15 Julio 2009 Seguir en 
La gripe A generó hasta los más insólitos cambios en las costumbres. Cuando comenzó la epidemia, Mabel Juárez decidió que no iría por ahora a misa para evitar las aglomeraciones. Sin embargo, no le quedó otra opción que seguir acudiendo a la iglesia. Sólo que en vez de ir a sus oraciones, ahora lleva sus hijos al templo para que los revise el médico.
Las salas de catequesis de la iglesia San Ramón Nonato, en Villa Angelina, se convirtieron en improvisados consultorios a los que asisten a control los niños y las embarazadas. Así lo dispusieron las autoridades de Salud para evitar que los pacientes sanos entren en contacto con la gran cantidad de personas que concurren al CAPS con problemas respiratorios y puedan contagiarse de influenza A. En otros barrios se armaron consultorios en clubes, en comedores escolares y en escuelas,
Liria Melina Díaz llegó temprano para cumplir con su turno en la parroquia-consultorio. El pediatra revisó a sus hijos, de dos años uno y de cinco meses el otro. Después de la consulta, fue a pedirle a la Virgen que los proteja. La mujer contó que extremó todas las medidas de limpieza en su casa. "Les lavo las manos todo el tiempo, los abrigo y cuido que no salgan. Tengo miedo", confesó.
Liria es una de las tantas mamás que habían resignado el control médico de rutina de sus hijos por temor a que se contagiaran de gripe en la sala de espera, donde hay pacientes enfermos. "Por suerte ahora venimos a la iglesia y no hay gente tosiendo o estornudando", comentó.
Cuando el pediatra Gerardo Albarracín abrió la puerta e invitó a pasar a su nuevo consultorio, en seguida saltó a la vista cómo tuvo que poner a volar la imaginación para adecuar el espacio. Como no había una bacha que le permitiera lavarse las manos entre paciente y paciente, el médico recicló un tacho de pintura: hizo un orificio, colocó un pequeño caño y un grifo. Luego, llenó el recipiente con agua, puso una palangana debajo de la canilla y listo. "Eso del alcohol en gel no va conmigo. Hay que lavarse con agua y jabón, porque esto es realmente lo que elimina la suciedad", afirmó. La camilla, que en realidad es una vieja mesa de madera, también fue adaptada. Albarracín llevó una goma espuma forrada con plástico verde. "Al principio los chicos se golpeaban mucho", explicó.
En la puerta del CAPS un agente sanitario recibe a los pacientes. Sólo ingresan los que sufren problemas respiratorios. "La cantidad de consultas aumentó en forma considerable y debido al riesgo de contagio no podíamos mezclar los pacientes", explicó la directora del centro asistencial, Mirta Toranzo de Solís. Quienes no padecen males respiratorios deben ingresar por una puerta lateral, que normalmente es utilizada por el personal técnico, y son revisados en consultorios separados.
Las salas de catequesis de la iglesia San Ramón Nonato, en Villa Angelina, se convirtieron en improvisados consultorios a los que asisten a control los niños y las embarazadas. Así lo dispusieron las autoridades de Salud para evitar que los pacientes sanos entren en contacto con la gran cantidad de personas que concurren al CAPS con problemas respiratorios y puedan contagiarse de influenza A. En otros barrios se armaron consultorios en clubes, en comedores escolares y en escuelas,
Liria Melina Díaz llegó temprano para cumplir con su turno en la parroquia-consultorio. El pediatra revisó a sus hijos, de dos años uno y de cinco meses el otro. Después de la consulta, fue a pedirle a la Virgen que los proteja. La mujer contó que extremó todas las medidas de limpieza en su casa. "Les lavo las manos todo el tiempo, los abrigo y cuido que no salgan. Tengo miedo", confesó.
Liria es una de las tantas mamás que habían resignado el control médico de rutina de sus hijos por temor a que se contagiaran de gripe en la sala de espera, donde hay pacientes enfermos. "Por suerte ahora venimos a la iglesia y no hay gente tosiendo o estornudando", comentó.
Cuando el pediatra Gerardo Albarracín abrió la puerta e invitó a pasar a su nuevo consultorio, en seguida saltó a la vista cómo tuvo que poner a volar la imaginación para adecuar el espacio. Como no había una bacha que le permitiera lavarse las manos entre paciente y paciente, el médico recicló un tacho de pintura: hizo un orificio, colocó un pequeño caño y un grifo. Luego, llenó el recipiente con agua, puso una palangana debajo de la canilla y listo. "Eso del alcohol en gel no va conmigo. Hay que lavarse con agua y jabón, porque esto es realmente lo que elimina la suciedad", afirmó. La camilla, que en realidad es una vieja mesa de madera, también fue adaptada. Albarracín llevó una goma espuma forrada con plástico verde. "Al principio los chicos se golpeaban mucho", explicó.
En la puerta del CAPS un agente sanitario recibe a los pacientes. Sólo ingresan los que sufren problemas respiratorios. "La cantidad de consultas aumentó en forma considerable y debido al riesgo de contagio no podíamos mezclar los pacientes", explicó la directora del centro asistencial, Mirta Toranzo de Solís. Quienes no padecen males respiratorios deben ingresar por una puerta lateral, que normalmente es utilizada por el personal técnico, y son revisados en consultorios separados.









