31 Agosto 2009 Seguir en 
En el siglo XVIII, para oponerse al intervencionismo del gobierno en la economía, el fisiócrata francés Jean-Claude Marie Vincent de Gournay acuñó la frase "laissez faire, laissez passer" (dejad hacer, dejad pasar). Apostaba al libre mercado, a la libre manufactura, a bajos o nulos impuestos y al libre mercado laboral, con un mínima presencia del Estado. No intuía que su expresión ganaría tanta popularidad en nuestro país, que se transformaría en una de las causas de nuestros padecimientos crónicos.
La quema de cañaverales en época de zafra es una antigua práctica en Tucumán. Como todos los habitantes de este suelo saben, los patios, las calles, las plazas, las casas, la ropa, los guardapolvos, los pulmones, los ojos y el pelo de los tucumanos reciben nubes de cenizas que provienen de esta perniciosa actividad. Cuando transcurren varias semanas sin lluvias, la tierra y el polvillo del ambiente provocan enfermedades oculares y respiratorias. Suelen ocurrir accidentes -muchos de ellos mortales- a causa de la escasa visibilidad, especialmente, en la ruta nacional 38. Año a año, cuando estas penurias flagelan a nuestros comprovincianos, se escuchan miles de quejas ciudadanas y las autoridades de turno de deshacen en promesas de que en la zafra siguiente se intensificarán los controles y las sanciones para terminar definitivamente con esta mala costumbre.
En la siesta del viernes pasado, como corolario de esta mala acción, parte de la población de Los Ralos, departamento Cruz Alta, sufrió las consecuencia. Las llamas destruyeron siete viviendas humildes, asfixiaron a decenas de pobladores y convirtieron en carbón enormes eucaliptos que en cualquier momento caerán sobre las casas precarias de tres barrios. El fuego se inició a alrededor de las 14 en un campo de caña en pie ubicado a la vera de la ruta 303, a la altura de Los Ralos. Simultáneamente comenzó a soplar un viento huracanado, cuyas ráfagas expandieron velozmente las llamas de norte a sur. Posiblemente, debido a que el calor afectó un transformador, se cortó la luz y dejó de funcionar la bomba de agua. De modo que los vecinos no tenían manera de combatir el incendio. Dos dotaciones de bomberos llegaron a las 16.30 y cuatro horas más tarde seguían luchando para extinguir el fuego. El hospital también quedó a oscuras, de manera que, luego de las 18.30, tuvieron que sacar los pacientes al patio para asistirlos con oxígeno. El servicio de energía se reanudó a las 19.30.
Los vecinos -varios perdieron todas sus pertenencias- se quejaron de la indiferencia con que Defensa Civil recibió su angustiante pedido de auxilio, mientras el secretario provincial de Medio Ambiente, ante la catástrofe, aconsejaba seguir con la prevención y advertir a los productores que deben entender que con estas condiciones climáticas, una pequeña chispa puede desencadenar un gran incendio.
La Justicia investiga el caso, tras la detención de un capataz de una finca del sur provincial. Pero bueno sería tener en cuenta que hay leyes como la 6.253, que en su artículo 38 prohíbe la quema de caña como método auxiliar de la cosecha. En enero de 2007, esta norma fue modificada por la ley 7.459, por la cual los ingenios están impedidos de recibir caña quemada. En la Legislatura, hay dos proyectos más sin considerar; uno de ellos se basa en un instructivo elaborado por fiscales de Instrucción para que sea aplicado por la Policía, mientras que el otro propone una prisión preventiva de apenas cinco días a quien fuera encontrado provocando uno de esos incendios.
Mientras todos los años esta práctica pone en riesgo la salud de los tucumanos, el Estado provincial, cuyos funcionarios reconocen la gravedad de la situación, no logra superar la actitud de dejar hacer, dejar pasar.
La quema de cañaverales en época de zafra es una antigua práctica en Tucumán. Como todos los habitantes de este suelo saben, los patios, las calles, las plazas, las casas, la ropa, los guardapolvos, los pulmones, los ojos y el pelo de los tucumanos reciben nubes de cenizas que provienen de esta perniciosa actividad. Cuando transcurren varias semanas sin lluvias, la tierra y el polvillo del ambiente provocan enfermedades oculares y respiratorias. Suelen ocurrir accidentes -muchos de ellos mortales- a causa de la escasa visibilidad, especialmente, en la ruta nacional 38. Año a año, cuando estas penurias flagelan a nuestros comprovincianos, se escuchan miles de quejas ciudadanas y las autoridades de turno de deshacen en promesas de que en la zafra siguiente se intensificarán los controles y las sanciones para terminar definitivamente con esta mala costumbre.
En la siesta del viernes pasado, como corolario de esta mala acción, parte de la población de Los Ralos, departamento Cruz Alta, sufrió las consecuencia. Las llamas destruyeron siete viviendas humildes, asfixiaron a decenas de pobladores y convirtieron en carbón enormes eucaliptos que en cualquier momento caerán sobre las casas precarias de tres barrios. El fuego se inició a alrededor de las 14 en un campo de caña en pie ubicado a la vera de la ruta 303, a la altura de Los Ralos. Simultáneamente comenzó a soplar un viento huracanado, cuyas ráfagas expandieron velozmente las llamas de norte a sur. Posiblemente, debido a que el calor afectó un transformador, se cortó la luz y dejó de funcionar la bomba de agua. De modo que los vecinos no tenían manera de combatir el incendio. Dos dotaciones de bomberos llegaron a las 16.30 y cuatro horas más tarde seguían luchando para extinguir el fuego. El hospital también quedó a oscuras, de manera que, luego de las 18.30, tuvieron que sacar los pacientes al patio para asistirlos con oxígeno. El servicio de energía se reanudó a las 19.30.
Los vecinos -varios perdieron todas sus pertenencias- se quejaron de la indiferencia con que Defensa Civil recibió su angustiante pedido de auxilio, mientras el secretario provincial de Medio Ambiente, ante la catástrofe, aconsejaba seguir con la prevención y advertir a los productores que deben entender que con estas condiciones climáticas, una pequeña chispa puede desencadenar un gran incendio.
La Justicia investiga el caso, tras la detención de un capataz de una finca del sur provincial. Pero bueno sería tener en cuenta que hay leyes como la 6.253, que en su artículo 38 prohíbe la quema de caña como método auxiliar de la cosecha. En enero de 2007, esta norma fue modificada por la ley 7.459, por la cual los ingenios están impedidos de recibir caña quemada. En la Legislatura, hay dos proyectos más sin considerar; uno de ellos se basa en un instructivo elaborado por fiscales de Instrucción para que sea aplicado por la Policía, mientras que el otro propone una prisión preventiva de apenas cinco días a quien fuera encontrado provocando uno de esos incendios.
Mientras todos los años esta práctica pone en riesgo la salud de los tucumanos, el Estado provincial, cuyos funcionarios reconocen la gravedad de la situación, no logra superar la actitud de dejar hacer, dejar pasar.







