Sabiduría, virtud e instituciones

Julio Saguir - Doctor en Ciencias Políticas (Chicago) - Secretario de Planeamiento.

Por Redacción Política 17 Enero 2010
¿Qué es lo que exactamente exige una sociedad de sus políticos o funcionarios en tareas de gobierno? Según James Madison, uno de los padres fundadores estadounidenses, "el objetivo de una constitución es conseguir como gobernantes a los hombres que posean mayor sabiduría para discernir y más virtud para procurar el bien público; y en segundo lugar, tomar los recaudos más eficaces para mantener esa virtud mientras dure su misión oficial". O sea, sabiduría y virtud para gestionar el bien común mientras dure su mandato de gobierno.

¿Se exige esto más que al resto de los ciudadanos? Seguramente, porque están a cargo de los bienes públicos. Si un empresario no cumple con su palabra, miente o es un jugador empedernido, juega con su propio destino, familia y recursos. Sus actos repercuten sobre él y su vida. Si un político o funcionario lo hace, juega con los destinos, familias y recursos de todos. Sus actos tienen consecuencias sobre la vida de la sociedad. La gran distinción de Aristóteles entre gobiernos justos e injustos estaba dada por una cuestión de este tipo: gobierno justo es aquel en el que el gobernante prioriza el bien común por sobre el interés particular; el gobierno injusto hace lo contrario.

Pero también está claro que ello nos interesa "mientras dure su misión oficial". Es decir que su sabiduría y virtud nos interesan en la medida de su tarea de gobierno, no de su vida antes o después de ello.

El gran interrogante

Ahora bien, ¿cómo se ocupa una sociedad de que así sea? ¿O sea, de que se concreten tal virtud y sabiduría? Mediante aquellos "recaudos" que menciona Madison: la ley, el control institucional. Esos son los instrumentos de que dispone una sociedad para mantener al gobernante "sabio y virtuoso" mientras dure su "misión oficial".

¿Hay sociedades que son más duras que otras en relación con ciertas conductas morales de sus hombres públicos? Efectivamente lo son. Como lo pueden testimoniar recientemente gobernantes en el hemisferio norte, desde el ex presidente Bill Clinton hasta el gobernador de Carolina del Sur o el primer ministro irlandés.

Uno puede pensar que hay bastante de hipocresía en todo esto. Y ello es correcto en gran medida: una cierta mezcla de farándula, sadismo y afán mercantil descontrolado produce escándalos que parecen una burla cuando uno lee las estadísticas sociales respecto de las mismas conductas individuales en esa colectividad. Giran, además, alrededor de un tipo de conductas, más cercanas a la moral sexual o vinculaciones amorosas, que a otras.

Controles necesarios

Pero, a pesar de esta hipocresía bastante generalizada, en esas mismas sociedades hay algo que también funciona: la ley y el control institucional para aquellos casos de negligencia, corrupción o mentira pública. Esto es: la ausencia de sabiduría o virtud ha encontrado los "recaudos" eficaces que castigan a quienes se equivocan mientras dura su "misión oficial". Es decir que son sociedades en las que conviven una dosis elevada de exigente moral pública, con doble discurso en muchos casos, y un fuerte reclamo social y cabal funcionamiento de la ley respecto de aquellos que priorizan su interés particular por sobre el bien común, para decirlo en términos de Aristóteles.

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