La puesta de “La viuda alegre” que se estrenó en el teatro San Martín lleva el sello personal de Kado Kostzer. Ciertamente, su adaptación planteada en París de los años 50 del siglo pasado (posguerra), coincidió con sus momentos de infancia en Tucumán, cuando en el centro de la ciudad todavía existían al menos seis grandes salas de cine. Son los años dorados de Hollywood, de las grandes estrellas como Humphrey Bogart y Maureen O’Hara, Marylin Monroe y Valentino, entre tantos otros. La cita a ese período abre el segundo acto de la opereta, en una sucesión de imágenes proyectadas en una pantalla instalada en el escenario, y en el desfile de actores personificando a las mismas. El régisseur logra de este modo crear un desvío de la historia original, y, si se quiere, amenizarla, sorprendiendo al espectador con una versión que toma distancia de la tradicional opereta. Este giro no es el único con el que Kostzer busca impactar.
Aunque seguramente su proyecto fue mucho más ambicioso (y, se sabe, los planes siempre encuentran sus límites en los presupuestos), no es poca la producción que se plantea en el escenario: el conde Danilo ingresa al escenario conduciendo una anaranjada moto Vespa; el personaje de Esther Williams baja de una hamaca desde las alturas; y los lujosos vestidos y trajes de actores y actrices, dan cuenta del gran esfuerzo para recrear, precisamente, la época dorada que imagina Kostzer (porque, bueno está aclararlo, en la posguerra no todo lo que brilla es oro, y millones de hombres vivían en la indigencia y sufriendo los horrores de la guerra). Como en todo estreno, no faltaron las entradas a destiempo o las caídas disimuladas de actores, o los pasos no del todo ajustado de los bailarines; tampoco sonó enérgica la orquesta. Pero, eso sí, las voces se escucharon excelentes, más allá de la de los protagonistas (Diana María y Leonardo Estévez). En ese sentido, no puede dejar de destacar a Oscar Zamora, Ramón Poliche, Daniel Arrieta y Cynthia del Carril.
29 Marzo 2009 Seguir en 








