01 Abril 2003 Seguir en 
La industria azucarera no está integrada a la unión aduanera que va elaborando el Mercosur. La razón es conocida. Brasil, que tiene una producción azucarera de 23 millones de toneladas y que se beneficia con un tercio de las ventas mundiales, posee un sistema mixto de producción de azúcar y alcohol, favorecido por importantes subsidios.
Estos se orientan a la fabricación y venta de autos que funcionan exclusivamente en base al carburante extraído de la caña.
Los productores argentinos (que el año pasado exportaron 270.000 toneladas de azúcar) encontraron que la política brasileña los coloca en una desventaja cierta. Así, sostuvieron empeñosamente, como se sabe, los aranceles a la importación contenidos en la Ley de Protección del Azúcar sancionada en marzo por insistencia de ambas Cámaras del Congreso. Cabe recordar que el Ejecutivo nacional cuestionaba la suba del producto, sin tener en cuenta que mucho más que el azúcar habían aumentado en el mismo lapso, por ejemplo, la carne, el trigo, el harina y el aceite.
Como lo consignamos en estas columnas, el aumento del precio del azúcar en dólares era mucho menor que el del año anterior, a pesar de que la mayor parte de los insumos son importados.
Además, en el mercado interno el valor del producto es uno de los más bajos del mundo, como se señaló en las presentaciones efectuadas en ese momento.
La norma resultaba fundamental para los productores, pues les permitiría consolidar la industria y realizar las inversiones necesarias. Pudo desbaratarse así la presión ejercida por sectores interesados en la caída de la protección, como son los vinculados a la fabricación de golosinas.
Era el único camino posible frente al empuje exportador de Brasil, que hubiera arrasado con la industria local, en perjuicio muy grave y directo de las tres provincias del Noroeste Argentino que tienen a esta industria como un componente de fundamental importancia para sus economías.
Dado que la nueva presidencia de Brasil ha declarado su intención de dar renovado impulso al sistema del Mercosur, no faltaron quienes anticiparon la posibilidad de represalias comerciales para la Argentina, de parte de nuestro poderoso vecino. Como es conocido, se pusieron paños fríos a tales versiones, con el explícito anuncio del vicecanciller del Brasil de que su país no tomará medidas contra el ingreso de nuestro trigo a su territorio; y que tampoco tiene intención, por el momento, de llevar sus diferencias por el tema azucarero ante la Organización Mundial del Comercio, como había trascendido.
Debe considerarse positivo el criterio del Brasil. Hablando del Mercosur, su vicecanciller afirmó: "no vamos a construir un proyecto de esta importancia a través de represalias". Ello equivale a reconocer, acertadamente, que el sistema del Mercosur necesita, para su vitalidad y eficacia, no perder de vista ciertas cuestiones troncales de la economía de sus integrantes. El azúcar es una de ellas. Las diferencias al respecto deben incorporarse a un diálogo, a la búsqueda de soluciones que convengan a los intereses de ambos.
Como se ha consignado, existen proyectos tendientes a crear en la Argentina mecanismos que pudieran equiparar la producción de ambos lados. Ello junto a propuestas de un plan de largo alcance, que otorgue seguridad (a través de una política clara) y sustentabilidad (aportada por el propio sector), para enderezar definitivamente una actividad de tanta importancia para quienes habitamos esta región del país. Es de esperar que estos propósitos cristalicen en la medida adecuada, puesto que también afianzarán al Mercosur.
Estos se orientan a la fabricación y venta de autos que funcionan exclusivamente en base al carburante extraído de la caña.
Los productores argentinos (que el año pasado exportaron 270.000 toneladas de azúcar) encontraron que la política brasileña los coloca en una desventaja cierta. Así, sostuvieron empeñosamente, como se sabe, los aranceles a la importación contenidos en la Ley de Protección del Azúcar sancionada en marzo por insistencia de ambas Cámaras del Congreso. Cabe recordar que el Ejecutivo nacional cuestionaba la suba del producto, sin tener en cuenta que mucho más que el azúcar habían aumentado en el mismo lapso, por ejemplo, la carne, el trigo, el harina y el aceite.
Como lo consignamos en estas columnas, el aumento del precio del azúcar en dólares era mucho menor que el del año anterior, a pesar de que la mayor parte de los insumos son importados.
Además, en el mercado interno el valor del producto es uno de los más bajos del mundo, como se señaló en las presentaciones efectuadas en ese momento.
La norma resultaba fundamental para los productores, pues les permitiría consolidar la industria y realizar las inversiones necesarias. Pudo desbaratarse así la presión ejercida por sectores interesados en la caída de la protección, como son los vinculados a la fabricación de golosinas.
Era el único camino posible frente al empuje exportador de Brasil, que hubiera arrasado con la industria local, en perjuicio muy grave y directo de las tres provincias del Noroeste Argentino que tienen a esta industria como un componente de fundamental importancia para sus economías.
Dado que la nueva presidencia de Brasil ha declarado su intención de dar renovado impulso al sistema del Mercosur, no faltaron quienes anticiparon la posibilidad de represalias comerciales para la Argentina, de parte de nuestro poderoso vecino. Como es conocido, se pusieron paños fríos a tales versiones, con el explícito anuncio del vicecanciller del Brasil de que su país no tomará medidas contra el ingreso de nuestro trigo a su territorio; y que tampoco tiene intención, por el momento, de llevar sus diferencias por el tema azucarero ante la Organización Mundial del Comercio, como había trascendido.
Debe considerarse positivo el criterio del Brasil. Hablando del Mercosur, su vicecanciller afirmó: "no vamos a construir un proyecto de esta importancia a través de represalias". Ello equivale a reconocer, acertadamente, que el sistema del Mercosur necesita, para su vitalidad y eficacia, no perder de vista ciertas cuestiones troncales de la economía de sus integrantes. El azúcar es una de ellas. Las diferencias al respecto deben incorporarse a un diálogo, a la búsqueda de soluciones que convengan a los intereses de ambos.
Como se ha consignado, existen proyectos tendientes a crear en la Argentina mecanismos que pudieran equiparar la producción de ambos lados. Ello junto a propuestas de un plan de largo alcance, que otorgue seguridad (a través de una política clara) y sustentabilidad (aportada por el propio sector), para enderezar definitivamente una actividad de tanta importancia para quienes habitamos esta región del país. Es de esperar que estos propósitos cristalicen en la medida adecuada, puesto que también afianzarán al Mercosur.







