En estos días de fragor informativo por las calamidades de la guerra en Irak, don Fernando Lázaro de Carreter, ex presidente de la Real Academia Española (RAE) de la Lengua, debe andar bufando por los pasillos de tan noble casa. En 1991, cuando fue la del Golfo, este erudito filólogo ya había advertido de la torpeza en que incurrían los periodistas cuando calificaban de catástrofe humanitaria las consecuencias de un crudo bombardeo sobre una indefensa población. Quienes hablan o escriben de esta forma, en lugar de transmitir el pavor que sienten las recias guardias de Saddam Hussein cuando los cazas norteamericanos sobrevuelan Bagdad, atemorizan al televidente o al lector despierto. Ocurre que humanitario es un adjetivo que sólo se aplica a lo que produce bienestar al género humano y, hasta donde se tiene noticia, no hay nada más desafortunado para nuestra especie que una guerra. Sin embargo, todos los días los noticieros españoles y argentinos -igual de eficientes en la tarea de vulgarizar la lengua castellana- lanzan esa barbaridad de catástrofe humanitaria, a toda hora. Sólo basta con tener encendido el televisor y estar atentos, para darse cuenta.
Don Lázaro no deja de espantarse por la falta de intimidad que los hispanohablantes demuestran con su propia lengua. Por la pereza de no ir a consultar el diccionario, se desconoce el verdadero significado de muchas palabras. Se puede poner el ejemplo del sustantivo -nombre como se dice ahora- catástrofe. La primera acepción que da la RAE a esta palabra es: "suceso infausto que altera gravemente el orden regular de las cosas". Por ende, no se equivocan quienes califican de catástrofe humana (no humanitaria, claro) la muerte de 19 niños por desnutrición. Sin embargo, los asesores lingüísticos del gobernador Julio Miranda, a juzgar por el discurso con el que el martes pasado el mandatario abrió el 98º período ordinario de sesiones legislativas, consideran que la desnutrición es sólo un flagelo (aflicción, calamidad, según la RAE), eso sí, de larga data, pero no una catástrofe. En teoría, el discurso que el titular del Poder Ejecutivo debe dar todos los 1 de abril en la Legislatura es una rendición de cuentas de lo que sucedió en su gestión el año anterior y de lo que proyecta para el período en curso. La muerte de los chicos famélicos ocupó la carilla número 11 de un mensaje de 12 carillas. De este flagelo, por otra parte, se responsabilizó al Gobierno nacional (pero claro, al anterior, al de Fernando de la Rúa), por no haber escuchado las advertencias de la provincia y por haber eliminado la casi totalidad de los programas sociales en 2001.
Si para el Gobierno la muerte por desnutrición no es una tragedia o una catástrofe, sino un flagelo que padece Tucumán entre otras provincias (a las que, por cierto, no se les murieron 19 pequeños), es lógico que en el discurso no haya habido una gran lamentación y mucho menos un sentido acto de contrición. He allí la razón por lo que, al pasar, Miranda sólo deslizó que "seguramente hubo algunos errores en algunos niveles de gestión y falta de recursos" (textual), pero, a su entender, nunca hubo "ausencia de compromiso".
Las cosas comenzarán a enderezarse en la lengua -dice Lázaro Carreter- cuando quienes hablan recuerden que la divina retórica nació en los foros de la Justicia y de la política, justamente para llamar a las cosas por su nombre. Luego vinieron los sofistas, los amigos de enredar con argumentos artificiosos. Por suerte, aún está ahí, al alcance de todos, el diccionario de la RAE para recordarnos cómo deben usarse las palabras. Según el escritor Alfonso Ussía, los dramas de los niños son, en ocasiones, tragedias calladas. Cuando esto sucede hay una catástrofe en puerta.
06 Abril 2003 Seguir en 
Por Federico Abel







