La virtud del voto responsable

Un elemento primordial de la vida democrática y que debemos ejercer con altura.

02 Abril 2003
El voto es el instrumento esencial del sistema democrático de gobierno. Nada lo supera en ese sentido, y de la calidad de su ejercicio depende en gran medida el destino de la sociedad libre. Si bien es una realidad ineludible que las decisiones electorales en nuestro país han estado condicionadas en las recientes décadas por una oferta política fuertemente conservadora de las viejas dirigencias, no es menos cierto que los comportamientos ciudadanos ante las urnas no siempre asumieron las lecciones de la realidad.
En consecuencia, la crisis que lentamente se fue incubando y produjo eclosión con la ruptura de la bipolaridad partidaria, ha colocado a los argentinos ante un escenario de incertidumbre frente al que las decisiones electorales no podrán repetir, salvo un riesgo de proporciones imprevisibles, las recurrentes opciones del pasado. No es cierto, como se afirma a veces con ligereza, que las próximas alternativas ante las urnas no ofrecen posibilidades de innovar para poner fin a la decadencia.
Por el contrario, la dispersión o reconversión de las viejas estructuras de la bipolaridad histórica, y el profundo espíritu democrático con que la sociedad impidió un nuevo retorno del autoritarismo al poder, son dos hechos que están marcando nuevos rumbos a la República.
En ese sentido, la invocación a la ciudadanía que hace 89 años el presidente Roque Sáenz Peña hizo del sufragio universal, obligatorio y secreto, solicitando el voto inteligente de una nueva sociedad participativa, asume una presencia inspiradora de rango excepcional. La Ley Sáenz Peña, inspirada en la Constitución nacional de 1853, fue la gran revolución política que permitió la instauración plena de nuestra democracia pluralista. Los argentinos del presente, pese a las reconocidas carencias de la oferta política, tienen posibilidades superiores a los de entonces, si hacen uso de la experiencia histórica que deja la crisis, aceptando que poco valen los sueños sin realismo y que sólo el equilibrio entre ambos puede alumbrar un futuro digno.
El voto debe ser, pues, el instrumento renovador que supere las trampas del triunfalismo y las promesas sin bases ciertas, así como el resultado de una reflexión sobre el grado de responsabilidad que implica. Nadie confiaría sus intereses personales a un apoderado, sin suficiente certeza de sus condiciones. Tampoco nadie debería confiar su representación política sin la garantía de una gestión posible y razonable de los intereses generales. Precisamente, en la crisis de la representación política se halla el nudo gordiano de la situación a que llegó la República. El desconocimiento de derechos esenciales, desempleo sin precedentes, la pobreza y la indigencia masivas que degradan a nuestra sociedad, emigración inédita de jóvenes sin esperanzas y tantos otros factores de la decadencia, son testimonios irrevocables de esa crisis en la que mucho tiene que ver la ligereza del sufragio. Querer y saber votar fue la gran solicitud al pueblo argentino del presidente Sáenz Peña y hoy vuelve a serlo como un llamado histórico que, pese a su lejanía en el tiempo, asume un realismo excepcional.
Mucho indica que por primera vez habrá una elección presidencial en dos etapas, forzada por el colapso de la bipolaridad, lo cual abre un cauce inédito a la responsabilidad del electorado. Entre ambas habrán de sucederse los acuerdos para dar paso a una coalición capaz de asegurar la transición que el gobierno provisorio no estuvo en condiciones políticas de llevar a cabo.
Pero de poco servirá una coincidencia para alcanzar gobernabilidad, si el voto de la ciudadanía elude su responsabilidad de elegir alternativas posibles, mediante una acción positiva y consecuente con la realidad del país.

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