06 Abril 2003 Seguir en 
Las expresiones populares suelen reflejar a menudo la idiosincrasia de los pueblos. "Mirar para otro lado"; "no me meto, no es mi problema"; "¿Y a mí, qué?"; "por algo será"; "¿y yo, qué puedo hacer?"; "hacete el tonto"; "¿yo?, argentino"; "yo me borré" muestran de algún modo la extraña capacidad de los argentinos para eludir sus responsabilidades sociales y cívicas. Esta actitud escapista, de huida permanente, pone en evidencia la falta de compromiso, y ello nos conduce a una ausencia de participación en los problemas que afectan a una comunidad, es decir a todos quienes viven en ella. Seguramente, esta posición de indiferencia, de pasividad frente a la realidad que nos rodea tiene diversas causas, tales como el exacerbado individualismo de este mundo globalizado, que promueve como objetivos el éxito "a toda costa" ("caiga quien caiga"); ocupar espacios de poder por el poder mismo o el materialismo, que derivan con frecuencia en prácticas deshumanizadas. Pero también puede considerarse como una de sus causas principales al miedo. Este recelo o aprensión que una persona tiene de que le suceda una cosa contraria a la que desea, hizo estragos en la idiosincrasia de los argentinos durante la última dictadura militar, donde el "por algo será" o el "no te metás" parecen haberse incorporado desde entonces a nuestro inconsciente. Y como se sabe, el miedo paraliza. Los tucumanos asistimos cotidianamente a una realidad de ribetes dramáticos que atormentaría a cualquier otra comunidad y la obligaría a encontrar soluciones inmediatas y a ponerlas en práctica. Por ejemplo, sabemos que hay centenares de comprovincianos que buscan su sustento en los basurales -como el de Los Vázquez-; que los niños mueren por desnutrición; que cada vez hay más chicos que van sólo a la escuela para poder comer una vez al día; que existen muchos barrios que carecen de cloacas y de agua potable; que las villas miseria se incrementan. También sabemos que el sistema educativo está destruido desde hace años y que el índice de analfabetismo es alarmante; que 48.000 estudiantes secundarios debieron rendir en marzo y que desaprobaron más de 10.000; que el sistema de salud hace agua por todos lados desde hace tiempo; que la desbordada planta de la administración pública provincial y municipal posee un índice importante de "ñoquis".
Asistimos diariamente al caos en que se ha convertido la provincia y en especial, San Miguel de Tucumán: corrupción en todos los ámbitos; ilegalidad en el transporte público; la inseguridad constante; pequeños delincuentes drogadictos y ausencia de organismos estatales que los contengan y los recuperen para la sociedad; calles destruidas, veredas rotas, suciedad y basura por todas partes, transgresiones constantes en materia de tránsito...
Da la impresión de que estos problemas son, en general, ajenos a una buena parte de los tucumanos, como si esta penosa y lacerante realidad transcurriera en otro lugar del mundo y, por lo tanto, el ciudadano no tuviese ninguna responsabilidad. Se ha producido un acostumbramiento: hay una queja constante y silenciosa, pero no se impulsan propuestas y acciones concretas para salir de esta postración en que nos hallamos.
Esta falta de compromiso y participación en la cosa pública es una de las causas principales de que no se genere ningún cambio en Tucumán y que desde hace dos décadas sean las mismas figuras las que aspiran a gobernarnos, cuando ya han dado sobradas muestras de su inoperancia, en la mayoría de los casos.
Pareciera ser la nuestra una sociedad enferma de silencio. Sin compromiso ni participación activa, no podremos domar el miedo y salir del silencio colectivo. No habrá cambios y repetiremos históricos errores. "Le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí. Que no se quede callado quien quiera vivir feliz", decía don Atahualpa Yupanqui.
Asistimos diariamente al caos en que se ha convertido la provincia y en especial, San Miguel de Tucumán: corrupción en todos los ámbitos; ilegalidad en el transporte público; la inseguridad constante; pequeños delincuentes drogadictos y ausencia de organismos estatales que los contengan y los recuperen para la sociedad; calles destruidas, veredas rotas, suciedad y basura por todas partes, transgresiones constantes en materia de tránsito...
Da la impresión de que estos problemas son, en general, ajenos a una buena parte de los tucumanos, como si esta penosa y lacerante realidad transcurriera en otro lugar del mundo y, por lo tanto, el ciudadano no tuviese ninguna responsabilidad. Se ha producido un acostumbramiento: hay una queja constante y silenciosa, pero no se impulsan propuestas y acciones concretas para salir de esta postración en que nos hallamos.
Esta falta de compromiso y participación en la cosa pública es una de las causas principales de que no se genere ningún cambio en Tucumán y que desde hace dos décadas sean las mismas figuras las que aspiran a gobernarnos, cuando ya han dado sobradas muestras de su inoperancia, en la mayoría de los casos.
Pareciera ser la nuestra una sociedad enferma de silencio. Sin compromiso ni participación activa, no podremos domar el miedo y salir del silencio colectivo. No habrá cambios y repetiremos históricos errores. "Le tengo rabia al silencio por lo mucho que perdí. Que no se quede callado quien quiera vivir feliz", decía don Atahualpa Yupanqui.







