Menos aventureros

Los que se van pueden cambiar las reglas de juego.

09 Abril 2003
Por Juan Manuel Asis

Hace años que la política se ha transformado en una salida laboral, especialmente en Tucumán, donde la crisis afecta tanto como la falta de imaginación de la clase dirigente para enfrentarla. Se perdió aquello de la vocación de servicio para la felicidad del pueblo. El propósito solidario se alteró con sentido egoísta: ahora es el medio para mejorar situaciones personales.
Seguirá así mientras no se cambien las reglas de juego para desmotivar a los que sólo piensan en sus bolsillos antes que en la sociedad. Hoy, ser político es sinónimo de persona con privilegios y prebendas irritantes, de una casta de nuevos ricos frente a los miles de pobres -más de 400.000- que hay en la provincia. Si se tiene en cuenta que un legislador, en época de vacas gordas -con dieta y gastos reservados-, cobraba en un mes lo que un empleado público en cuatro años de trabajo, se puede entender que muchos aventureros vean en la política una tabla de salvación.
A algunos los seduce verdaderamente el poder, que es el fin último de la política para mejorar las condiciones de vida. Pero están los que sólo miran las ventajas económicas. Los casos de corrupción denunciados demuestran que no son pocos los que meten la mano en la lata para engrosar sus cuentas. Pero los trajes a rayas todavía siguen bien almidonados, a nadie se los han probado.¿Cómo se hace para que la política recupere su sentido altruista y vuelva a ser la más noble de las disciplinas, como sostenía Aristóteles? Tal vez eliminando los "incentivos" que la han convertido en una oficina de empleos, o mejorando los sistemas de control administrativo y de aplicación de Justicia para atacar a la corrupción.
Para muchos, una candidatura es una inversión que se recupera con una banca. Gumersindo Parajón dijo que sabe de personas que han gastado $ 30.000 en postulaciones porque piensan recuperarlos una vez que estén en el cargo. De proyectos y de solidaridad, ni hablemos. Primero hay que salvarse.
Si se observa que la crisis sigue hundiendo a la provincia sin que aparezcan las soluciones, cabe concluir que los que manejaron el poder fracasaron en sus propósitos o bien que sólo atendieron a sus intereses. Precisamente, el descrédito de la dirigencia actual se debe a que la ciudadanía está convencida de que no piensan en los demás, sino en acomodarse y ubicar a los suyos. Basta repasar los apellidos de empleados de algunas reparticiones públicas, oficinas judiciales o entes autárquicos para darse cuenta de que los que accedieron a puestos políticos se preocuparon por usufructuar las ventajas del poder -para colocar a los suyos- antes que defender la posibilidad de los olvidados y democráticos concursos de aptitud y calificación.
Estar cerca del poder, ser dueño de un voto legislativo o jefe en alguna dependencia política es tentador, tanto como los son los gastos reservados en la Legislatura y en el Ejecutivo. Por eso en Tucumán los sublemas con aspirantes a la Cámara se contaban por centenares, al igual que el de concejales. Cómo no presentarse, si un sueldo equivalía a cuatro años laborales de un estatal. La existencia de la Ley de Lemas favoreció esas pretensiones masivas. Pero fue hecha a medida del PJ, único partido que las usufructuó, ya que siempre tuvo mayoría en todas las legislaturas.
¿Cómo eliminar los incentivos para revalorizar a la política? Una posibilidad es hacer desaparecer el gasto reservado (sus mentores tuvieron tanta vergüenza cuando lo crearon que lo ocultaron en un decreto en setiembre de 1992, que aludía a la residencia del gobernador). Otra es aplicar una escala salarial con un tope de referencia general. Una tercera es modificar la Ley de Lemas. Una cuarta, casi extremista, aplicada por el interventor de Yerba Buena, es declarar ad honorem los cargos públicos. Pero algo hay que hacer por la política. Los que se van pueden dar el primer paso. O bien pueden seguir pensando en sí mismos.

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