05 Abril 2003 Seguir en 
En los años 80, un diario nacional publicó una serie de notas sobre la ignorancia de los estudiantes secundarios y las tituló "Burrolandia". La reunión de respuestas fallidas sobre temas de cultura general, en esa época, sonaba graciosa y llamaba la atención acerca de algo singular, no generalizado. Ese efecto lograban en los 70 los compendios de burradas estudiantiles como "Qué porquería es el glóbulo" (de Luis Firpo), que mostraban una contracara chistosa de los ciclos de preguntas y respuestas sobre cultura general.
Hoy la situación es distinta. Los programas de preguntas y respuestas casi han quedado en el olvido. Los estudiantes secundarios que están envueltos en la crisis educativa no tienen problemas en admitir que han perdido el hábito de estudiar, y los planteos sobre la dificultad de las preguntas en los exámenes se han trasladado a la universidad. No sólo se trata de las respuestas insólitas de los ingresantes a la Universidad de Lomas de Zamora (como "la Independencia se declaró en 1853"), sino que se podría encontrar un panorama similar en muchas casas de altos estudios (en Tucumán, hace cuatro años, se respondieron cosas como "malaria: enfermedad producida por la crisis económica" en una evaluación de ingreso).
Hoy los padres acompañan a los estudiantes en los reclamos por la dificultad de los exámenes para el ingreso (y las autoridades mantienen una indecisión alarmante, porque no son capaces de asumir directamente que practican el cupo encubierto y que hacen más difíciles los exámenes por eso) y a la vez la universidad se vuelve más laxa ante las presiones para admitir cada vez más facilismo. En Arquitectura, los estudiantes han tomado la Facultad para protestar por un nuevo régimen de correlatividades que les limita la costumbre de acumular materias sin rendir.
Todavía no se sabe quién tiene la razón en esto. Pero falta desde hace muchos años un debate, exactamente desde que se advirtió que las formas tradicionales de la educación argentina hacían agua no sólo ante la crisis económica, sino frente a una realidad distinta, globalizada, en la que -como destaca Guillermo Jaim Etcheverry- la transmisión de conocimientos y el aprendizaje han quedado relegados frente al relativismo, la espontaneidad, el juego, el vivir el momento, el menor esfuerzo. Ya no importa saber cosas; total, todo lo que uno necesite ahora lo puede conseguir por Internet, en el acto, y olvidarlo mañana.
Los chicos acusan a los profesores porque pasaron casi todo el año pasado de paros. Los maestros dicen que los padres tendrían que haberlos apoyado frente a la pauperización docente. Los padres dicen que no tienen tiempo para eso, ni plata para pagar a profesores particulares. Todos miran a las autoridades, que se escudan en la crisis económica.
La misma ministra de Educación, hoy puesta en un incómodo sitial por un pedido de juicio político ante el fracaso evidente de la política educativa del Gobierno de Julio Miranda, sólo atina a decir que todo depende de Economía, con lo que queda desvirtuado eso de que hay que invertir en educación. La economía, para nuestros gobernantes, es restringir gastos, no invertir. Así crearon esta provincia, en la que los chicos pobres apenas van a la escuela pública en busca de comida. Quienes menos entienden son las autoridades. Enfrentan siempre del mismo modo los problemas; están endurecidas para cambiar.
Muchos dirán que hay que ser más duros con los estudiantes. Pero a Burrolandia no la crearon los jóvenes, sino los adultos que vienen gobernando mal desde hace décadas; que sacaron un cero en interpretación de la realidad, y otro cero en estrategias para mejorar la sociedad en que vivimos.
Hoy la situación es distinta. Los programas de preguntas y respuestas casi han quedado en el olvido. Los estudiantes secundarios que están envueltos en la crisis educativa no tienen problemas en admitir que han perdido el hábito de estudiar, y los planteos sobre la dificultad de las preguntas en los exámenes se han trasladado a la universidad. No sólo se trata de las respuestas insólitas de los ingresantes a la Universidad de Lomas de Zamora (como "la Independencia se declaró en 1853"), sino que se podría encontrar un panorama similar en muchas casas de altos estudios (en Tucumán, hace cuatro años, se respondieron cosas como "malaria: enfermedad producida por la crisis económica" en una evaluación de ingreso).
Hoy los padres acompañan a los estudiantes en los reclamos por la dificultad de los exámenes para el ingreso (y las autoridades mantienen una indecisión alarmante, porque no son capaces de asumir directamente que practican el cupo encubierto y que hacen más difíciles los exámenes por eso) y a la vez la universidad se vuelve más laxa ante las presiones para admitir cada vez más facilismo. En Arquitectura, los estudiantes han tomado la Facultad para protestar por un nuevo régimen de correlatividades que les limita la costumbre de acumular materias sin rendir.
Todavía no se sabe quién tiene la razón en esto. Pero falta desde hace muchos años un debate, exactamente desde que se advirtió que las formas tradicionales de la educación argentina hacían agua no sólo ante la crisis económica, sino frente a una realidad distinta, globalizada, en la que -como destaca Guillermo Jaim Etcheverry- la transmisión de conocimientos y el aprendizaje han quedado relegados frente al relativismo, la espontaneidad, el juego, el vivir el momento, el menor esfuerzo. Ya no importa saber cosas; total, todo lo que uno necesite ahora lo puede conseguir por Internet, en el acto, y olvidarlo mañana.
Los chicos acusan a los profesores porque pasaron casi todo el año pasado de paros. Los maestros dicen que los padres tendrían que haberlos apoyado frente a la pauperización docente. Los padres dicen que no tienen tiempo para eso, ni plata para pagar a profesores particulares. Todos miran a las autoridades, que se escudan en la crisis económica.
La misma ministra de Educación, hoy puesta en un incómodo sitial por un pedido de juicio político ante el fracaso evidente de la política educativa del Gobierno de Julio Miranda, sólo atina a decir que todo depende de Economía, con lo que queda desvirtuado eso de que hay que invertir en educación. La economía, para nuestros gobernantes, es restringir gastos, no invertir. Así crearon esta provincia, en la que los chicos pobres apenas van a la escuela pública en busca de comida. Quienes menos entienden son las autoridades. Enfrentan siempre del mismo modo los problemas; están endurecidas para cambiar.
Muchos dirán que hay que ser más duros con los estudiantes. Pero a Burrolandia no la crearon los jóvenes, sino los adultos que vienen gobernando mal desde hace décadas; que sacaron un cero en interpretación de la realidad, y otro cero en estrategias para mejorar la sociedad en que vivimos.







