con que la sociedad está contribuyendo a la recuperación de la confianza en el país. Ello ocurre después de un intenso desorden en nuestra vida institucional, cuyas secuelas aún perduran, donde el colapso de la seguridad jurídica provocado desde el propio Estado ocasionó la pérdida de derechos fundamentales, llevando a millones de argentinos al despojo, la desocupación y la pobreza. Puede afirmarse sin error que ningún sector de la comunidad nacional ha sido ajeno a la crisis, convertida así en el fenómeno social y económico más degradante de la República desde la Organización Nacional.
Sin embargo, al reflexionar sobre ese proceso no puede dejar de advertirse que el mismo ha dejado igualmente testimonios de que nuestra sociedad es ahora muy diferente. Especialmente en lo que concierne al espíritu democrático y solidario que le permitió ganar las calles para peticionar en tumultuosas marchas, pero sin atender las seducciones fáciles de la violencia institucional.
A la moderación de los ahorristas debe agregarse el comportamiento no menos responsable del sector laboral ocupado, para el que la rápida depreciación del salario provocada por la devaluación sin previsiones sociales, no se tradujo en comprensibles desórdenes que podrían haber exacerbado la crisis hasta un punto sin retorno. La sensación de desamparo que los argentinos han soportado en esos, como en otros casos, más que debilitar su espíritu de sociedad libre, lo ha fortalecido, pero ese positivo saldo de la crisis sólo será transitorio si no consolida en la conciencia social el sentimiento de las instituciones, en cuya debilidad halló fundamento la situación nacional.
El comportamiento reflexivo de los ahorristas no es un hecho menor, después de haber constituido ese sector uno de los más activos y con mayor presencia en las demandas públicas de respeto a los derechos individuales. Esa conducta colectiva ha superado las erróneas o intencionales instigaciones al rechazo de la realidad a que fue llevado el sistema financiero y bancario, atrapado por el default que siguió a su forzado financiamiento de la deuda fiscal.
La experiencia que representó la compulsión del corralito y las presiones de diverso tipo no han sido suficientes para impedir que la confianza retorne testimonialmente al sistema bancario, factor indispensable de la economía libre y de mercado, donde el crédito es una condición ineludible. Hay ligereza, por cierto, cuando se supone que los ahorristas vuelven a los bancos, después de poco más de un año cargado de fatídicas experiencias, atraídos tan sólo por un elevado nivel de tasas de interés y despreciando un sistema del que también son parte.
La realidad es muy diversa y por cierto que no excluye la serie de graves reparos que pueden formularse a la gestión bancaria, cuya revisión es otra deuda política pendiente que deja el Gobierno transitorio a su sucesor. La reforma financiera quedó a medio camino en la pasada década, como parte de la económica y del Estado, postergadas por el intento vano de imponer la segunda reelección presidencial.
A pesar de esa gran objeción, ese sector de la sociedad está demostrando ahora que su comportamiento está muy alejado del que muestran ciertas imágenes a su costa, además de significar otro llamado de atención a las dirigencias que compiten por el poder político, para que abandone las propuestas mágicas y se aboque a trabajar con seriedad y convicción sobre los problemas concretos del país.

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