Un mal comienzo

La primera elección del año despierta reflexiones.

01 Abril 2003
Por Federico van Mameren

Triunfó el aparato. En Famaillá se realizó la primera elección del año. El plebiscito interno enfrentó a los mellizos Enrique (intendente) y José (legislador) Orellana. Cada uno apadrinaba a un precandidato a intendente. El primero bendijo a Miguel Robledo y el segundo, a Enrique Romano. La pelea fratricida no se dirimió en el terreno de las propuestas. Tampoco en el de las promesas de una política distinta; ni qué pedir de ideas diferentes. Hasta 24 horas antes, los operadores de ambos bandos distribuían mercaderías y otras yerbas. Es que en el terreno, las armas que se utilizaron en esta lucha fratricida podrían llamarse "quién pone más". Ese es el juego en el que ha caído la política actual, donde todo se parece más a la esclavitud que se abolió en 1813 que a la libertad que debiera ejercerse en este siglo XXI.
Los electores especulan con quién les entrega más dádivas (no importa si vienen de los bolsillos de los candidatos, del "Operativo Rescate" o de cualquier otro plan del Estado). Y los dirigentes convierten estas estructuras en modernos grilletes invisibles.

La esclavitud
Los planes sociales han degradado la cultura del trabajo. Hay miles de tucumanos (y de argentinos) que prefieren ser desocupados y entregan su dignidad para estar presos de algún dirigentes que los extorsiona con dinero que no exige ninguna prestación a cambio. Están los otros que ya fueron degradados hace tiempo y comen de un plan social por el cual sólo tiene que fingir (ni siquiera tener) cierta fidelidad con aquel padrino que les consigue esos magros dineros.
Estos nuevos amos sólo tienen que hacer sentir la presión de ese manejo de fondos para convertirlo en una herramienta electoral que les dará poder para iniciar otra vez la rueda de la extorsión. Es que ni siquiera serán votados por un cambio o por la aplicación de alguna política especial en beneficio del bien común. Recibirán la boleta del poder ciudadano con el único objetivo de volver a poner esta macabra maquinaria en funcionamiento. Por todo esto es que en Famaillá ganó el aparato, es decir, la estructura nefasta de un poder al que sólo le interesa el poder porque sí y no para reconstruir una sociedad desvencijada.
Tampoco había convicciones claras entre los candidatos y mucho menos entre sus padrinos. El mellizo legislador juró fidelidad al menemismo. Sin entender mucho por qué ni para qué (sólo por conveniencia), el otro hermano se cruzó de vereda, y se sintió intérprete (vaya a saber por qué ciencia infusa) del proyecto y de las ideas del neoduhaldista Néstor Kirchner. Eso significa que ganó el aparato del Gobierno, que obviamente es el que está en mejores condiciones de dilapidar esfuerzos y otros beneficios.

Sabor amargo
Fue el primer ensayo del año electoral y, lejos de permitir disfrutar el sabor dulce del ejercicio democrático, dejó un sabor muy amargo: el de la nueva constatación de que a la política le cuesta borrar las viejas mañas. Como con los frustrados comicios catamarqueños, queda la sensación de que la esclavitud electoral es infranqueable y de que no habrá otra expresión en los comicios que se desarrollarán en la provincia. De hecho, esa es la pelea que ya se está librando entre los sublemas que se organizan o en los equipos de algunos de los candidatos a gobernador.
Por eso no extraña que ex radicales, frepasistas o republicanos trabajen para Eduardo Duhalde o sean candidatos a legisladores de José Alperovich, por citar un simple ejemplo de lo que está ocurriendo en la provincia.
"El poder debería concedérselo a aquellos hombres que no lo adoran", recomendaba Platón. Y parece que en este Tucumán modelo 2003 el riesgo es que la desesperación por tener el poder incentive cada vez más la esclavitud.

Tamaño texto
Comentarios