08 Abril 2003 Seguir en 
La muerte de un niño desnutrido volvió a golpear en el corazón de los tucumanos.
Se trata de Francisco Jesús Díaz Herrera. Tenía 11 meses. Sus padres eran obreros golondrina que recibían varios de los programas que se pergeñaron luego del estallido de muertes que dejó desnutrida la imagen no sólo del gobernador Julio Miranda sino de la provincia entera. Según datos del propio Sistema Provincial de Salud (Siprosa) el niño recibía la dotación de leche y a los padres se les entregaba una caja de alimentos y un subsidio de 180 pesos. El chiquito tenía un grado de desnutrición tres y parálisis cerebral.
A los padres -según el Siprosa- se les recomendó internarlo en el Hospital de Niños, pero ellos tuvieron que seguir su vuelo laboral y terminaron en la localidad catamarqueña de Los Altos. Cuando el chico se agravó, su madre, Nancy Herrera, fue a parar al hospital Eva Perón, de Catamarca, el 20 de marzo, y dos días después el niño murió en esa provincia.
Hay quienes podrían hablar de negligencia de los padres y estos podrán alegar su imposibilidad de criar a siete niños y la necesidad de andar deambulando por doquier para conseguir algunos pesos para comer.
No se puede afirmar que el Operativo Rescate y las tareas de contención que se encararon desde el área de Salud de la provincia no sirvieron. El chico estaba registrado, era asistido e incluso los pasantes de la Universidad Nacional de Tucumán hacían su seguimiento. Lo que también está claro es que nada de esto alcanza.
Maldita desocupación
El planteo de fondo es una pobreza que carcome a gran parte de la sociedad tucumana, que tiene una desocupación que casi llega al 24 por ciento.
Los Gobiernos nacional y provincial afrontaron el problema desde la coyuntura, pero fue un maquillaje porque todo quedó circunscripto al área salud. No hubo un trabajo conjunto, ni de las distintas áreas del Gobierno para afrontar la pobreza, ni tampoco desde otras estructuras políticas. En verdad la preocupación central fuera del área de Salud fue cuidar la imagen del gobernador y hasta del presidente Eduardo Duhalde. Hacía mucho tiempo que Tucumán no tuvo tanta convocatoria de la prensa internacional como cuando a diario se conocía la muerte de un niño más y el gobernador se refugiaba en un silencio inexplicable.
Las dádivas de siempre
Después del escándalo y del papelón que sufrió la provincia a niveles internacionales queda la sensación de que la única preocupación de los sectores políticos fue cómo atender o redirigir sus dádivas, no de cambiar un sistema colapsado que sólo daba como respuesta más niños muertos y, por lo tanto, un futuro de tristezas y dolor.
Se incrementaron los comedores escolares y las peleas de dirigentes para ver quién administraba más. También hubo reclamos por ver quién manejaba más bolsones o planes y subsidios de unos cuantos pesos que no alcanzan para nada y, menos aún, si había que coimear a operadores para recibirlos. Cuando salió el famoso censo con el listado de los casi 20.000 desnutridos que caminan por los más recónditos e insondables caminos, el CD con esos datos era el botín más preciado de quienes soñaban con ser candidatos o armar sublemas.
Apenas se lo conoció se pelearon por conseguir los nombres con las direcciones de esa gente que no tiene para darles de comer a sus niños. La información servirá para que lleguen los bolsones y surjan las visitas de los candidatos futuros, pero nunca para que lleguen las soluciones para sus vidas o un mínimo proyecto para creer que las cosas cambiarán. Por eso no es de extrañar que la muerte de niños siga siendo, por mucho tiempo, el estigma de este Gobierno y, tal vez, de los próximos.
Se trata de Francisco Jesús Díaz Herrera. Tenía 11 meses. Sus padres eran obreros golondrina que recibían varios de los programas que se pergeñaron luego del estallido de muertes que dejó desnutrida la imagen no sólo del gobernador Julio Miranda sino de la provincia entera. Según datos del propio Sistema Provincial de Salud (Siprosa) el niño recibía la dotación de leche y a los padres se les entregaba una caja de alimentos y un subsidio de 180 pesos. El chiquito tenía un grado de desnutrición tres y parálisis cerebral.
A los padres -según el Siprosa- se les recomendó internarlo en el Hospital de Niños, pero ellos tuvieron que seguir su vuelo laboral y terminaron en la localidad catamarqueña de Los Altos. Cuando el chico se agravó, su madre, Nancy Herrera, fue a parar al hospital Eva Perón, de Catamarca, el 20 de marzo, y dos días después el niño murió en esa provincia.
Hay quienes podrían hablar de negligencia de los padres y estos podrán alegar su imposibilidad de criar a siete niños y la necesidad de andar deambulando por doquier para conseguir algunos pesos para comer.
No se puede afirmar que el Operativo Rescate y las tareas de contención que se encararon desde el área de Salud de la provincia no sirvieron. El chico estaba registrado, era asistido e incluso los pasantes de la Universidad Nacional de Tucumán hacían su seguimiento. Lo que también está claro es que nada de esto alcanza.
Maldita desocupación
El planteo de fondo es una pobreza que carcome a gran parte de la sociedad tucumana, que tiene una desocupación que casi llega al 24 por ciento.
Los Gobiernos nacional y provincial afrontaron el problema desde la coyuntura, pero fue un maquillaje porque todo quedó circunscripto al área salud. No hubo un trabajo conjunto, ni de las distintas áreas del Gobierno para afrontar la pobreza, ni tampoco desde otras estructuras políticas. En verdad la preocupación central fuera del área de Salud fue cuidar la imagen del gobernador y hasta del presidente Eduardo Duhalde. Hacía mucho tiempo que Tucumán no tuvo tanta convocatoria de la prensa internacional como cuando a diario se conocía la muerte de un niño más y el gobernador se refugiaba en un silencio inexplicable.
Las dádivas de siempre
Después del escándalo y del papelón que sufrió la provincia a niveles internacionales queda la sensación de que la única preocupación de los sectores políticos fue cómo atender o redirigir sus dádivas, no de cambiar un sistema colapsado que sólo daba como respuesta más niños muertos y, por lo tanto, un futuro de tristezas y dolor.
Se incrementaron los comedores escolares y las peleas de dirigentes para ver quién administraba más. También hubo reclamos por ver quién manejaba más bolsones o planes y subsidios de unos cuantos pesos que no alcanzan para nada y, menos aún, si había que coimear a operadores para recibirlos. Cuando salió el famoso censo con el listado de los casi 20.000 desnutridos que caminan por los más recónditos e insondables caminos, el CD con esos datos era el botín más preciado de quienes soñaban con ser candidatos o armar sublemas.
Apenas se lo conoció se pelearon por conseguir los nombres con las direcciones de esa gente que no tiene para darles de comer a sus niños. La información servirá para que lleguen los bolsones y surjan las visitas de los candidatos futuros, pero nunca para que lleguen las soluciones para sus vidas o un mínimo proyecto para creer que las cosas cambiarán. Por eso no es de extrañar que la muerte de niños siga siendo, por mucho tiempo, el estigma de este Gobierno y, tal vez, de los próximos.







