08 Febrero 2010 Seguir en 
BUENOS AIRES.- Néstor Kirchner no es un diputado más. Mal que le pese a la democracia y a la investidura de Cristina, lo cierto es que su esposo es parte esencial del Gobierno, una especie de astro alrededor de quien giran todas las estrategias y las decisiones clave. La gravedad del cuadro médico le ha llegado justo al ex presidente, en momentos en que su tozudez de político acostumbrado a hacer siempre lo que él quiere se ha chocado con la opinión pública, tras un romance que duró casi un lustro, su mandato, los mismos en que su billetera mató a todos los galanes de la política.
Las múltiples piedras que él mismo echó a rodar contra la ladera (pelea con el campo, manotazo a los fondos de las AFJP, pobreza de su programa económico, falseamiento de las estadísticas del Indec, guerra contra los medios que no piensan como él, etc.), muchas de ellas a favor de ’emperramientos’ más personales que ideológicos, lo hicieron tambalear, hasta que la ciudadanía lo castigó el 28 de junio. Su carácter irascible y sus modos de perdedor ’mañero’ hicieron que Kirchner nunca pudiera digerir aquella noche fatídica, cuando un recién llegado a la política lo ubicó en la segunda posición en la provincia de Buenos Aires. El FPV sacó apenas tres de cada diez votos en todo el país y se llevó palizas fenomenales, en Córdoba, Santa Fe, Capital Federal y Santa Cruz.
Si bien se mantuvo un tiempo dudando sobre su futuro, Kirchner puso ’toda la carne en el asador’ para dar todas las batallas que él consideraba lo podían volver a poner en el centro público. Las encuestas le asignan una imagen negativa de improbable retroceso. Con el criterio de volver a repetir los años dorados de su gestión, Kirchner siempre creyó que si había plata en la calle, iban a volver el crecimiento y los votos, más allá de sus ’pifiadas’ personales, como la evolución del patrimonio que se supo construir junto a su esposa y la última compra de dólares que representa una odiosa fuga de capitales. Siempre repitió que el dinero asegura el poder y que la ambición es inherente a los políticos, de allí su guerra contra todo lo que se le oponga, jugando al límite.
Sin embargo, el peor de los disgustos que tuvo Kirchner es que se destapó lo que tanto cuidó y le dio fama de buen administrador: el superávit fiscal ya no existe más y se ha convertido en déficit de caja. Por eso, una vez utilizados todas los recovecos posibles, el ex presidente inició el asalto al Banco Central para que con las reservas en su poder nadie pudiera resistirse. Y en eso estaba, trabajando día y noche, cuando la acumulación de estrés le jugó esta mala pasada que hace retroceder al Gobierno varios casilleros. Ya nada será igual, de ahora en más, en el gobierno de Cristina Fernández. (DyN)
Las múltiples piedras que él mismo echó a rodar contra la ladera (pelea con el campo, manotazo a los fondos de las AFJP, pobreza de su programa económico, falseamiento de las estadísticas del Indec, guerra contra los medios que no piensan como él, etc.), muchas de ellas a favor de ’emperramientos’ más personales que ideológicos, lo hicieron tambalear, hasta que la ciudadanía lo castigó el 28 de junio. Su carácter irascible y sus modos de perdedor ’mañero’ hicieron que Kirchner nunca pudiera digerir aquella noche fatídica, cuando un recién llegado a la política lo ubicó en la segunda posición en la provincia de Buenos Aires. El FPV sacó apenas tres de cada diez votos en todo el país y se llevó palizas fenomenales, en Córdoba, Santa Fe, Capital Federal y Santa Cruz.
Si bien se mantuvo un tiempo dudando sobre su futuro, Kirchner puso ’toda la carne en el asador’ para dar todas las batallas que él consideraba lo podían volver a poner en el centro público. Las encuestas le asignan una imagen negativa de improbable retroceso. Con el criterio de volver a repetir los años dorados de su gestión, Kirchner siempre creyó que si había plata en la calle, iban a volver el crecimiento y los votos, más allá de sus ’pifiadas’ personales, como la evolución del patrimonio que se supo construir junto a su esposa y la última compra de dólares que representa una odiosa fuga de capitales. Siempre repitió que el dinero asegura el poder y que la ambición es inherente a los políticos, de allí su guerra contra todo lo que se le oponga, jugando al límite.
Sin embargo, el peor de los disgustos que tuvo Kirchner es que se destapó lo que tanto cuidó y le dio fama de buen administrador: el superávit fiscal ya no existe más y se ha convertido en déficit de caja. Por eso, una vez utilizados todas los recovecos posibles, el ex presidente inició el asalto al Banco Central para que con las reservas en su poder nadie pudiera resistirse. Y en eso estaba, trabajando día y noche, cuando la acumulación de estrés le jugó esta mala pasada que hace retroceder al Gobierno varios casilleros. Ya nada será igual, de ahora en más, en el gobierno de Cristina Fernández. (DyN)










